Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Audiovisuales

Me pasé por la oficina de empleo para echar un vistazo a los trabajos que se mostraban en el tablón de anuncios. Y como siempre, con Dan pegado a mí. Me habían dado los de Cáritas un peto-mochila —un portabebés— que me permitía llevarlo en el pecho, tranquilito, y que me dejaba los dos brazos libres. Así pasaba la mayor parte del día y al menos, podía tener libertad de movimientos.

Me fijé en uno que no tenía mala pinta. Era una productora audiovisual que ofrecía buen sueldo y, lo más importante, horario flexible con posibilidad de teletrabajo. Era el empleo ideal, y muy apropiado para una inmigrante sin papeles: al poder trabajar desde casa, nadie vendría a mi domicilio para hacer una inspección de trabajo.

Conseguí convencer a Ron de que esa mañana se quedara con Dan, a pesar de que protestó lo suyo —Ron, no el chico—. Obviamente, no iba a presentarme en la entrevista con el niño a cuestas.

Cuando llegué, me recibió una mujer que no iba desnuda, pero casi. Ciertamente, una de las cosas que más me sorprendió del mundo exterior era la ropa tan corta —minimalista, diría yo—, que usaban todas las mujeres, especialmente las jóvenes. Y claro, Ron no paraba de mirarlas a todas, casi desde el primer día.

La chica de la recepción debía tener mi edad y saqué en conclusión que solo estaba allí porque era vistosa. Rellené un papel en el que se me pedían algunos datos personales —algunos demasiado personales—, y entre ellos el número de seguridad social y el lugar de nacimiento. Estos dos datos los dejé en blanco. Después me hizo pasar a un despacho que en ese momento estaba vacío, y que comunicaba con otra sala mediante una puerta que en ese momento estaba cerrada.

Al cabo de un rato apareció un tipo de unos treinta y cinco años, que llevaba en la mano el impreso que había rellenado antes. Tras mirarme de arriba a abajo, me invitó a sentarme y él hizo lo propio en el sillón que estaba delante de la mesa.

En cuanto notó, por mi acento, que yo no era de allí, y que había dejado sin rellenar algunos datos clave, su actitud cambió. Comenzó a usar un tono socarrón que me pareció de lo más grosero.

—Bueno, cuéntame. ¿Qué sabes hacer, preciosa?

—Soy técnico audiovisual.

—¿Ah, sí? —Me miró con cara de incredulidad—. ¿Con qué programas has trabajado?

—¿Programas? No entiendo.

Me lo volvió a repetir, más despacio. Se pensaba que no comprendía bien el inglés. Yo seguía sin entender a qué “programas” se refería.

—Vamos a ver, bonita. ¿Has usado Photoshop…? ¿O Final Cut…? ¿Adobe Premiere? —Yo seguía con la misma expresión— ¿No? ¿O quizás Sony Vegas? ¿Eh?

Me quedé callada. No sabía de qué me estaba hablando, y preferí callarme antes que volver a hacer el ridículo.

—No sé si eres tonta o te lo haces —me espetó—. Me pareció al verte que tenías algo más en la sesera que la niña de la entrada. A ver —suspiró—. Si dices que has trabajado en edición de imágenes y producción audiovisual, ¿me puedes explicar cómo montabas las películas y los vídeos?

—¡Ah, sí! Claro. Bueno, pues es cuestión de coger el celuloide, extraerlo de la cartuchera y visionar el negativo (o una copia de trabajo), yendo fotograma a fotograma en el montador —el hombre puso cara de asombro, y entonces dije —: nosotros lo llamábamos montador, pero creo que también se llama “moviola”. ¿Quizá lo llaman ustedes así?

El tipo esbozó una sonrisa irónica por la comisura de sus labios y yo seguí.

—En fin, la cuestión es cortar con las tijeras y con sumo cuidado las escenas que elige el director, desechando las tomas falsas y el material sobrante. Después se unen con cinta adhesiva transparente para crear las secuencias deseadas y, finalmente, se sincronizan con la banda sonora grabada aparte.

El hombre ya exhibía una sonrisa de oreja a oreja y estaba a punto de echar la carcajada. ¿Acaso no se lo creía? Me pregunté. Tuve que echar el resto y venderme como fuera:

—No es por nada, pero yo era un técnico respetado que no solía fallar. Mis compañeros a veces cortaban lo que no era, y luego había que repetir todo el proceso. A veces incluso volver a rodar las escenas y llamar de nuevo a los actores para repetirlas.

Fue entonces cuando comenzó a aplaudir y a reír de forma estrepitosa, y al momento se oyó a alguien decir, desde la habitación de al lado:

—¿Qué pasa, Joe?

Joe se levantó y se dirigió al otro despacho, dejando la puerta entreabierta. Aunque intentaron hablar bajito, yo me enteré de todo:

—Nada, que ha venido una chica, para la entrevista. Es extranjera. Probablemente, sin papeles.

—¿Mexicana?

—No. Por su acento y apariencia puede ser de Europa del Este. Ucraniana o algo sí. Un bombón. Por cierto, tiene una delantera de impresión.

Entonces aparecieron los dos por la puerta para comprobar mi gran calidad como hembra reproductora. Joe se volvió a sentar en su sillón y me dijo:

—Vamos a ver, preciosa. No sé si lo que me has dicho ha sido una gracia para diferenciarte de las otras chicas y así caerme bien, o quizás es porque en tu país estáis tan atrasados que todavía no usáis computadoras para este trabajo.

—¿Qué es lo que ha dicho, Joe? —quiso saber el otro.

—Liz, repíteselo a mi amigo. Dile cómo montáis las películas en tu tierra, anda.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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