Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

En brazos

La habitación estaba en silencio, salvo por el sonido irregular de la respiración de Dan. Lo tenía en brazos, envuelto en una manta blanca, tan pequeño que parecía frágil como un cristal. Afuera, el mundo seguía girando —el tráfico de Denver, las sirenas lejanas, las voces de los pasillos—, pero para mí, todo se había detenido en este instante. Era mi hijo. Mi sangre. Mi vida.

Ron no me había querido acompañar. Se había ido después de una discusión amarga, como tantas otras que no parábamos de tener. Pero alguien tenía que quedarse. Alguien tenía que luchar.

Miré a mi hijo. Sus ojos cerrados no verían nunca la luz. Sus oídos no escucharían jamás mi voz. ¿Cómo se cría a un niño que vive en la oscuridad y en el silencio? ¿Cómo se le enseña a amar, a confiar, a existir?

Las preguntas se agolpaban en mi mente mientras el monitor de frecuencia cardíaca emitía el sonido característico: bip, bip, bip.

Dan solo tenía un par de electrodos conectados en ese momento, pues le habían retirado la sonda intravenosa y la máscara de oxígeno con el objetivo de que yo intentara darle el pecho.

Hasta entonces, extraía la leche con un succionador y se la daban las enfermeras en biberón. Hasta que llegó el momento en que él lo podría hacer sin intermediarios, y eso fue lo que intentamos.

Se me cayeron las lágrimas cuando comenzó a alimentarse directamente de mí. Es una sensación indescriptible que solo una madre puede experimentar, y que compensa con creces todos los sufrimientos que había pasado hasta entonces.

Yo solo tenía 19 años, pero me enfrentaba, casi siempre sola, a una vida de enorme responsabilidad en la que las circunstancias me estaban obligando a introducirme de lleno.

Pensé en la hija de Janice, mi jefa. Era incluso mayor que yo, y las pocas veces que había venido a ver a su abuela se mostraba como una cría ñoña, infantil, obsesionada con la ropa y con ver videos absurdos en su celular. Un aparato del que no se despegaba ni de día ni de noche.

A una edad en la que las parejas en Arcadia ya suelen estar casadas y comenzando a tener hijos, aquella niña todavía vivía en el mundo de Peter Pan, mientras yo, que era menor, tenía que enfrentarme a una responsabilidad que me abrumaba y me superaba.

Cuando me marché y lo dejé allí otra vez lleno de cables se me partió el alma. Afortunadamente, con el paso de los días pude quedarme durante más tiempo, y, de hecho, hacia el final de su estancia en la planta de neonatos llegaba a pasarme el día completo en el hospital tomándolo en mis brazos y amamantándole cada vez que lo necesitaba.

Hasta que llegó el día en que su peso y evolución satisfactoria hicieron que le dieran el alta. Ya no necesitaba permanecer allí durante más tiempo, y la doctora me citó para darme todos los informes. Era un dossier con los documentos de Dan y todas las pruebas realizadas durante las siete semanas que permaneció allí. Una carpeta bastante abultada, por cierto.

Mi gran preocupación ahora eran las dichosas alteraciones neurológicas que, lamentablemente, ya habían comenzado a manifestarse. Dan movía con frecuencia y de forma anormal una de sus piernecitas y también sufría espasmos, motivados según me dijeron, por la ventriculomegalia que le había ocasionado el virus.

—Le aconsejo que inicie cuanto antes, si puedes costearlo, el tratamiento con Ganciclovir. El niño ya está preparado para recibirlo. De lo contrario, de no hacerlo pronto, su hijo podría quedarse paralítico o tendría que afrontar una cirugía dentro de unos meses para seguir con vida —dijo la doctora, con esa crudeza que ya me era familiar.

Pero ese era el problema. Que no podía pagarlo…



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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