El centro especializado estaba en un barrio tranquilo, lejos del ruido más intenso de la ciudad. Las paredes blancas y los carteles de colores anunciaban programas para niños con discapacidades sensoriales; dibujos sencillos, formas en relieve, letras como juguetes de plástico o de madera. Había algo sereno en aquel lugar, pero también intimidante: parecía hecho para otros niños, otros padres que sabrían perfectamente qué preguntar y cómo moverse.
—¿Es la primera vez que viene? —preguntó una terapeuta joven, sonriendo, cuando entré con Dan pegado a mi pecho.
Asentí, insegura ante su voz amable, mientras intentaba recolocar la correa de la mochila.
—Mi hijo… —respiré hondo—. Mi hijo nació sordo y ciego. No sé por dónde empezar.
—No se preocupe —respondió ella con calma—. El camino será largo, pero no lo hará sola. Acompáñeme.
Me condujo a una sala luminosa, con juguetes adaptados, superficies blandas, mesas bajas y estanterías llenas de objetos de diferentes texturas. Me explicó los principios básicos: contacto constante, signos táctiles, rutinas claras. Tomó con delicadeza las manos de Dan y me mostró cómo guiar sus dedos para que sintieran el movimiento de las suyas.
—Él no puede ver ni oír, pero puede sentir —dijo la terapeuta—. Cada gesto puede convertirse en una palabra para él. Cada caricia, en una frase entera.
Escuchaba intentando grabar cada detalle en mi memoria. No podía permitirme muchas sesiones; el dinero no daba para cursos largos ni consultas interminables. Tenía que absorberlo todo lo más rápido posible, como quien bebe agua antes de volver al desierto.
—La cuestión —prosiguió— es empezar identificando cosas cotidianas con signos. Cada signo será una palabra. Por ejemplo, cada vez que el niño coma, hay que hacer siempre el mismo gesto: tocar su boca con dos dedos. Si lo repite muchas veces, acabará asociándolo. Cuando él quiera comer, hará ese signo y usted lo entenderá.
—Perfecto —respondí—. Porque ahora, cada vez que quiere algo, lo expresa chillando, y tengo que ir probando. Si creo que es hambre, le acerco comida a la nariz para que la huela, y si no es eso, mueve la cabeza a los lados. —Le enseñé a decir “sí” y “no” —. Si tiene frío, lo abrigo; si no es eso, se quita la manta o “dice” que no.
La terapeuta asintió con una sonrisa.
—Es normal. Las madres aprenden enseguida a descifrar a sus hijos. Pero con un sistema de signos táctiles, las cosas se simplifican mucho. Ya no tendrá que adivinar tanto.
Me pareció maravilloso, casi un milagro.
—Dígame una cosa —añadí—. ¿Tendré que enseñarle un signo para cada palabra? Hay miles de palabras… ¿Cada una tiene su signo? ¿Hay tantos signos?
La terapeuta negó con la cabeza.
—No. El sistema no se enseña palabra por palabra desde el diccionario, igual que a un niño oyente no se le dan “10.000 palabras” en listas, sino que se empieza por un vocabulario muy reducido y funcional que luego va creciendo. Además, los signos pueden combinarse entre sí y modificarse mediante clasificadores, intensidades en los toques o toques repetidos, de modo que con unos cientos de signos ya se puede decir muchísimo.
La miré, abrumada. Cientos de signos todavía me parecían una montaña. Ella pareció leerme el pensamiento.
—Por ejemplo —continuó—, para expresar el pasado en un verbo, se pasa la mano por el brazo del niño en dirección hacia atrás. Para el futuro, hacia adelante. Si no se hace nada, es presente.
—Uf… —solté—. Me parece complejo.
—No tanto como parece. Piense en esto: si su hijo le hace el signo de comer y la comida aún no está lista, usted le toca la boca con dos dedos, y después le frota el brazo hacia adelante. Eso significará “comer más tarde”. Al principio no lo entenderá, pero si cada vez que usted hace ese gesto la comida se retrasa, él acabará asociando ese patrón con la idea de “futuro”. Y así con el resto de verbos. La clave es la repetición.
—Sí… ya lo voy entendiendo —dije, intentando imaginarlo en nuestra pequeña cocina, en Arcadia.
—Lo mismo pasa con la palabra “dormir” —añadió—. El signo es colocar el dorso de la mano derecha sobre la oreja izquierda. Empiece por hacerlo siempre que lo acueste. Con el tiempo, cuando tenga sueño, será él quien haga el gesto para decirle que quiere irse a la cama. Y, si todavía no es la hora, usted puede explicarle que será más tarde, frotándole el brazo hacia adelante, como le dije antes. La cuestión es ir poco a poco, con paciencia, y verá como consigue resultados.
—Vale —asentí—. Supongo que empezaré por lo básico: comida, agua, frío, calor, mamá, Dan, cama, dormir… Y luego seguiré con el resto. Imagino que cada objeto tiene su signo, ¿no? Por ejemplo, la cuchara…
—En ese caso —explicó ella— se usa primero un signo básico, como “palo”, que se hace apretando un dedo recto dentro de la mano. Luego se combina con el signo de la comida. “Palo + comer”= “cuchara”. La palabra “palo” se puede enseñar con los barrotes de la cuna. Le hace tocar el barrote, y luego introduce su dedito en su mano, haciendo el signo. Y así, poco a poco.
Me mordí el labio, impresionada.
—Me parece muy práctico, pero también… muy completo —confesé—. ¿Todos los niños terminan aprendiéndolo?
La terapeuta sonrió, segura.