Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Marcelo y Pamela

Fue al día siguiente de aquella fiesta, como si la felicidad no pudiera durar más de una noche.

Hortensia comenzó a encontrarse mal de madrugada. Sus quejidos me despertaron antes del amanecer, y cuando llegué a su habitación la encontré doblada sobre el borde de la cama, con el rostro desencajado y una mano en el abdomen. Llamé a emergencias con los dedos temblorosos. El pitido del teléfono sonó eterno antes de que me atendieran.

Probablemente fue por la comida. La pobre mujer se había permitido más de un capricho la tarde anterior —“por una vez no pasa nada”, había dicho entre risas—, saltándose la estricta dieta que seguía para sus achaques. Pero aquella noche, la transgresión se cobró un precio cruel.

Ya era casi mediodía cuando supe que seguía ingresada, y entonces entendí por qué nadie me había llamado. En mitad de aquel caos, con las sirenas, los técnicos y el pánico en el cuerpo, Hortensia había olvidado llevarse el celular. La imagen de ella, encogida en la camilla, me volvía una y otra vez, llenándome de ansiedad.

No soportaba seguir esperando en casa. Así que tomé a Dan, lo coloqué en el portabebés y me acerqué al hospital.

Me costó convencer al guardia de seguridad de que me dejaran pasar. Entre el llanto intermitente del niño y mis ojos húmedos, debí de dar algo de pena y al final accedieron.

Cuando por fin llegué al box de urgencias, me llevé un golpe de realidad. Apenas la reconocí. Estaba pálida, sudorosa, con la mirada perdida, como si cada respiración fuera una negociación con la vida.

—¡Liz! —exclamó, al verme—. ¡Me muero! Llama al padre David para que venga a darme la extremaunción… ¡Y a mi hijo! Llámalo para que venga a despedirse de mí…

—No, Hortensia, no diga eso —le sujeté la mano con cuidado, sintiendo su piel helada—. Usted no se va a morir, ¿me oye? Va a salir de esta, va a seguir viviendo muchos años.

Ella me miró con los ojos nublados, la garganta luchando por tragar saliva.

—¡Llámalos, por favor! —insistió—. ¡Llama a Marcelo! Busca en mi teléfono… ya sabes cuál es la contraseña.

Asentí, aunque me costaba respirar. Salí al pasillo, buscando un rincón silencioso entre el murmullo de los monitores y los pasos rápidos de los médicos. Marqué el número con los dedos húmedos.

—¿Mamá? —respondió una voz masculina al otro lado, tras aparecer en su pantalla el número de Hortensia.

—Hola… no. No soy su madre —dije, tragando saliva—. Soy Liz.

—¿Quién?

—Liz Pacwa. La chica que vive con…

—Ah. Ya —respondió, cortante, como si ya le sobraran las explicaciones. Nunca habíamos hablado, pero sabía que Hortensia le había hablado de mí.

—¿Por qué me llama? ¿Le ocurre algo a mi madre?

—Sí. Está ingresada en el hospital. —Me dolió decirlo, como si lo hiciera más real—. Los médicos dicen que tiene una insuficiencia renal aguda. Está en estado crítico.

—Vamos para allá ahora mismo —dijo sin dudarlo, y colgó.

Volví al box poco después. Le devolví el teléfono y traté de no mostrar la preocupación.

—Quédatelo tú —me susurró entre jadeos.

—No, guárdelo. Quizá más tarde se encuentre mejor y pueda hablar con su familia. —Le acomodé la manta y acaricié su frente sudorosa hasta que volvió a cerrar los ojos.

Me quedé un rato más, observando el ascenso irregular de su pecho, y luego volví a casa. El tiempo de las visitas era limitado, y Dan ya empezaba a impacientarse.

Marcelo y su mujer, Pamela, llegaron por la tarde, casi ya de noche. Vivían en California, y habían tomado el primer avión con rumbo a Denver. Eran un matrimonio —o pareja, porque con los exteriores nunca se sabe eso— ciertamente peculiar. Él era moreno, bajito, un poco obeso y con aspecto bonachón, aunque enseguida perdía los estribos. Ella era todo lo contrario. Una mujer delgada, rubia teñida, y con ojos fríos y calculadores. Debían tener algo menos de cincuenta años, y no tenían hijos.

Como yo era quien tenía la tarjeta de visitante —solo una por paciente—, les esperé en la puerta de urgencias para recibirles.

Después de que hubieron entrado los dos por separado, les pregunté:

—¿Qué tal está Hortensia?

—Mejor —respondió él, con un hilo de alivio en la voz—. Los médicos creen que saldrá de esta.

Pamela me escrutó de arriba abajo antes de hablar.

—Oye, Liz —dijo, como probando mi nombre en la boca—, tú tienes las llaves de la casa de mi suegra, ¿verdad?

—Sí, claro. Vivo allí.

—Pues ya nos las estás dando. ¿O acaso pretendes que pasemos la noche en un hotel?

Sentí un nudo en la garganta ante ese tono seco, casi hostil. La cara de desagrado hacia mi persona que mostraba aquella mujer era como para echarse a temblar.

—Claro, claro —murmuré—. Si yo no pretendo nada…

Tomamos un taxi y nos dirigimos a casa. Ninguno de los dos me dirigió la palabra en todo el trayecto, ni siquiera para preguntarme cómo había sucedido todo, qué había pasado la noche anterior, etcétera. Miré por la ventanilla, con la mano sobre la cabeza de Dan dormido, y sentí que me encogía poco a poco por dentro. Sabía que aquel silencio no era simple incomodidad: era juicio contenido. Juicio con veredicto de culpabilidad.



#156 en Joven Adulto
#1062 en Otros
#25 en Aventura

En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.