Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Cumpleaños

No volví más por allí. Me volví con quien me quería, al lugar del que nunca debimos marchar. Y no me refiero a Arcadia. Aún quedaba terminar el tratamiento con Ganciclovir, que era de vital importancia para Dan; de hecho, le iba la vida en ello.

Regresé a casa de Hortensia, la anciana que nos había acogido cuando llegamos a Denver. Me recibió igual que la primera vez: con los brazos abiertos, la sonrisa temblorosa y los ojos húmedos. Entendí entonces que nunca tendríamos que habernos ido. Aquella mujer, frágil en los huesos pero inmensa en el corazón, nos había tratado como si fuéramos de su propia sangre.

Además de hacerle compañía, yo la ayudaba en todo lo que podía: limpiar, cocinar, traerle las medicinas cuando sus manos deformadas por la artritis ya no podían abrir un frasco. Ella, a cambio, nos daba el sustento que yo no tenía y la calidez de un hogar verdadero. Mi regreso fue un alivio para las dos, un respiro que parecía recién prestado por la vida.

Y así llegó el primer cumpleaños de Dan. Ese sábado lo celebramos los cuatro: Hortensia, el padre David, Dan y yo. El padre, que arrastraba una vitalidad cansada, venía extenuado de sus parroquias y colegios, pero siempre encontraba un rato para nosotros. “Media tarde libre”, la llamaba él, con una media sonrisa detrás de sus gafas.

El centro de la fiesta, por supuesto, era Dan. Ya conseguía mantenerse sentado sin apoyo, y hasta se atrevía con unos pasos tambaleantes que, más que andar, parecían pura voluntad de moverse hacia la vida.

—Oye, Liz, ¿de verdad que no puedes soltarle ni siquiera un momento? —preguntó el padre David, inclinándose hacia nosotros.

Dan estaba sentado en su trona, golpeando la mesa con una cuchara mientras yo le sostenía levemente uno de los brazos.

—Un momento, sí. Pero dos, no —dije medio en broma, medio en serio.

El padre me miró sin entender, arqueando una ceja.

—Puedo soltarle un momento, por ejemplo, para subirme la falda cuando voy al servicio —expliqué con un gesto resignado—. O para abrocharme el sujetador. Pero poco más. A veces se me dan mal los corchetes y tardo, y él… bueno, se impacienta.

—O sea que, cuando vas al baño… —insistió.

—Cuando voy al baño, cuando me ducho, cuando como o respiro —le interrumpí con una sonrisa cansada—. En cualquier circunstancia de mi vida, Dan tiene que estar conmigo, tocándome, o yo tocándole a él. Como estoy haciendo ahora.

—Vaya… —El cura subió las cejas por encima de sus gafas con un brillo cómplice—. Lo bueno de ducharos juntos es que se ahorra agua… y tiempo.

Su ocurrencia nos hizo reír, hasta a Hortensia, que soltó un bufido de anciana satisfecha.

—Y por eso el portabebés es tan práctico —seguí entre risas—. Me deja las manos libres y me permite moverme sin miedo a dejarlo solo.

—Ya, pero este niño cada vez pesa más —observó el padre, viendo los brazos de Dan, rollizos y fuertes—. ¿Qué harás cuando ya no puedas llevarlo encima?

—Dios aprieta, pero no ahoga, padre —intervino Hortensia con esa fe suya que convertía en certeza cualquier frase sencilla—. Cuando eso ocurra, el chico ya podrá caminar.

Asentí, mirándolos con ternura.

—Eso es. Para entonces, supongo que vivirá abrazado a una de mis piernas.

—Claro, claro… —rió el cura—. Y, ¿no te cansas?

—A ver… sí. Pero ¿qué voy a hacer? —respondí encogiéndome de hombros, sin soltarlo.

Cuando terminé mi plato, Hortensia ya había acabado el suyo. Para que yo comiera tranquila, se encargó de darle las cucharadas de puré a Dan. El pequeño se relamía, feliz, y luego probó un pequeño trozo de tortilla de patatas. No tenía muelas todavía, pero la masticaba con las encías como si fueran dientes recién estrenados. Cada vez le gustaban más las cosas sólidas.

—Oye, Liz —preguntó el padre mientras se limpiaba las gafas—, ¿cómo vais con el tratamiento? ¿Os queda mucho?

—No. En principio ya hemos acabado. Solo falta comprobar los marcadores de los últimos análisis, para asegurarnos de que ya no queda rastro del virus.

—Entonces, ¿cuándo tienes que ir a ver a Peter?

—El lunes. Han tardado más de lo previsto por el cribado, y por no sé cuántos procesos adicionales. Es algo complejo.

—Ya. No te preocupes, seguro que lo han hecho bien y pronto podréis estar tranquilos.

—Eso espero —suspiré, mirando a Dan, que alzaba las manos hacia mí como si quisiera que le abrazara un poco más.

Y llegó el momento de la tarta. Como él no podía soplar, lo hice yo en su lugar, cerrando los ojos un instante antes de hacerlo. Pedí algo en silencio, no sabría decir el qué. Después vino el aplauso, las risas, la canción del “cumpleaños feliz” —esa melodía que siempre suena igual, pero nunca significa lo mismo—, para terminar una tarde espléndida

Y sin embargo, aquellos días felices estaban a punto de acabar.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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