Las palabras del doctor Halley me habían llenado de esperanza. Dan podía llegar incluso a hablar… Sin embargo, consulté en Internet y con la ayuda de una inteligencia artificial estimamos cuánto tiempo podría tardar él en superar el síndrome del desamparo y en llegar a comunicarse de una forma eficaz conmigo. Y los resultados fueron desalentadores. La IA me dijo que podían ser incluso muchos años...
Pero yo ya llevaba un año siendo una esclava, como decía Hortensia, y necesitaba cuanto antes una ayuda; un escape; un alivio.
Por otra parte, la situación que esta mujer tenía con su hijo no era la más propicia para que yo permaneciera más en aquella casa, ante el riesgo de enfrentamiento entre los dos —y con la nuera—.
Así las cosas, hice lo único que podía hacer: acudir con mi madre para encontrar esa ayuda que tanto necesitaba. En efecto, una vez curado Dan, ya nada me retenía en Denver, y me volví a mi casa; al lugar del que nunca debí de haber salido.
No había nada peor que yo llevase desde que me marché de Arcadia, que no haberme despedido de mis padres y de mis hermanos, y que ellos no supieran nada de mí. Me sentía muy culpable, y mucho más ahora que era mamá. Sé de primera mano lo que sufre una madre por sus hijos, y era consciente de lo mucho que tenía que estar sufriendo la mía por no saber nada de mí; por no saber nada de su hija mayor, la primera que tuvo.
La chiquillada que hice al marcharme con un hombre como era el padre de mi hijo, bien que me estaba pasando factura. Nunca pude llamar a mi madre para decirle que estaba bien; que no se preocupara por mí, y que estaba viviendo una nueva vida con Ron. Y no lo hice, sencillamente porque no tenía forma de hacerlo.
Los hogares en Arcadia no tienen teléfonos con acceso al exterior; es decir, no tienen números a los que se pueda llamar desde fuera. Si alguien del resto del mundo quiere hablar con alguien de dentro, tiene que llamar a la centralita de teléfonos y desde allí le pasan con la familia en cuestión. Y lógicamente yo no sabía cuál era ese número, el número de la centralita, para llamar desde Denver, porque nunca tuve la necesidad de saberlo mientras vivía en Arcadia. Hortensia me ayudó a buscarlo en Internet, pero no fui capaz de conseguirlo. Y eso era algo que se podía esperar. Los dirigentes de la ciudad, con eso del aislamiento, jamás habían publicitado ese número de teléfono.
Había desde luego otra opción, la opción tradicional, que era escribir una carta. Pero yo tardé mucho tiempo en descubrir eso. En Arcadia nadie recibía cartas del exterior, ni tampoco se enviaban. Y, por otra parte, el mundo exterior tampoco se usaba ya esa forma de comunicación, con lo que nadie me lo sugirió… hasta que Hortensia me lo dijo. Y eso fue lo que hice. Envié varias cartas a nombre de mi madre, solo consignando “Arcadia – Texas”. Pues bien, todas me fueron devueltas. Tampoco sabía códigos postales ni nada de eso, que es, al parecer, necesario para que una carta llegue a su destino.
No quedaba pues, más remedio, si quería tener noticias de mis padres y que ellos las tuvieran de mí, que volver físicamente a Arcadia. Pero eso era algo que Ron nunca quiso hacer. Lo primero, por motivos económicos: no teníamos dinero para hacer el viaje. Y lo segundo, porque él decía que si volvíamos, jamás nos iban a dejar salir otra vez. Algo que luego averigüé que no era cierto.
El caso es que el padre David hizo un esfuerzo —y una colecta—, y consiguió el dinero necesario para que yo pudiera tomar un autobús y luego un taxi, y así poder regresar a mi casa.
A decir verdad, yo no tenía muy claro si me iban a dejar permanecer en Arcadia. Hacer simplemente una visita no era un problema, pues muchos familiares nos visitaban. Pero dejar estar indefinidamente a una persona proveniente del mundo exterior —ya contaminada y “viciada”—, podría ser un riesgo que en la ciudad no se podría asumir de cara a preservar la inocencia de la juventud. De hecho, cualquier visitante tenía que estar necesariamente acompañado de un adulto si había niños o jóvenes de por medio. Aun así, yo tenía la esperanza de que me readmitirían, y más al llevar conmigo a un bebé.
Cuando llegué ante la entrada, no conocía a los guardias. El padre de Ron ya no era el jefe de seguridad, y cuando llamaron a mi madre, esta no estaba en casa. Pedí que llamaran a alguno de los vecinos, pero pasaba lo mismo. No había manera de localizar a nadie, a pesar de que ya era por la tarde y muchos tenían que haber salido ya de sus trabajos, incluido mi padre, que tampoco estaba.
Finalmente me dejaron pasar, entre otras cosas porque no tenía sentido que yo no fuera de allí. Hablaba un perfecto esperanto y además, tenía a un niño en brazos. Probablemente —pensaron— había habido un error y, mi nombre no figuraba como titular de ninguna casa a pesar de ser madre y, teóricamente, estar casada.
Cuando entré en la ciudad, después de haber vivido en Denver, parecía que había llegado a otro mundo. Solo había estado dos años fuera, pero ya se me había olvidado lo que era Arcadia. Todo me pareció más pequeño, más antiguo. Las casas seguían alineadas, los jardines cuidados, pero el aire era distinto, más denso, como si el tiempo se hubiera detenido. Caminé por la plaza central, y sentí las miradas curiosas, algunas de sorpresa, otras de desconfianza. No era para menos. Me había cortado el pelo, y, ciertamente, no era la misma persona que había dejado Arcadia tiempo atrás, ni en apariencia, ni en grado madurez. Era como si me hubieran echado diez años encima, o más.
Pero algunas cosas nunca cambian. Como siempre, el parque central era un hervidero de críos que no paraban de saltar, de correr y de reír. Aquí y allá se podían ver grupos de chicos o de chicas que jugaban a sus cosas, a las cosas que siempre jugaron los niños y las niñas: cuatro de ellos se intercambiaban cromos, mientras un grupo de seis o siete corrían detrás de una pelota, y otros jugaban al escondite. Por su parte, las niñas saltaban en la comba o jugaban a la goma. Casi ninguno de aquellos chavales tenía gafas.