Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

El parto

El parto tuvo lugar poco tiempo después de aquello. Ya me habían dicho que el CMV causaba partos prematuros, y así fue.

A los seis meses y medio de embarazo, Dan no quiso seguir dentro de mí y se obstinó en salir al exterior. Al menos fue él quien lo decidió, y no yo, y gracias a eso pude librarme de un peso sobre mi conciencia que me hubiera atormentado durante el resto de mi vida.

Ron y yo apenas hacíamos vida juntos. Desde que entré en casa de Dorothy, solo nos veíamos los domingos por la tarde y a veces ni eso, si él no tenía turno de mañana. Sí que nos llamábamos por teléfono, sobre todo yo a él, pero desde aquel aborto que no fue, las conversaciones eran más cortas y lacónicas, llenas de monosílabos.

Ron me dijo que me arrepentiría de aquella decisión, pero eso nunca ocurrió. Yo no tenía arrepentimiento, pero sí miedo, mucho miedo. El miedo era mi compañero habitual: miedo a sufrir, lógicamente, pero también miedo a no estar a la altura, a no saber cuidar de un hijo, a que el mundo fuera demasiado duro para los dos. Pero también había esperanza, una esperanza pequeña y obstinada, como una semilla que se niega a morir.

La noche era húmeda y pesada cuando las contracciones empezaron. Fue una madrugada fría, de esas en las que el viento parece colarse por todas las rendijas. Sentí el dolor, primero como un rumor lejano, luego como una ola que me arrastraba.

Llamé al teléfono de emergencias, y mientras esperaba a la ambulancia, también llamé a Janice para que viniera a quedarse con su madre.

Ella llegó primero y la UVI móvil instantes después. Me sonrió, me acarició en la mejilla y me deseó buena suerte.

Fue después, cuando iba camino del hospital, cuando caí en la cuenta de que no había llamado a Ron. Así que solicité a uno de los enfermeros que me acompañaban que lo llamasen, y pude ponerme al teléfono para decirle que no se preocupara, que yo no estaba mal. Simplemente, estaba de parto.

Al llegar allí, recuerdo las luces blancas, las voces apresuradas, el olor a desinfectante. Habíamos elegido el hospital más cercano, precisamente por eso. Cualquiera estaba obligado a atendernos en una situación así, aunque yo no tuviera papeles.

Apenas podía pensar y me dejaba llevar. Solo sentía el dolor y el miedo, no solo por el parto, sino por lo que vendría después.

Me llevaron a una sala de observación, me pusieron una pulsera blanca y comenzaron a hacerme preguntas.

—¿Nombre completo? ¿Fecha de nacimiento? ¿Algún documento de identidad?

—No tengo nada —susurré—. Solo sé mi nombre, Liz Pacwa, y mi fecha de nacimiento.

La enfermera anotó los datos y me tranquilizó:

—No te preocupes, aquí nadie se queda sin atención. Vamos a ayudarte.

Los médicos y enfermeras me trataron con profesionalidad y compasión, sin preguntar más de lo necesario. Yo les entregué los informes que me habían dado en la clínica comunitaria, y allí pudieron saber los problemas que traía Dan, especialmente la infección por CMV.

A partir de ahí, me llevaron en una camilla de un lado a otro para hacerme las distintas pruebas, hasta que, por fin, después de un parto largo y doloroso, pude escuchar el llanto de mi hijo, pude verlo con mis propios ojos, y en ese momento sentí que todo había merecido la pena.

Ciertamente, Dan era tan pequeño que me daba miedo tocarlo. Era frágil, sí, y el futuro era incierto. Pero era mío. Mío y de Ron, y, por primera vez en mucho tiempo, supe que no me arrepentiría de nada.

Sí, lo supe con una certeza cristalina, a pesar de que aquella aventura no había hecho más que empezar y todavía no sabía lo que iba a sufrir a partir de ese momento.

—¿Cómo está el niño? —pregunté con ansiedad a una de las doctoras, a la que parecía llevar la voz cantante en aquel parto.

—Habrá que esperar —me dijo, con esa voz neutra que usan para no comprometerse.

Cuando todo terminó, una trabajadora social vino a verme. Me explicó que, para registrar oficialmente el nacimiento de mi hijo, necesitaban algún documento mío: certificado de nacimiento, identificación, cualquier cosa. Yo negué con la cabeza.

—No tengo nada —repetí, sintiendo la angustia crecer.

La trabajadora social suspiró y me ofreció opciones:

—Podemos iniciar un proceso de registro tardío. Necesitaremos testigos, algún familiar que pueda certificar tu identidad, o documentos secundarios. Es más complicado, pero no imposible. Mientras tanto, tu hijo tendrá atención médica y quedará registrado como nacido aquí.

Fue en ese momento cuando llegó Ron. Y lo hizo con un aire de indiferencia, con esa actitud suya de mal llevada resignación, sin sacar las manos de los bolsillos de la chaqueta y sin darme un beso.

Le conté lo que me acababa decir la trabajadora social y entonces sí, él se ofreció como testigo, y el hospital aceptó iniciar el trámite. Recuerdo la reacción de aquella mujer cuando le preguntó cuál era su relación de parentesco conmigo, y él simplemente dijo: “yo soy el padre del niño”. No fue capaz de decir, como suelen decir todos los exteriores, que él era “mi pareja” ...

En fin, al menos tuvo la deferencia de reconocerlo como su hijo, pues eso era algo que yo no estaba segura de que iba a hacer, tanto como nos habíamos distanciado.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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