—Daniel, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Dios todopoderoso y eterno, que has enviado tu Hijo al mundo para librarnos del dominio de Satanás, espíritu del mal, y llevarnos así, arrancados de las tinieblas, al Reino de tu luz admirable; te pedimos que este niño, lavado del pecado original, sea templo tuyo, y que el Espíritu Santo habite en él. Por Cristo nuestro Señor. Para que el poder de Cristo Salvador te fortalezca, te ungimos con este óleo de salvación en el nombre del mismo Jesucristo, Señor nuestro, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
»Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros. San José, esposo de la Virgen, ruega por nosotros. San Juan Bautista, ruega por nosotros. Santos apóstoles Pedro y Pablo, rogad por nosotros. Rogad, os suplicamos, para que este niño, al participar en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, alcance nueva vida, y por el Bautismo se incorpore a su santa Iglesia. Roguemos al Señor.
»Daniel, ya eres nueva criatura y has sido revestido de Cristo. Esta vestidura blanca sea signo de tu dignidad de cristiano. Ayudado por la palabra y el ejemplo de los tuyos, consérvala sin mancha hasta la vida eterna. Amén.
El bautizo de Dan tuvo lugar durante la misa del siguiente domingo tras el alta en el hospital. Fue un acontecimiento raro, al que aquellos parroquianos no estaban ciertamente acostumbrados. La mayoría no había visto una cosa así desde hacía décadas. Y todo porque los exteriores ya no tenían hijos, y los pocos que tenían, casi nunca se bautizaban.
Mientras Ron se había quedado un momento hablando con uno de los asistentes, que era cliente del bar, yo pasé a la sacristía y le conté al padre David mis aflicciones con respecto al tratamiento con Ganciclovir. Su respuesta me dejó de lo más asombrada.
—Por eso no te preocupes, hija —me contestó, con aplomo.
—¿Cómo que no me preocupe? ¿Usted sabe lo que cuesta eso? Cuando me lo han dicho casi me caigo del susto.
—No te preocupes porque yo conozco a una persona que trabaja en un centro especializado de esos, y podrás hacerlo allí. No es exactamente una clínica, pero tratan con virus y esas cosas, haciendo investigación. Este hombre es amigo mío y me debe un favor. Un gran favor, por cierto.
Yo me quedé callada y miré al padre, con una expresión de incredulidad.
—Mira, este hombre fue compañero mío en el seminario. No llegó a hacerse cura porque conoció a la que hoy es su mujer, y le tiraron más las… bueno, iba a decir una grosería. Total, que se salió del seminario y se casó, y tuvo varios hijos —se aclaró la garganta y luego siguió—. Pues bien, uno de ellos, su hija más pequeña, la preferida, cuando era adolescente, cometió un error. Un gran error. Para ella y sus amigas era simplemente un juego, pero... —sopesó si seguir o no contando la historia—, el caso es que hicieron unas invocaciones a personas fallecidas y... bueno, la chica tuvo un encuentro con unos malos espíritus que… En fin —se detuvo—. No te voy a dar los detalles. El caso es que mi amigo, el padre de la muchacha, acudió a mí desesperado y yo, con la ayuda de Dios, se lo solucioné de raíz y la niña quedó completamente limpia.
—Creo que sé a qué se refiere, padre.
—Sí, ¿verdad? Bueno, el caso es que mi amigo me dijo tras aquello: David, pídeme lo que quieras. Lo que sea. Si está en mi mano, no te lo negaré.
—No es para menos —dije.
—Total —siguió—, yo nunca le he pedido nada, porque esas cosas forman parte de mi trabajo, y para eso me paga "el de arriba" —miró hacia el cielo—. Pero creo ha llegado el momento de cobrar.
En ese momento sacó el celular del bolsillo, buscó en la agenda e hizo una llamada.
—¿Peter? Sí, soy yo, David. Bien, bien. ¿Estás muy ocupado? Bueno, gracias. Te agradezco que me hagas un hueco. Sigues teniendo ese centro, ¿verdad? El de los virus. Ah, bien. Es que necesito que hagáis un tratamiento. No, no es por mí. Es por una persona a la que aprecio. Sería una obra de caridad. ¿Lo que yo quiera? Muchas gracias. Es una chica, Liz. Su hijo necesita tu ayuda. ¿Cuándo? ¿Mañana mismo? —me miró, y yo asentí—. De acuerdo. A las diez la tienes en tu consulta.