Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

El vuelo del cobarde

En aquella entrevista, había vivido una situación muy tensa y desagradable que me hizo recordar lo que siempre decían mis padres y todos los padres de Arcadia: el mundo exterior es malo.

Cuando subía por las escaleras hasta el cuarto piso donde se encontraba nuestro apartamento, ya desde el tercero se oía llorar a Dan. Cierto es que Ron no estaba tan presto a tomarlo cuando lloraba. A diferencia de mí, que no podía soportar aquel chillido que me perforaba los tímpanos, él siempre permaneció más indiferente, como si no fuera su hijo quien llorara, sino el hijo del vecino. “Ron, ¿es que no oyes que el niño está llorando?”, le decía, y entonces, sí, accedía, de mala gana, a tomarlo en brazos. Era necesario, obviamente, cuando yo estaba en el baño, me duchaba, o, simplemente, estaba ocupada en ese momento.

Esta vez pensaba que era algo así. Que estaba duchándose —entraba en breve a trabajar—, o bien, simplemente, que le era indiferente consolar a Dan. Alguien me dijo alguna vez que el llanto del lactante se emite en una determinada frecuencia de sonido que afecta al oído de la mujer de forma muy diferente que al del hombre. Es decir, que es más molesto, y obliga a esta a hacer lo que sea para que cese. Puede ser. Es un hecho que he comprobado en múltiples ocasiones.

Lo primero que hice cuando entré fue consolar al niño. El pobrecito estaba con los brazos en cruz, “mirando” al techo de la habitación con sus ojos vacíos, preso de una angustia vital que lo consumía. Lo saqué de la cuna, lo estreché contra mi pecho, lo acaricié y lo besé, y le dirigí palabras bonitas, aunque no pudiera oírlas. Al cabo de un rato se tranquilizó un poco y entonces salí hacia el baño para hablar con Ron. No podía estar en otro sitio, pero… tampoco estaba allí.

Todavía no era la hora en la que salía de casa para irse al trabajo, aunque ya faltaba poco. Miré en el armario para ver si estaba allí su chaqueta… y no solo no estaba, sino que tampoco estaba la mayor parte de su ropa.

Fue entonces cuando me di cuenta. Allí, en el recibidor de la entrada, había una nota que decía:

Liz, no estoy dispuesto a quedarme con tu crío mientras trabajas —¡como si no fuera también el suyo!—. Así que me largo. Si no lo hubieras tenido, esto no habría pasado. Bye bye.

El mazazo fue tremendo, y estuve a punto de desmayarme en ese mismo momento. Solo la intensa rabia que sentía —y el hecho de tener a Dan en mis brazos— hizo que me mantuviera en pie.

¡Cobarde…! —grité, con los puños cerrados, en una mezcla de rabia, odio y profunda tristeza. Ni siquiera tuvo el valor de decírmelo a la cara…

Me senté en el sofá e intenté relajarme, aunque me era muy difícil conseguirlo. Tenía la respiración entrecortada y mi pecho subía y bajaba como si hubiera venido de darme una carrera a toda velocidad. Pensé que me iba a dar un ataque de ansiedad y comencé a sudar por todos los poros de mi cuerpo.

En ese momento, Dan vino a socorrerme. El pequeño movía la cabeza hacia los lados, buscando, y abría la boca con denuedo. Eso solo podía significar que tenía hambre, así que me quité el vestido de inmediato, me desnudé entera para intentar que se me bajara el calor, y empecé a darle de mamar con todo mi cariño, mientras le mecía hacia delante y hacia atrás.

—Dan, hijito mío, te quiero con toda mi alma —le susurré, con las lágrimas corriendo sin parar—. Tú eres todo lo que tengo y lo serás siempre. No tengo nada más en el mundo, igual que tú no tienes a nadie más que a mí. Pero yo jamás te abandonaré, me hagas lo que me hagas. Mi pequeño, mi amor, criatura mía, dulzura mía, nacido de mis entrañas. Yo siempre estaré contigo, y tú estarás siempre conmigo... Tú y yo, yo y tú, Dan y Liz, Liz y Dan. Madre e hijo unidos para siempre…

Las lágrimas bajaban sin control por mis mejillas mientras intentaba recapacitar y hacerme a la idea de lo que había pasado. ¿Cómo no me di cuenta antes? ¿Cómo había podido esto pillarme por sorpresa? —me dije.

Me intentaba consolar pensando en que quizá volvería. Que quizá, esa misma noche, recapacitaría y volvería a mi lado. Si no esa noche, a lo mejor la semana que viene… ¿quién sabe?

Pero había algo en mí que me decía que era una esperanza ilusa. Que Ron no era de los que se arrepienten de las cosas, y que, igual que dejó Arcadia y jamás volvió a pensar ni en sus padres ni en sus amigos, tampoco lo haría conmigo. En el fondo, era un ser impulsivo que jamás volvía la vista atrás, y ese pensamiento me hizo estremecerme como si me hubieran clavado un puñal en medio del pecho.

Ciertamente, desde que nació Dan —bueno, en realidad, desde que supimos lo del embarazo—, Ron ya no era el mismo. Se enfadaba por cualquier cosa, me gritaba, se quejaba por todo… Yo no veía nada de eso porque estaba enamorada de él, y no supe anticipar este desenlace. Pero ciertamente, él no se marchó por no querer quedarse con el crío. Simplemente, eso fue la gota que colmó el vaso.

Ron, el rebelde, el inconformista, quien huyó de Arcadia porque estaba incómodo… también huyó de mí y de su hijo por la misma razón. No se conformaba con una situación tan dura y penosa, en la que estaba incómodo, y voló…

Él siempre tuvo ese carácter: impaciente, rebelde, inconformista, inadaptado, una pizca violento… ¿Por qué ese tipo de hombres, tan poco apropiado, es el que siempre nos atrae a las mujeres? ¿Por qué no me casaría yo con Gab?

¡Cuántas veces resonaron en mi cabeza desde entonces todas las enseñanzas que nos daban en las clases de Valores! Doña Margarita, mi entrañable profesora de Primaria, siempre nos decía que sin sacrificio no puede darse el amor, y que para amar es necesario sacrificarse. Toda persona que no está dispuesta a hacerlo es que no ama, es que solo se ama a sí misma y, por tanto, opta por el egoísmo, que es lo contrario al amor.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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