Como siempre decía mi madre, Dios aprieta, pero no ahoga, y aquel hombre resultó ser una bendición para nosotros. Comenzamos el tratamiento con los antivirales en un proceso que ya me avanzaron que sería largo y llevaría varios meses.
Mientras tanto, Dan y yo nos conocíamos mutuamente, y cuando no estaba dormido, yo intentaba jugar con él, lo acariciaba, lo besaba, y él me tocaba y me chuperreteaba, buscando mis pechos. Salió un niño bastante llorón, que solo se consolaba y dejaba de llorar allí, sintiendo el calor de mi cuerpo, donde yo lo acogía, lo arrullaba y lo alimentaba con mucho amor.
Fue entonces cuando Janice y su marido, Tom, me hicieron una visita. Yo todavía no tenía celular, pero ellos sabían dónde vivía porque se lo había dicho el padre David.
Vinieron una tarde los dos juntos, y la verdad es que me llevé una sorpresa cuando les vi aparecer por mi casa. Nos saludamos, y yo les llevé a ver a Dan, en la pequeña habitación que habíamos habilitado para él.
El apartamento donde vivíamos era muy modesto. Tan solo tenía un pequeño salón que, sin solución de continuidad desembocaba en un dormitorio, y allí en un apartado habíamos instalado una cortina que separaba nuestra cama de la cunita del niño. Desde luego, nada que ver con las suntuosas habitaciones infantiles que los exteriores solían preparar para sus hijos, cuando los tenían.
—Y, ¿qué tal se porta? ¿Es bueno? ¿Os deja dormir por las noches? —me preguntó Janice.
—Pues la verdad es que no. No para de llorar. Al principio pensaba que era por hambre, pero no podía ser por eso cuando lloraba incluso tras tomarse una buena ración de leche.
—¿Se ha agarrado bien al pecho?
—Uy, sí, no ha tenido ningún problema. Es un glotón.
—Entonces, ¿por qué llora tanto?
—Hortensia me decía que podía ser por gases, y me enseñó una técnica para que pudiera expulsarlos. Y sí, yo lo hacía, y los expulsaba, pero nada, seguía llorando.
—Le llevaste al médico, supongo.
—Bueno, no tenemos seguro… —miré hacia abajo, avergonzada—, pero se lo dije al doctor Peter Halley, que es la persona que le está tratando con los antivirales. Me dijo que podía ser un efecto secundario del tratamiento.
—Que le causa malestar, o algo así, ¿no? —sugirió Tom.
—Bueno, no exactamente.
En ese momento llegó Ron. Era su día libre y había salido a comprar comida y pañales para el niño. Le presenté a mis dos invitados, nos sentamos y seguimos la conversación.
—Entonces, Liz, ¿cuál es la razón de que llore tanto? —quiso saber Janice.
—El doctor cree que es debido a un trastorno psicológico.
—¿En un bebé? —se asombró Tom.
—Eso parece. Se llama el “síndrome del desamparo”. Es la necesidad vital que tienen estos niños de sentir el contacto constante con su madre.
—Ah, ahora lo entiendo… Como es…
—Sordo y ciego —completé yo, usando las palabras que ellos no se atrevieron a pronunciar—. Y sí, eso tiene mucho que ver.
—Nunca mejor dicho —añadió Ron—. Eso de “ver”.
Los dos mostramos una sonrisa triste, si es que eso es posible.
—Y entonces, ¿cómo os la apañáis?
—Pues, regular. Mientras duerme, bien, pero en cuanto se despierta se pone a llorar de forma incontrolable, y solo se consuela cogiéndolo en brazos. Y encima tiene el sueño muy ligero, sobre todo de noche, con lo que la única manera de que esté tranquilo es así.
—En brazos —dijo Tom.
—Sí. Me paso el día con él de esa manera, de hecho.
—Y, ¿cuánto tiempo va a estar con ese… trastorno?
—Ni idea —respondí—. Esto va para largo, creo. —Los dos se miraron, con un gesto de preocupación que no le pasó desapercibido a Ron.
—Bueno, ¿y tu madre? ¿Qué tal sigue?
—Sigue como siempre —informó Janice—. En estado vegetativo. Ya ni siquiera le ponemos la televisión. Total, le es indiferente.
—¡Qué pena! —lamenté—. Qué pena llegar a mayores.
—Pues sí. En cuanto tú te fuiste contratamos a otra chica, que… no es, ni de lejos, tan buena como tú.
—¿Ah, no?
—No. La tuvimos que despedir a las pocas semanas y ahora tenemos otra que… es algo mejor, pero tampoco está a tu altura, desde luego.
—¡Nunca mejor dicho lo de tu altura! —dijo Tom, y todos nos reímos—. Es una chica pequeñita que no puede con mi suegra…
—Pero lo peor no es eso —añadió Janice—. Mi madre ya se mueve cada vez menos y apenas se cae ya de la cama —hizo una pausa—. El problema de esa chica es que se pasa el día mirando al celular. Que a mí no me parece mal, dicho sea de paso, porque claro, con mi madre hay mucho tiempo libre y no puedes pretender que esté la muchacha constantemente mirándola.
—El problema es que —intervino Tom—, tampoco la atiende cuando se necesita.
—Eso es. Más de una vez he llegado por sorpresa y está todo desordenado, los platos sin fregar, la casa oliendo mal, y mi madre sin cambiar el pañal desde hace horas. De verdad, Liz, no sabes cuánto te hemos echado de menos.