La cuerda seguía siendo una bendición y una condena. Me daba libertad, pero también una tentación enorme: aprovechar su existencia para ausentarme unos minutos cuando Dan estaba muy concentrado. En teoría no pasaba nada. En la práctica, cada escapada era una ruleta rusa.
A veces, si lo veía muy entretenido y yo necesitaba ir al baño, pedía a mi madre o a Melissa que se pusieran al otro lado. Les enseñaba los tirones básicos de sus preguntas más habituales, y durante un rato el sistema funcionaba. Pero el “acento” traicionaba siempre la farsa: la cadencia no era la misma, la fuerza del tirón cambiaba, el tiempo entre señales variaba, y él se daba cuenta.
Con el tiempo, dejó de fiarse y el experimento fracasó. Aun así, yo seguía usando la cuerda. Era lo único que me libraba de tenerlo literalmente pagado a mí las veinticuatro horas.
Por aquella época, quizá a causa de esos sustos o de la edad, estaba más inquieto que nunca. Dormía mal, tenía pesadillas frecuentes, se sobresaltaba por cualquier cosa, y eso, inevitablemente, me arrastraba a mí. Mis ojeras parecían dos sombras permanentes bajo los ojos. El estrés, la falta de descanso y la sensación de estar siempre alerta empezaban a pasar factura a mi cuerpo y a mi cabeza.
Una tarde estábamos en la planta de arriba de la casa. Dan estaba sentado en el suelo, muy concentrado con un juguete que había conseguido casi de milagro: un panel con letras de madera y su equivalente en Braille, que él debía reconstruir colocando bolitas en un tablero. Si lo hacía bien, el aparato emitía una vibración continua y suave; si se equivocaba, la vibración era entrecortada y más brusca. Para él, aquello era un juego y un examen al mismo tiempo.
Estaba tan atento, tan metido en la actividad, que pensé que no notaría si me ausentaba un momento para ir al baño. Podría haberlo llevado conmigo, como siempre, pero sabía que protestaría al quitarle del juego, que se resistiría, que acabaríamos en otra lucha agotadora. Y yo ya no podía más. Aquel agotamiento se me había vuelto crónico.
Mi hermana Melissa estaba en su habitación, así que le pedí que me hiciera el favor. Solo sería un momento. Todo consistía en mantener la tensión de la cinta, para que él supiera que alguien estaba al otro lado, teóricamente yo.
—¿Puedes quedarte un momento al otro lado de la cuerda? —le pedí—. Solo tienes que mantener la tensión. Si tira, le respondes como te enseñé. No tardaré nada.
Aceptó de mala gana. De hecho, yo no se lo hubiera pedido si mi madre hubiera estado en casa. Pero se había tenido que ir a los sembrados para ayudar a mis hermanos, que eran quienes ahora llevaban las riendas de nuestra pequeña explotación agrícola.
Estaba chateando con su novio desde el celular, y en el pequeño salón de la planta de arriba la cobertura no era tan buena como junto a la ventana de su cuarto. La telefonía móvil había llegado hacía poco a Arcadia, atraída por la cantidad de gente que ahora se movía entre el pueblo y la ciudad. Otro efecto de la “apertura”: más antenas, más pantallas, más distracciones.
Yo me fui al baño. Melissa se quedó con la cuerda, o eso creía.
Al poco, harta de la mala señal, se levantó, volvió junto a la ventana de su dormitorio y, sin pensarlo demasiado, ató la cuerda a uno de los barrotes de la barandilla del rellano. La cuerda quedó tensa, inmóvil, falsa. Ella se sumergió de nuevo en sus mensajes, sin fijarse en nada más.
Dan, mientras tanto, siguió jugando. Pero pasado un rato, tiró de la cuerda. Nadie respondió y volvió a tirar. Nada. La tercera vez se levantó. Siguió la cuerda con las manos, paso a paso, esperando encontrar mis piernas, mi falda, mi olor. En lugar de eso, encontró un nudo frío atado a la barandilla. No había nadie. Ni cuerpo, ni manos, ni respiración. Solo la cuerda muerta.
Entró en pánico. Comenzó a correr desbocado por todo aquel espacio, buscándome, y antes de que Melissa pudiera echarle mano, la cuerda se soltó y Dan se precipitó por las escaleras. Cayó por los peldaños, todo su cuerpo rodando sin control, golpeando esquina tras esquina, escalón tras escalón, hasta llegar a la planta de abajo, convertido en una masa de golpes, miedo y silencio.