Cuando volví a casa, era ya por la tarde, y no sabía qué me iba a encontrar. Por la mañana, no dio tiempo a que Marcelo me pusiera “de patitas en la calle”, pues la cita era temprano y yo salí antes de que se levantaran. Además, como no tenía coche ni dinero para un taxi, tuve que tomar varios medios de transporte, y entre los tiempos de espera de uno y otros, fue por eso por lo que llegué pasada la hora de comer.
Para mi sorpresa, cuando llegué, Hortensia estaba allí, sentada en una silla de ruedas, con una manta sobre las piernas y un brillo cansado en los ojos.
—¡Qué alegría! —dije, sintiendo cómo la emoción me subía por la garganta—. ¡Ve usted como no era para tanto! —me giré hacia Marcelo—. Su madre pensaba que se iba a morir.
—Bueno —replicó él, con una media sonrisa ladeada—, ha estado a punto.
—Ay, hija —gimió ella, sujetándome la mano—, es que he estado muy mala, muy mala. ¿Tú sabes cuánto me dolía?
—Tenía una piedra en el riñón —explicó el hijo en tono práctico—. Han tenido que hacerle una litotricia. Pero al final todo ha ido bien.
Mientras hablaba, noté la fría mirada de Pamela caer sobre mí. No hacía falta que dijera nada; sus ojos lo gritaban todo: recelo, desprecio, odio y una especie de desconfianza antigua, de esas que no necesitan pruebas para existir.
Intentando escapar de esa sensación, me retiré a mi habitación para cambiar a Dan y darle de comer. Cerré la puerta a medias, lo justo para tener un poco de intimidad. Aun así, sus voces llegaron hasta mí, atravesando el pasillo como agujas en la piel.
—Mamá, esto no puede seguir así —dijo Marcelo—. No puedes estar más tiempo sola.
—No estoy sola —replicó Hortensia, con esa firmeza que aún conservaba incluso enferma—. Estoy con Liz. Y con Dan.
Me sonreí al oírlo, con el pecho apretado de gratitud. Pero enseguida vino la respuesta de Pamela, cargada de veneno:
—Señora, usted necesita atención especializada. ¿No se da cuenta?
Hubo un silencio breve, de esos en los que uno puede imaginar perfectamente las miradas, las posturas, el gesto contenido de quien manipula con ternura fingida.
—Pam tiene razón, mamá —añadió Marcelo, bajando la voz—. En una residencia estarías mucho mejor. Allí también estarías acompañada, y tendrías los tratamientos de fisioterapia que necesitas para que la artritis no vaya a más. Te aliviaría mucho.
—Ya, claro —respondió ella, con un tono cortante que reconocí enseguida—. Para ti es muy fácil decirlo. ¡Vete tú a la residencia! Yo no pienso moverme de mi casa.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier grito. Oí un susurro apretado, las palabras apenas distinguibles, pero el tono lo decía todo: cálculo, impaciencia.
—Si te fueras a la residencia, podríamos vender el apartamento —dijo finalmente él, casi en un murmullo—. Ya sabes que no andamos bien de dinero, y...
Me quedé inmóvil, con Dan en brazos, la respiración suspendida. Claro… así que era eso. El rompecabezas empezaba a encajar. No eran los cuidados, ni la soledad, ni la fisioterapia. Era el dinero. La casa.
Hortensia respondió sin dudar, elevando la voz con más fuerza de la que imaginaba que le quedaba.
—Yo no pienso vender el apartamento. Además, si lo hiciera, ¿dónde iba a vivir Liz?
Apreté a Dan contra mi pecho. La nuera resopló, con ese aire de quien se da por ofendida y al mismo tiempo reafirma su desprecio. Pude imaginar la mueca que acompañaba ese ruido, los labios tensos y los ojos en blanco.
Fue entonces cuando me terminé de decidir. Había pensado en la posibilidad desde antes, y mucho más cuando el doctor Halley dio el alta a Dan esa misma mañana. Había llegado el momento de volver a casa. A mi casa.
Salí de la habitación con mi hijo dormido en el portabebés y el corazón latiendo en la garganta.
—No se preocupen, que no va a hacer falta que me echen —miré a la nuera. Me voy a ir yo sola.
El aire se cortó. Pamela parpadeó, sorprendida, pero en sus labios apareció una sonrisa satisfecha.
—¿Qué? —terció la suegra—. ¡Tú no te vas a ir a ninguna parte!
—Hortensia —intenté hablarle con suavidad—, el doctor Halley ha dado el alta a Dan. Ya no tenemos por qué seguir en Denver.
—¡No, Liz! ¡No te vayas! —su voz se quebró, y se me partió algo por dentro.
—De verdad, lo siento muchísimo por usted —dije conteniendo el llanto—. Pero es mi familia. Son mis padres, mis hermanos… y hace casi dos años que no los veo.
Marcelo bajó la mirada. Había algo de incomodidad en su gesto, quizá culpa, o tal vez alivio.
—Bueno, mujer —balbuceó al fin—. Tú tómate tu tiempo. No hace falta que te vayas ya mismo.
Pamela, en cambio, sonrió con esa frialdad que solo se tiene cuando se ha ganado algo.
—Claro, Liz —dijo, con una voz suave pero llena de filo—. Te agradecemos la compañía que le has hecho a la pobre Hortensia. Y entiendo lo de tus padres, naturalmente… —pausó, mirándome de arriba abajo—. Por cierto, según creo, no conocen al niño, ¿verdad?
—No, no lo conocen —contesté con serenidad—. Por eso me quiero ir, entre otras cosas. En cuanto averigüe cómo hacerlo, me marcharé.