Pasaron los años. Años de privaciones, de esfuerzos y de sacrificios; años duros en los que la economía familiar era de todo menos boyante. Las estrecheces no eran solo nuestras: las sufríamos todos los ciudadanos de Arcadia.
El mundo exterior se había colado por todos los resquicios abiertos y, hasta el momento, no había traído nada bueno; tan solo reglas nuevas, facturas y miedos.
Dan, por su parte, seguía creciendo, al ritmo testarudo de los niños que se empeñan en vivir. Poco a poco habíamos aprendido a comunicarnos… algo. No mucho, no todo lo que yo habría querido, pero lo suficiente para entender sus necesidades más básicas y sus cambios de humor. Eso sí, su dependencia hacia mí, no solo física, sino también psicológica, seguía intacta. Era como una extensión de mi propio cuerpo, un peso constante del que no podía, ni quería, separarme del todo.
Las cosas comenzaron a mejorar cuando por fin llegaron las lluvias. La sequía se terminó, los acuíferos y la laguna se llenaron, y el olor a tierra mojada devolvió a Arcadia un poco de su antiguo pulso. Que volviera el agua significó un alivio para todos: muchos campesinos regresaron de la ciudad, abandonando sus empleos precarios, y con ellos regresó también una parte de la vida comunitaria. Al haber más cultivos, los animales volvieron a tener alimento, y las vacas y las ovejas parieron terneros y corderos. Fue como volver a la normalidad, o casi.
Mejor dicho, casi. Muchas fábricas seguían cerradas y la electricidad, junto con los impuestos, continuábamos pagándolos en dólares americanos. La quimera de la autosuficiencia se había desvanecido para siempre. Ahora era imprescindible seguir trabajando fuera para conseguir ese dinero “extranjero”, como si siempre dependiéramos de un mundo que nos miraba desde arriba.
Pero al menos yo recuperé a mi madre. Dejó por fin aquel empleo de interna que la mantenía lejos, agotada, sin tiempo ni siquiera para vernos. Todavía recuerdo la primera vez que volvió a Arcadia después de tanto tiempo.
Llegó una mañana, en el autobús de línea. Ah, el autobús de línea… casi se me había olvidado hablar de él. Con tanto trasiego de gente que iba y venía a diario, Zaldívar consiguió poner en marcha una línea de autobuses de servicio regular que hacía dos veces al día el recorrido entre Arcadia y la ciudad. Para quienes trabajaban fuera fue toda una bendición: mi padre pudo, por fin, dejar la bicicleta aparcada después de haberse hecho tantas millas cada día.
Para otros, sin embargo, aquel autobús era solo una prueba más de que la frontera entre Arcadia y “el mundo exterior” se había roto. Era un cordón umbilical por el que también podía entrar —y de hecho entraba— la tan temida “contaminación” de ideas, costumbres y problemas.
En fin, estaba hablando de mi madre. Cuando la fui a esperar a la parada, la vi bajar del autobús con una bolsa en la mano y ojeras en el rostro, pero con la misma mirada firme de siempre. En cuanto me vio, corrió hacia nosotros y me abrazó con fuerza, como si quisiera recuperar de una vez todos los abrazos perdidos. Luego se arrodilló ante Dan, que estaba de pie agarrado a mí, y le tomó las manos con una ternura que casi me dolió.
No preguntó nada, no reprochó nada. Solo lloró, y yo lloré con ella. Desde entonces, la tuve ya conmigo, y fue una ayuda inestimable en todo. No solo en las tareas domésticas, sino también en sostenerme cuando el miedo y el desaliento me dejaba sin aire.
Fue entonces cuando comencé a tomarme en serio, de verdad, el aprendizaje de Dan. Hasta ese momento, mis preocupaciones, mis miedos y mis propias inseguridades me habían paralizado. Dan era ciego y sordo, pero no era mudo, y podía tocar y ser tocado. Había un sinfín de posibilidades en ese contacto. Tenía que haber algún modo de enseñarle a comunicarse con el mundo, aunque ese mundo no pudiera verse ni oírse.
Todo había comenzado en Denver. En el hospital, las enfermeras me habían dado folletos sobre discapacidad sensorial, terapias y recursos. Palabras frías impresas en papel brillante, con fotos de niños sonrientes que parecían pertenecer a otro universo. Yo los miraba y sentía que aquello quedaba tan lejos de nuestra realidad como las estrellas.
Tenía claro que debía aprender a comunicarme con él, a tocarlo de la manera correcta, a enseñarle que el mundo, aunque invisible e inaudible, podía ser seguro. Empezaría por lo básico: contacto constante, caricias, calor, rutinas que se repitieran una y otra vez hasta volverse predecibles para él. Después, tenía que buscar la manera de introducir signos, patrones de movimientos sobre su piel que se convirtieran en palabras. También quería que sintiera las vibraciones de mi garganta al hablarle, que supiera que aquella vibración era “mamá”, era “voz”, era “presencia”.
Pero mientras lo pensaba, el miedo me golpeó con toda su fuerza. ¿Y si no podía? ¿Y si, a pesar de todos mis esfuerzos, lo condenaba a una vida de aislamiento? ¿Y si mi amor no fuera suficiente? Era una tarea enorme para una veinteañera sin recursos, más allá de la voluntad y el cansancio acumulado. Por eso, aprovechando el autobús de línea, decidí acudir a la ciudad para buscar ayuda.