Había salido de la cárcel esa misma tarde, y ya se había gastado el estipendio que le concedían las autoridades para pasar los primeros días en libertad hasta que encontrara trabajo. Le debía el dinero a un mafioso local que le había garantizado protección durante aquellas semanas.
Fue una decisión difícil, pues él hubiera preferido gastarse ese dinero en mujeres o en hacer acopio de unas cuantas botellas del mejor whisky. Después se tendría que haber largado a otra ciudad, lógicamente, pues allí no se podría haber quedado sin pagar.
De hecho, eso mismo hizo en otras ocasiones, pero salió mal. O le acabaron encontrando, o no se acostumbró a otros lugares donde ya había gente establecida marcando el territorio. Por eso prefirió pagar y ahorrarse esfuerzos y problemas. Ya no tenía edad como para iniciar nuevas aventuras.
Así las cosas, sin dinero, sin casa, sin nada, lo primero que hizo fue intentar pasar la noche en un albergue donde era poco conocido, pues en los habituales ya estaba vetado. Sin embargo, allí se encontró con otra decepción. El lugar ya no era regentado por aquella organización católica —que dejaba entrar a todo el mundo—, y ahora había derecho de admisión.
Salió de muy malos modos de allí, y tras dirigir todo tipo de improperios a sus responsables, se subió la solapa de aquel andrajoso abrigo, se puso el gorro mugriento de lana vieja que lo acompañaba a todas partes, y comenzó a deambular por las calles con las manos en los bolsillos. El aire helado olía a gasóleo y a podredumbre, y el viento que bajaba desde los rascacielos silbaba entre los contenedores como un lamento metálico.

Se puso a rebuscar entre ellos, buscando alguna botella con restos de licor en su interior. La mayoría de los restaurantes ya habían cerrado, y tenían que haber sacado sus desperdicios a la calle. Sin embargo, no encontró nada. Se había retrasado más de la cuenta con el mafioso, y otros pordioseros se le habían adelantado.
El frío húmedo de la gran ciudad le entraba hasta los huesos, y se dirigió hacia los muelles, donde, entre los callejones, esperaba encontrar alguna de sus pertenencias.
Por el camino, pasó frente a comercios cerrados cuyas persianas reflejaban las luces anaranjadas de las farolas. En el interior de un garito de cenas baratas que no cerraba en toda la noche, una pareja reía frente a dos cafés humeantes conformando una escena que le pareció irreal, casi ofensiva.
Por fin llegó a los muelles. En alguna de sus callejuelas no se atrevía a entrar ni siquiera él. Pasó de largo por las más peligrosas, donde pudo escuchar los rumores de cruentas peleas, e incluso algún que otro disparo perdido. Los gatos se deslizaban por los contenedores, husmeando entre bolsas rotas, mientras el olor a pescado podrido se mezclaba con el del aceite estancado.
Intentó apresurarse con el fin de llegar a una zona más tranquila —dígase esto con muchas reservas—, y entró en el callejón que solía frecuentar antes de que lo detuvieran. Miró en el lugar donde había dejado su carrito, y como era de esperar, ya no estaba allí. Le arrestaron antes de que hubiera podido ocultarlo como es debido, como ya había hecho otras veces cuando había dispuesto de más tiempo.
Sin manta con la que arroparse, ni siquiera cartones —con la lluvia de las últimas horas estaban todos mojados—, no podía echarse a dormir en cualquier sitio, pues el frío le haría imposible conciliar el sueño. Es más, estaba tiritando y temblando como una hoja, y necesitaba encontrar cuanto antes una fuente de calor.
Y no tardó en hallarla. En uno de los callejones había tres tipos que se calentaban frente a un bidón lleno de ardientes trozos de pallets. Tres sombras que apenas lo miraron ni le dirigieron palabra alguna cuando se colocó a su lado y extendió las manos hacia la hoguera.
Sin embargo, el confort le duró bien poco. A los pocos minutos apareció un negro grande, que, saliendo de un recodo, le espetó:
—¡Eh, tú! ¡Lárgate! No quiero a inmigrantes en mi callejón.
Al parecer, el hombre se había ausentado para orinar, y comprobó airado cómo alguien había ocupado su sitio junto al bidón.
Nuestro vagabundo le miró con indiferencia y siguió calentándose, arrimándose si cabe un poco más. Aunque hablaba perfectamente inglés sin ningún acento, a menudo se hacía pasar por inmigrante para así obtener favores de algunas organizaciones caritativas.
—¿Es que no me has oído? —insistió, amenazante—. ¡Lárgate de una vez!
Se aguantaron la mirada durante unos segundos. El vagabundo no le tenía miedo a aquel bravucón, pues se había peleado con él otras veces y había conseguido ganarle. Él era tan grande como el otro, y se sabía defender, fruto de haber sobrevivido durante mucho tiempo en aquel ambiente tan hostil.
Sin embargo, el golpe vino de quien menos se lo esperaba. El tipo de su izquierda sacó algo sólido del bolsillo y le golpeó con ello en la boca, produciéndole de inmediato un dolor intenso y punzante.
Entonces sí, el negro se abalanzó sobre él, y tras una intensa refriega, consiguió expulsarle del callejón, sin que los otros se movieran ni prácticamente miraran. Nuestro hombre salió de allí entre jadeos, cojeando, agachado, y con la mano sobre la boca para intentar contener el dolor que tenía en la mandíbula.
Avanzó hacia uno de los callejones donde había estado antes —uno que estaba desierto—, y se sentó en una escalera mojada sobre la que puso una bolsa de plástico raída para que la humedad no le traspasara el pantalón.