Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Lubina al horno

Yo no tenía todavía celular, ni en nuestra casa había teléfono fijo. Así, que, directamente, me fui al bar en el que trabajaba. Fui por la tarde, el turno en el que solía estar.

Había ensayado varias veces lo que le iba a decir, que era básicamente que me diera dinero. Lo había repetido en mi cabeza mientras amamantaba a Dan, mientras caminaba bajo el sol de la mañana, mientras buscaba el valor que no encontraba. Podría parecerme mejor o peor que no quisiera estar conmigo ni con nuestro hijo, pero confiaba en que, al menos, me diera algo para salir adelante. Solo un poco, el empujón necesario mientras decidía qué iba a hacer, qué iba a ser de mi vida a partir de entonces. Aunque solo fuera para poder comer al día siguiente…

Cuando llegué, el olor a café y grasa vieja me golpeó desde la puerta del bar. Me encontré a su compañero detrás de la barra, acompañado por otro hombre que nunca había visto. Gus levantó la vista y me miró de forma extraña, como si no esperara que yo apareciera en ese momento. Por un instante, sus cejas se alzaron y luego desvió la mirada hacia la cocina.

—Hola, Gus —le dije, intentando que mi voz sonara firme.

Él tragó saliva antes de contestar:

—Hola, Liz. Oye… ¡qué grande está ya el chico! Desde la última vez que lo vi ha crecido una barbaridad…

Miré a Dan, dormido contra mi pecho. La respiración tranquila del bebé era lo único que me mantenía erguida.

—Sí, no para de comer —respondí, acariciándole la cabeza con una sonrisa cansada—. Va a ser más grande que su padre. Por cierto, ¿dónde está?

Gus se removió incómodo.

—¿No lo puedes llevar en un carrito? —preguntó, intentando desviar el tema—. Vamos, digo yo. Es lo que hacen todas las madres, ¿no?

—No, Gus. En el carrito no para de llorar. Solo está callado cuando lo tengo en brazos.

—Claro. Por eso lo llevas en esa mochila pegada al pecho, ¿verdad? Tiene un nombre… ¿Cómo se llama?

—Es un portabebés.

—¡Ah! Es verdad —dijo, frotándose la nuca.

—Venga, dime dónde está. ¿Está en la cocina?

—¿Quién?

—Ron. ¿Quién va a ser?

Guardó silencio unos segundos, sin atreverse a mirarme. Luego soltó un suspiro.

—No. En la cocina está la mujer del jefe.

Como si aquel silencio fuera una señal, la mujer salió justo en ese momento. Me miró de pies a cabeza, y en su rostro se mezcló la pena y la sorpresa.

—Hola, Liz —dijo, limpiándose las manos en el delantal—. A vosotros dos también os ha dejado, ¿verdad?

Su tono era tan directo que me dolió. Había estado escuchando nuestra conversación, pero aún no conocía el alcance real de ese abandono. Hizo un gesto con la cabeza y volvió a la cocina, donde el olor a pescado asado llenaba el aire.

—Cuéntamelo, Gus —le pedí, haciendo un esfuerzo por no llorar.

El hombre dio un suspiro profundo, con los hombros hundidos.

—Vino hace unos días, por la mañana.

—Sí —suspiré yo también—. Creo que sé a qué día te refieres.

—A mí me extrañó, porque su turno comenzaba por la tarde. En realidad, vino a pedir la liquidación, y tenía bastante prisa, por cierto.

—Claro —murmuré con amargura—. Cuando uno huye, tiene que hacerlo rápido, no sea que le pillen. Le conozco bien. No es la primera vez que lo hace.

—¿Te ha dejado otras veces?

—No, me refería a otra cosa —recordé nuestra huida de Arcadia—. ¿Sabes dónde puedo localizarle?

Gus volvió a suspirar, rascándose la mandíbula. Tardó en responder.

—Me dijo que se iba a Nueva York. De hecho, aquí todos pensábamos que os mudabais allí…

—Ya. Pues ya ves que no. —Las lágrimas empezaron a empañar mi vista.

—¿Has conseguido hablar con él?

—No. No tengo celular. Pensaba llamar desde aquí.

—Pues ahórratelo —dijo, con un hilo de voz triste—. Yo he intentado llamarle varias veces porque se dejó aquí algunas cosas. Nada importante… Pero por si acaso las quería.

—¿Y?

—Al principio no contestaba. Poco después, la operadora decía “línea inexistente”.

Tragué saliva, y un nudo amargo me subió hasta la garganta.

—Hijo de… —se me escapó.

Gus me miró con compasión y preguntó:

—¿Sabes tú algún otro número donde localizarlo?

—No. Por cierto, ¿te dijo por qué se fue a Nueva York, en lugar de a cualquier otro sitio?

—No me dijo nada, pero… —se mordió el labio inferior, vacilando—. Sospecho que se fue con una chica. Una clienta que coqueteaba con él. Bueno, él con ella, más bien. Tenía acento neoyorquino, así que supongo que se fueron juntos. Desde luego, no ha vuelto por aquí. La clienta, me refiero.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control. Gus se acercó despacio, sin saber bien qué hacer, y la mujer del jefe salió de la cocina para unirse a él.

—No llores, Liz —me dijo ella, posando una mano cálida sobre mi hombro—. Los hombres como ese no se merecen que ninguna mujer llore por ellos.



#156 en Joven Adulto
#1062 en Otros
#25 en Aventura

En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.