A Janice le dije simplemente que tenía otra revisión médica y que se tendría que quedar otra vez con su madre. Lo bueno era que la cita la tenía por la tarde, con lo que no tendría que pedir permiso en su trabajo. Aunque, eso sí, se tendría que quedar también por la noche.
Se extrañó de que me tuvieran que ingresar por una simple revisión, así que le dije una media verdad: el niño venía con problemas y tenían que revisarlo bien, incluso quizá provocar un aborto. No fui capaz de decir que ese aborto lo iba a provocar yo, voluntariamente.
Camino de la clínica, iba pensando en esa falta de valor, en aquella vergüenza que me invadió cuando hablé con mi jefa. Era consciente de que estaba haciendo una cosa que no estaba bien, por mucho que Ron me hubiera convencido de que era lo mejor para todos, incluso lo mejor para el niño.
Las dudas me asaltaban una y otra vez, y yo seguía caminando como un autómata. Como si no fueran mis piernas quienes me llevaran hacia allí, sino las piernas de Ron.
Finalmente, se lo dije:
—Yo no sé si quiero abortarlo...
—¿Cómo que no? —se detuvo—. Esto ya lo hemos hablado. ¿Acaso quieres arruinar tu vida de esa manera? ¡Nuestra vida! Es absurdo…
—Ya, pero…
—Tú piensas así porque te han abducido en esa puta ciudad de la que venimos. De no haber nacido allí no tendrías ningún problema en hacerlo, como hacen todas las mujeres en el mundo real. Venga, vamos —me agarró de la mano y me dio un tirón.
En parte no le faltaba razón. Cuando yo vivía en Arcadia no podía ni imaginar que un aborto provocado fuera posible. Pero fue algo que aprendí, como tantas otras cosas, viendo la televisión.
Recuerdo cómo me impactó un reportaje que vi solo unos días atrás. Era una clínica abortista ante la cual se habían concentrado unos cuantos chicos y chicas jóvenes. No hacían nada. Solo estaban allí, creo que rezando, y la locutora los presentaba como fanáticos intolerantes. Sin embargo, otros que acudieron después, que sí que eran intolerantes a juzgar por su actitud tan violenta, eran presentados como “defensores de los derechos de las mujeres”. Al final llegó la policía, y no fue a estos a quienes se llevaron, sino a aquellos.
El caso es que cuando ya nos quedaba poco para llegar a la clínica, nos encontramos a un grupo de esos llamados “pro-vida”. No podían estar en la puerta del establecimiento, pues de haberlo estado los dueños hubieran llamado a la policía de inmediato. Estaban a una o dos manzanas de distancia, y esta vez no portaban carteles indicativos de quiénes eran, para no despertar sospechas ni acabar en la cárcel. Supe que eran ellos por unas pulseras de color verde que llevaban, y que yo ya había visto en aquel reportaje de la televisión.
Estaban hablando entre sí, en la acera de enfrente, y uno de ellos detectó nuestra presencia: vieron a una chica joven con algo de barriga, acompañada de un chico también joven.
Yo iba llorando sin que Ron se diera cuenta. Seguía inmersa en un mar de dudas, y en ese momento, una de aquellas chicas me miró y me sonrió. Era un poco mayor que yo; quizá tuviera ya cerca de los treinta años. No hizo nada más que eso, sonreírme, pues les tenían prohibido hablar con nosotras. Pero el caso es que aquella sonrisa cálida y afectuosa me terminó de decidir.
—Vámonos, Ron.
—¿Qué dices?
—Me vuelvo a casa. Con Dorothy.
—Pero, ¿por qué?
—Quiero tener a Dan.
—¿Quién es Dan?
—Nuestro hijo. Quiero tenerlo.
—Pero, ¿estás loca, o qué?
—No estoy loca. Quiero tenerlo.
Se desesperó y se dio la vuelta, haciendo un gesto de enfado con los brazos.
—¿A qué viene ahora este cambio de opinión? —rugió.
—A nada.
—¿Entonces?
—Entonces, nada. Vámonos. Si no me quieres acompañar, te vas tú solo a la clínica.
Me sorprendí a mí misma cuando me oí decir esas palabras. Yo, sumisa y obediente, jamás le había negado nada, nunca le había llevado la contraria en ningún asunto. ¿Sería verdad eso que decía mi madre sobre el llamado instinto maternal? ¿Podría ese pequeño ser que crecía en mi interior tener ya ese poder sobre mí?
Sea como fuere, Ron se resignó y me acompañó, aunque eso sí, no me dirigió la palabra durante todo el camino.
Yo aún no lo sabía, pero ese día se salvaron dos vidas: la de Dan, y la mía propia.