Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Un encuentro inesperado

Los inspectores de Sanidad habían clausurado gran parte de las especialidades del hospital de Arcadia. Al parecer, la mayoría de los médicos habían venido del extranjero y sus titulaciones no estaban homologadas. No me quedó más remedio que llevar a Dan al hospital de la ciudad.

El trayecto hacia allí fue un verdadero suplicio, no solo para él, sino también para mí. El chico no paraba de gritar y de chillar, y ni siquiera mi proximidad le suponía un alivio. Así que en cuanto llegamos le sedaron. “Por lo menos hasta que se estabilicen las fracturas”, me dijeron.

Y eso me permitió hacer algo que llevaba mucho tiempo sin experimentar: estar sola en una cafetería.

No me fui muy lejos. Era un pequeño establecimiento a la vuelta del hospital que me encontré por casualidad. Un lugar discreto, no demasiado concurrido, que me permitió disfrutar de unos momentos exquisitos de tranquilidad y relax.

Me senté en una mesa al lado del ventanal que daba a la calle y observé el devenir de la gente y los coches que pasaban por la carretera. Intenté no pensar en Dan, ni en la vida de esclava que llevaba, ni en nada que no fuera estar allí, yo sola, tranquilamente, saboreando el presente.

Mientras miraba a través del cristal removiendo el café con la cucharilla, me pareció ver un rostro conocido que se me quedó mirando por unos instantes antes de continuar su camino. Desapareció de mi ángulo de visión, y tras unos segundos apareció de nuevo.

Era Gab. Me había costado reconocerlo porque, ciertamente, parecía otro. Ya no era el “niño” que yo conocí. Ahora, aquel flequillo tan ñoño había desaparecido y se habían acentuado las líneas de expresión. Llevaba el pelo corto peinado hacia atrás y había desarrollado cierta musculatura. Ya no era el esmirriado aquel tan tímido, sino un hombre hecho y derecho, bronceado, esculpido por la vida militar.

Me observaba a través del cristal con una mirada de que era una mezcla de sorpresa y de determinación. En la marina ciertamente, se había hecho un hombre. Yo diría que incluso había crecido y se mostraba maduro y resuelto, y no dudó en entrar en la cafetería para saludarme.

En cierto modo, era lógico que no me hubiera reconocido de primeras. Yo también había cambiado. Ya no era aquella chica explosiva de años atrás. Por el contrario, había adelgazado hasta el punto de quedarme casi en los huesos, y mi pecho apenas era una sombra de lo que fue. A pesar de tener solo 26 años, algunas canas ya asomaban por mi pelo hirsuto, y las ojeras me llegaban hasta los pies.

—¡Liz! ¡Qué alegría verte de nuevo! —Me levanté y nos dimos la mano. Ahora que lo veía de cerca, corroboré lo que había visto en la ventana. Debe ser cierto eso de que los hombres no terminan de crecer hasta los 25 años, pues ahora era él más alto que yo.

—¿Puedo…?

—Sí, siéntate —repuse, señalándole la silla que estaba enfrente de mí. Enseguida llegó el camarero y Gab se pidió otro café.

—-¡Chica! Me costó reconocerte… ¡Qué alegría volver a verte!

Yo intenté sonreír y ciertamente que me costó hacerlo. Noté cómo los músculos de la cara se me resistían, como si no estuvieran acostumbrados a ese gesto. Mi antiguo amigo se quedó callado, pues quien es tímido lo es siempre, pero se notaba claramente, en el brillo de sus ojos y en la forma en que apretaba la taza entre las manos, que estaba muy contento de estar sentado allí conmigo.

—Fuiste a la academia militar, ¿verdad? —pregunté, para romper el hielo.

—Sí. Ya soy oficial de la marina.

—Vaya, y ¿qué tal? ¿Estás contento?

—Sí. Me gusta la vida militar.

—Y, ¿estás en san Diego, o…?

—No. Nada más graduarme me enviaron a Japón, y allí estuve casi un año. Luego unos meses en Rota, en España, y ahora llevo ya un tiempo en Filipinas. De momento voy a estar allí una temporada.

Mientras hablaba, sus dedos dibujaban un recorrido distraído por el borde del platillo, como si repasara mentalmente cada destino al pronunciarlo.

—¡Vaya! Sí que viajas y ves mundo. No como yo…

—Eso es verdad. Y ahora es la primera vez que vengo, después de mucho tiempo. Voy a pasar las Navidades con mis padres. A ver cómo lo encuentro todo.

—¿Habéis hecho las paces?

—Sí. Son mis padres, al fin y al cabo.

—Claro. En fin, cómo te envidio.

—¿Por qué?

—Por eso, porque viajas mucho. ¡Ya quisiera yo…!

Di un sorbo a la taza de café. El líquido estaba templado, pero el calor de la porcelana entre mis manos me ancló un poco al presente antes de que él me devolviera la pregunta.

—Y tú, ¿qué tal? Sigues con Ron, supongo. ¿No hacéis viajes, o qué?

—¡Ah! Que no lo sabes…

—No sé qué tengo que saber, Liz.

—En Arcadia los chismes corren rápido. Al fin y al cabo, es como un pueblo.

—Bueno, ya sabes que yo siempre era el último en enterarme de las cosas.

Sonrió de forma tímida, bajando un instante la mirada hacia sus propias manos. Era verdad eso que había dicho. Además, después de todo lo que pasó cuando se fue, estaba claro que quiso romper con todo lo anterior y casi también con su familia. Aquella sonrisa, sin embargo, tenía ahora un matiz distinto, más sereno, menos adolescente.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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