Dan se había convertido en un alumno aventajado. Con seis años ya manejaba signos táctiles suficientes como para “hablar” su propio idioma, reconocer palabras, distinguir tiempos, incluso empezar a jugar con equivalentes de letras y patrones que, más adelante, podrían llevarlo a sistemas como el Braille. Eso no hacía su vida más fácil, pero la hacía más grande y plena.
Lo que no cambió fue su dependencia. El dichoso síndrome del desamparo seguía tan vivo como el primer día, y, en cierto modo, con razón. Ya se había llevado un par de sustos que le habían enseñado una lección cruel: cuando yo desaparecía, el mundo se volvía un lugar roto e inseguro. Por mucho que le advertía: “Dan, voy al baño; vengo enseguida”, él respondía con un signo breve y contundente: “Mentira”.
Y todo por culpa de la dichosa cuerda.
La cuerda había sido idea mía, una especie de milagro doméstico para que no estuviera siempre pegado a mis piernas. Le ataba una banda a la cintura y yo sujetaba el otro extremo, o me la anudaba a la muñeca. Tenía una longitud suficiente como para que, durante el día, él y yo pudiéramos movernos con cierta independencia. Si dudaba de que yo siguiera cerca, solo tenía que seguir la cuerda hasta encontrarme. O, más habitual, tirar de ella y esperar mi respuesta.
Con el tiempo, convertimos aquella cuerda en un idioma más. Una especie de morse propio, con pequeños tirones y pausas que equivalían a puntos y rayas, a sonidos que él no podía oír: fonemas de nuestro lenguaje táctil. Cada cierto tiempo me mandaba el mensaje básico: “mamá, ¿estás ahí?”. Yo contestaba: “sí, Dan, aquí estoy”, con la combinación de tirones que ya conocía de memoria.
Desde luego, nunca por la noche. De noche, la cuerda se guardaba. Él se despertaba a menudo, y no era plan que me diera tirones constantes y me despertara a mí también. Era mejor seguir durmiendo pegados, uno al lado del otro. Si se sobresaltaba, sentía mi cuerpo, mi calor, mi respiración, y volvía a dormirse. Yo no tenía ese lujo.
La cuerda era especialmente útil en verano. Con el calor pegajoso de Arcadia, tenerlo constantemente colgado de mí era una fuente de calor extra que me empapaba de sudor. Con la cuerda, al menos, podía alejarse unos pasos, sentarse en la sombra, jugar… sin que mi espalda reventara del todo.
Un día fuimos al parque con Lola y sus hijos. Mi amiga ya tenía tres: los dos mayores eran los típicos niños de parque: siempre corriendo, tirándose por el tobogán, cruzando el puente una y otra vez, balanceándose en los columpios como si no existiera el cansancio. El pequeño dormía profundamente en el carricoche. Nosotras estábamos sentadas en un banco, mirando cómo el mundo infantil giraba a nuestro alrededor, con Dan en el suelo, al otro lado de la cuerda, jugando con un coche. Mis hermanos pequeños, Sara y Jairo, se habían unido a la tropa, mezclándose con los hijos de Lola como si fueran un solo grupo desordenado.
—El otro día vi a Leo en el mercado —dijo esta, sin apartar la vista de los niños—. Te acuerdas de él, ¿verdad?
—Claro. No era de nuestra pandilla, pero siempre estaba por ahí. Era vecino tuyo, ¿no?
—Sí, de casa de mis padres. Cuando me casé, perdimos un poco el contacto —hizo una pausa—. Me preguntó por ti. Te ha visto varias veces, siempre sola con Dan, y quiso saber dónde estaba tu marido.
Solté un bufido.
—No me puedo creer que aún haya alguien en Arcadia que no sepa mi historia.
—Seguramente lo sabe —sonrió de medio lado—. Pero creo que quería sonsacarme si estás con alguien.
—¿Puro cotilleo?
—No creo que solo fuera por eso. El hombre sigue soltero, y tú… pues eres caza mayor.
—Yo ahora no soy ni caza menor —repliqué—. ¿Quién se va a arrimar a mí con este mocoso pegado todo el día? Todo el día y toda la noche, claro.
—Claro, pero él no sabe el alcance de la dependencia de tu hijo. Cuando se lo conté, pareció perder interés.
Nos quedamos un rato en silencio, observando a Dan. Tenía delante una pequeña pista circular de plástico con bordes a los lados. Empujaba un cochecito metálico dentro de la misma y, según la fuerza del impulso, este recorría el circuito dando varias vueltas a más o menos velocidad. Dan jugaba a adivinar en qué tramo estaba el coche en un momento dado, interceptándolo con una mano en el lugar exacto. Casi nunca fallaba.
—Es increíble —dijo Lola—. Acierta siempre.
—Ya —respondí, con un orgullo triste—. Las personas como él desarrollan una especie de sexto sentido. Y en su caso, creo que tiene un sexto y un séptimo. A veces pienso que me lee la mente. No hay manera de engañarlo.
Dan, entre lanzamiento y lanzamiento, tiraba de la cuerda cada poco. Pero, para no parecer demasiado pesado —porque sabía que me enfadaba cuando lo hacía muy a menudo—, en lugar del tirón de “mamá, ¿estás ahí?”, ahora pedía cosas: agua, galletas, que le quitara la arena, que le abanicara porque tenía calor. Todo valía, con tal de confirmar que yo seguía al otro extremo.
—Oye, ¿y si le respondo yo en vez de tú? —propuso Lola.
—Lo notaría. Sabría que no soy yo. Es lo que te digo, este niño tiene un radar.
—Pero ¿cómo? —se inclinó hacia la cuerda—. ¿Por la forma de tirar?
—Por el “acento” —expliqué—. La cadencia, la fuerza, el tiempo entre tirones… Incluso la forma de tocarle la mano para hacer los signos. Llevamos toda la vida juntos. Sabe cuándo no soy yo.