Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Epílogo 1: Nueva Arcadia

El invierno estaba siendo demasiado duro en el Estado de Montana. La nieve llevaba ya varias semanas sobre la explanada del inmenso patio que se ubicaba frente al colegio, pero las gargantas de aquellos escolares cantaban el himno de la ciudad como si fueran una sola voz.

Estaban en formación militar, conformando una escuadra de filas y columnas perfectas, tan solo interrumpida por un espacio de diez metros que separaba al grupo de los chicos del de las chicas.

Era una separación necesaria. No podía permitirse que el muchacho de detrás mirase cualquier detalle de una hipotética muchacha que tuviera delante, y que pudiera suscitarse un deseo ilícito.

Desde el ventanal del Directorio, al otro lado de la plaza, en la parte opuesta al colegio, dos figuras observaban la alineación perfecta de los escolares. Contemplaban su simetría, que estaba acentuada por la uniformidad.

En efecto, todos los chicos llevaban pantalón corto de color gris, zapatos con calcetines negros y camisa naranja, mientras las chicas vestían exactamente igual, excepto que en lugar de un pantalón vestían una falda que les ocultaba las rodillas.

—Tendríamos que abrigar más a esos muchachos —musitó el hombre, mientras contemplaba el vaho que salía de las bocas de todos ellos al cantar.

La hija tardó unos segundos en responder, y cuando lo hizo fue de forma incisiva:

—No, papá. Sus uniformes son de lana, y de la mejor calidad. Además, los calcetines les llegan hasta las rodillas. No tienen ninguna parte de su piel al descubierto.

—Ya, pero…

—Que no —interrumpió, cortante, sin dejar de mirar a la formación—. Yo también visto de la misma manera y no me quejo. Además, el frío atempera los espíritus y curte los cuerpos. Los hijos de Nueva Arcadia tienen que ser hombres y mujeres rectos y recios, que puedan con todo el día de mañana. Si tienen frío, que se vayan a Texas, a la vieja Arcadia.

—Muchos vienen de allí, Clara.

—Ya lo sé —replicó, con cierta aspereza.

Abajo, el director del colegio estaba terminando de dirigir el coro de insignes escolares, mientras sonaban los últimos compases del himno. Ya faltaba poco para que todos ellos entraran en las clases, y la joven vicepresidenta se dirigió a Bennett:

—Papá, deberíamos de impedir que esos niños formasen juntos. Me refiero, los chicos con las chicas.

La mujer miró a su padre para comprobar su reacción. A sus veinte años recién cumplidos, era una persona sumamente astuta y extremadamente inteligente a quien no se le pasaba ningún detalle. Su extrema palidez contrastaba con la negrura de sus cabellos, que solían colgar hirsutos y lacios sobre sus hombros formando una melena corta. Por otra parte, su excesiva delgadez le daba un aspecto casi fantasmagórico, que se acentuaba en la penumbra del amanecer.

Esa mañana se había recogido el cabello, lo que acrecentaba su frialdad, mientras sus incisivos ojos de color azul traslúcido escrutaban al hombre para detectar cualquier inflexión de su cara y así poder leer sus pensamientos.

El padre apenas pestañeó mientras observaba como, tras finalizar el cántico, los niños comenzaban a entrar en el colegio fila a fila para dirigirse a sus respectivas aulas.

—No están juntos, Clara. Mantienen formaciones separadas y diferenciadas por género.

—Se miran de reojo, papá. Sienten curiosidad. Y que estén en aulas aparte no es suficiente.

—Hija —se volvió y la miró, con ojos cansados, los ojos de un hombre que ya pasaba de los setenta años—. Esa será una de las medidas que podrás adoptar tú cuando accedas a la presidencia. Cuando yo ya no esté.

La mujer sonrió de forma pausada. Una sonrisa calculada, mitad compasiva, mitad de ternura, y con una pizca de malicia.

—Papá, tú no te vas a morir nunca. Ya me encargaré yo de eso. El jefe del Laboratorio cree que ya está cerca de terminar con éxito un tratamiento para alargar… bueno, para conseguir el elixir de la inmortalidad.

—¿De la inmortalidad?

—Sí —afirmó, con aplomo, incluyendo un asentimiento brusco con la cabeza. Su blusa perfectamente planchada de color gris y naranja pareció asentir a la vez que ella—. Podrás vivir doscientos años… como mínimo.

Clara y Bennett

Robert Bennett hizo una mueca y volvió a mirar al patio, donde ahora estaban entrando las chicas. Ellas tenían que ser siempre las últimas en hacerlo, pues los varones no debían observar cómo se movían o se contoneaban, o cómo elevaban las piernas para subir por las escaleras.

“Sí”, se dijo. “Deberíamos hacer que entraran por detrás, o que ocupasen otro módulo separado para que unos y otras no se vieran en absoluto”.

—El curso que viene lo implantas así —la hija parecía leerle el pensamiento—. ¿De acuerdo?

Bennett asintió levemente, con un gesto suave. Sabía perfectamente que era una marioneta en manos de aquella joven, que, a pesar de todo, era su hija.

Solo por aquella niña había abandonado a su familia en Arcadia, y, antes de que lo despidieran, ya pasaba la mayor parte de su tiempo fuera, en la ciudad, con su concubina, que era la madre de Clara. Una mujer que había muerto en extrañas circunstancias tiempo atrás, siendo el rumor más aceptado, que la había asesinado aquella muchacha tan astuta. Se decía que la chica padecía el complejo de Electra, exacerbado hasta la adolescencia y más allá.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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