La cuestión es que yo al día siguiente tenía la cita con el doctor Halley, donde me iban a dar los resultados definitivos de los cribados, que eran muy importantes para Dan y su enfermedad. Aunque la rabia por las calumnias no se me pasaba, en realidad me preocupé lo justo tras oír aquella conversación. Mi cabeza estaba en otro sitio.
Cada vez que visitaba al doctor Halley me costaba dormir la noche anterior. Ya dormía mal desde que nació Dan, pero esas veces era todavía peor.
En teoría nos tenía que dar el alta, y yo tenía la esperanza de que fuera así. Los marcadores ya mostraban muy poco rastro del virus, y con las últimas inyecciones de Ganciclovir, él esperaba haberlo erradicado del todo.
—Tengo muy buenas noticias, Liz —me dijo, nada más entrar en su despacho. Su cara exhibía una sonrisa sincera—. Los cribados muestran ya muy poca actividad del virus en Dan. El número que me ponen aquí mis colegas respecto a la presencia del ARN viral es insignificante, por lo que podemos concluir, razonablemente, que se trata simplemente de restos cesantes.
—De restos…
—De virus muertos, vaya. En definitiva, tu hijo está curado.
Fue como si me quitaran un peso de encima. Como si hubiera estado luchando desde un año atrás contra una fuerza invisible que ahora desaparecía por completo, y me sentía más liviana, como si flotara. Por fin una buena noticia, después de tanto tiempo. Yo creo que incluso Dan se alegró, aunque viviera en su mundo mudo y oscuro. Siempre pensé que él y yo teníamos algún tipo de interconexión íntima, de forma que nuestras emociones eran compartidas.
—Y respecto a sus problemas de… —pregunté, con cautela—. ¿Hay alguna posibilidad de que recupere la vista o el oído, aunque sea parcialmente?
—Me temo que no. Esos daños son irreversibles.
No me decepcioné porque ya me lo habían anticipado. Aun así, siempre mantuve alguna esperanza.
—Doctor, me sigue preocupando mucho que Dan dependa tanto de mí. ¿Es esto normal? Prácticamente, es que no me deja vivir…
—Liz, tu hijo ahora mismo está curado, y eso es lo más importante. Si llora cada vez que lo sueltas y no llora cuando lo tienes cogido en brazos, no es por ninguna afectación neurológica que le haya podido causar el virus.
Yo le miré con algo de ansiedad y él siguió:
—Es lo que te dije. El Ganciclovir puede modificar la estructura neuronal y causar el trastorno psicológico que tu hijo padece.
—El síndrome del desamparo.
—Eso es. También puede estar exacerbado, lógicamente, por causa de sus disfunciones sensoriales. A muchos niños sordociegos les pasa, aunque la razón de su discapacidad no sea el virus.
Eso era algo obvio. Muchas veces me intenté poner en la situación de Dan, y, ciertamente, a mí me hubiera aterrorizado que mi madre o mi padre no estuvieran cerca de mí en un mundo en el que no puedo ver ni oír, sino solo tocar. El doctor siguió:
—Pero es un trastorno psicológico, no físico, y como tal, es posible corregirse. El cerebro es una estructura muy plástica y puede modificarse.
—Ya, claro, pues ya me dirá usted cómo.
El hombre me sonrió con afecto e intentó darme ánimos.
—No te preocupes. Tardará su tiempo, pero se arreglará.
—¿Cuánto tiempo?
—Eso no te lo puedo decir. Los niños con plenas facultades sensoriales que padecen este trastorno, poco a poco se van haciendo más independientes. Al principio les basta con tener a la madre en su ángulo de visión. Después, son capaces de estar jugando solos en una habitación separada, siempre y cuando tengan la certeza de que la madre está en casa y que acuda en cuando alcen la voz. Eso sí, como oigan la puerta de la calle abrirse o cerrarse, ya entran en pánico.
—Me imagino. Pero Dan no puede ver ni oír. No me puede tener en ningún ángulo de visión ni puedo tranquilizarle dando una voz si llora.
—Claro. Por eso él tardará mucho más tiempo en salir de este problema.
—Ya, pero ¿cuánto?
—No lo sé Liz, ya te lo he dicho. Pero seguro que serán años. Unos cuantos años, por lo menos.
Yo giré la cabeza en un gesto de desazón.
—De todas maneras, lo que tienes que comenzar a hacer desde ya, es enseñarle a comunicarse contigo y que tú puedas comunicarte con él.
—Ja —exclamé—. ¡Ya me dirá cómo! ¿Cómo puede alguien comunicarse con una persona así?
—Liz, tu hijo no tiene ningún retraso mental ni nada por el estilo. Es una persona normal, con una inteligencia normal. Y como tal, puede aprender la lengua de signos, como hacen los sordos. En su caso, además, tendrán que ser signos táctiles, por supuesto. Pero es posible y factible.
—¿Será capaz de aprender eso?
—¿Por qué no? Ya te digo que no tiene ningún retraso mental ni nada que se le parezca. Una vez que podáis “hablar”, tú podrás decirle que no se preocupe, que no te vas a ir a ninguna parte, y que estás en la casa; que solo tiene que chillar para que acudas junto a él. Y una vez que lo haga y compruebe que es verdad, confiará en ello y será cada vez más independiente.
Yo no estaba convencida del todo, y él siguió: