El niño ya tenía cuatro días de vida y pude reunirme con la doctora que había llevado su caso. Hasta entonces, apenas había podido hablar con ella y las enfermeras casi no me decían nada. Como la cita coincidía con su turno de trabajo, Ron no me pudo acompañar.
—¿Qué quiere saber? —me preguntó de forma seca, sin preámbulos, mientras revisaba unos papeles. Era una mujer de mediana edad, rubia, con una expresión borde.
—Pues... un montón de cosas. Por ejemplo, ¿cuánto tiempo va a estar Dan en la incubadora?
Mi inglés ya era bastante correcto. Solía usar bien las palabras y los verbos y tan solo me faltaba pulir un poco el acento. Ahí era donde más flaqueaba.
—El paso de incubadora a cuna se decide cuando el bebé mantiene por sí mismo la temperatura, respira y se alimenta de forma estable —explicó, sin levantar la vista—; su hijo está necesitando respiración asistida y nutrición intravenosa, así que, todavía falta.
—¿No me puede decir…? He oído que tiene que ver con el peso.
—Sí, el peso tiene mucho que ver. Normalmente no pasan a cuna hasta alcanzar cerca de los dos kilos. Su hijo es grande para ser prematuro, así que esa cifra se alcanzará pronto. Pero también influye el tiempo. Se suele esperar hasta los ocho meses o más…
—¿Ocho meses? —la cara que debí poner fue todo un poema, y la doctora se suavizó un tanto.
—No se asuste —me extendió la mano para coger la mía—. Me refería a los ocho meses de embarazo. En su caso, la estancia en la incubadora se prolongaría unas seis u ocho semanas todo lo más.
Suspiré, aliviada, y ella continuó:
—Si todo va bien, dentro de poco podrá cogerlo en brazos e incluso darle el pecho. La leche materna es especialmente importante en prematuros, porque reduce infecciones y favorece el desarrollo intestinal y neurológico.
—Pero… ¿así como está… lo podría coger?
—Sí, así. Solemos permitir que la madre o el padre hagan lo que llamamos el “método canguro” mientras el bebé sigue con sus cables y monitores, con la supervisión del equipo, naturalmente, aunque aún necesite incubadora el resto del tiempo.
Esa noticia me alegró. Ella debió notar el cambio en mi expresión, porque sonrió un poco. —la primera vez que la veía hacerlo—.
—Hoy se fomenta mucho el contacto “piel con piel” o método canguro —siguió—, incluso en prematuros, siempre que el estado del bebé lo permita, porque mejora su temperatura, frecuencia cardiaca, respiración y vínculo afectivo. Es importante.
—Ya. Y, ¿respecto al CMV? ¿Qué han podido averiguar?
La doctora se mordió el labio inferior y me miró fijamente. Tras unos segundos, me dijo:
—La asistencia que ha recibido usted y la que está recibiendo su hijo es la que se presta en un caso de emergencia. Es decir, para salvar la vida y poco más. En este hospital no podemos ir más allá por una cuestión puramente económica. No sé si me entiende…
La entendía perfectamente. Yo era una “sin papeles”, no tenía seguro médico, y no podía pagar ningún tratamiento.
—Las pruebas que se le han hecho a su hijo han sido las rutinarias, las que marca el protocolo estatal.
—Quiere decir que no saben nada de…
—Sí, algo sabemos —hizo una pausa—. Como le decía, esas pruebas protocolarias, que son básicas, nos han informado de ciertas anomalías.
Yo la miré con el corazón en un puño y conteniendo la respiración.
—Para comprobar si el niño es capaz de ver y responde a la luz, se proyecta un haz sobre los ojos con un oftalmoscopio. De la misma manera, para comprobar si oye, se emiten otoemisiones acústicas colocando una pequeña sonda en el oído que emite sonidos suaves y registra la respuesta de la cóclea.
—¿Y? —yo estaba ya al borde del infarto.
—Su hijo no ve ni oye, señora Pacwa. Nada.
Fue entonces cuando me derrumbé del todo. Las lágrimas brotaron sin control y corrieron mejillas abajo formando dos ríos de un caudal que parecía inagotable. No era solo dolor; era una mezcla de miedo, culpa y desesperación. Pensé en todas las noches en vela, en la esperanza que me había sostenido, en todo lo que había rezado... Todo se desvanecía.
La doctora se compadeció de mí y se levantó de su silla para colocarse a mi lado. Me estrechó de los hombros, me extendió sus propios pañuelos de papel que sacó del bolso… Yo me aferré a su bata intentando buscar algo sólido en medio del vacío, sin encontrar consuelo alguno.
Tras unos minutos de intensa congoja y desesperación, me serené un poco y la doctora siguió:
—Lo que sí le puedo avanzar es que las complicaciones neurológicas que suelen darse con el citomegalovirus, no parece que sean importantes.
—¿No las padece? —la miré, con un halo de esperanza.
—Yo no he dicho eso. Es posible que estén ahí, pero no se manifiestan con la crudeza e intensidad que yo he visto en otros casos. Cuando salga de la incubadora se tendría que iniciar un tratamiento con Ganciclovir que… es caro.
—Ya. El dichoso dinero —susurré, entre dientes, y la doctora me volvió a coger la mano:
—Señora Pacwa, no se preocupe por eso ahora. Aunque tuviera usted los medios, no podríamos comenzar con ello hasta que el niño tuviera ya cierto peso y estuviera más maduro. Es un tratamiento algo agresivo que su hijo no podría soportar en estos momentos. Ahora simplemente está luchando por sobrevivir en lo que ha sido un parto prematuro. Y en eso —concluyó—, va a contar con todo nuestra ayuda y apoyo.