Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Epílogo 3: La Asociación

El pabellón estaba lleno de asistentes que esperaban la presentación del informe anual de la Asociación Nacional de Personas Sordociegas. Esta vez se había reunido más gente que nunca, e incluso la prensa estaba citada para conocer el último adelanto en implantes cerebrales para solucionar de una vez por todas el problema de la falta de visión y de audición. Se decía que el presidente iba a anunciar la creación de un prototipo viable que ya se había fabricado y probado con éxito.

—Señoras y señores —una mujer se dirigió al público desde el estrado—. La Asociación Nacional de Personas Sordociegas tiene el honor de darles la bienvenida a nuestra asamblea anual de socios. Como todos los años, comenzaremos con el discurso de apertura que correrá a cargo de nuestro presidente, quien tomará la palabra a continuación.

La multitud se puso en pie y un hombre de mediana edad con los ojos entreabiertos apareció en el estrado saliendo desde atrás con paso decidido. Se colocó frente al atril y comenzó a recitar con voz firme el discurso que tenía escrito.

La Asociación

—Como suele ser habitual, comenzaré por los agradecimientos. Sí, ya sé que me lo oyen decir todos los años, pero es que me gusta hacerlo y si por mí fuera, no me cansaría nunca de repetirlo —se aclaró la garganta y luego siguió—: En primer lugar, agradecer a mi madre, Liz Pacwa, que está entre el público, y a quien doy las gracias todos los días por haberme traído al mundo en una situación muy precaria y difícil. De no haber sido por su amor, por su pasión por la vida, por su tesón, su entrega, su empeño, su dedicación y su trabajo sin descanso, yo no estaría aquí ni podría haber ayudado a tanta gente necesitada. Unas personas que todo se lo deben a esa mujer tan formidable. No hay palabras para describir lo que ella ha hecho por todos nosotros, antes y ahora.

Se produjeron aplausos que fueron poco a poco silenciados por el orador. Al parecer, el hombre llevaba un implante cerebral que le permitía oír. Mientras el público aplaudía, el presidente se dirigió hacia la persona en cuestión usando la lengua de signos: Dan y Liz, Liz y Dan; madre e hijo unidos para siempre.

—Y en segundo lugar, a mi padre, el capitán Gabriel Peman, que también está entre el público junto a mi madre. A él le debo el haberla ayudado y apoyado en todo momento. Siempre le agradeceré su cariño, su entrega y su trabajo infatigable, no solo para cuidar de mí cuando era niño, sino también por hacer que esta Asociación Nacional sea lo que es hoy en día. Sé que ahora mismo están los dos con lágrimas en los ojos... ¡pero no pueden gastarlas todas! ¡Se tienen que reservar algunas para el año que viene!

Aplausos y risas de afecto entre el público.

—Y no puedo olvidarme también de mi esposa, de mis hermanos y hermanas, quienes también han contribuido en mayor o menor medida al éxito de esta organización.

Aplausos.

—En fin, no quiero aburrirles con mis palabras, y voy a ir al grano:

»Han sido muchos años de esfuerzo y dedicación, en los que esta Asociación se ha volcado. Se han invertido muchos recursos, que comenzaron a plasmarse en tiempos de mi predecesor, el anterior presidente. Y poco a poco hemos ido viendo la luz. Sí, la luz —se detuvo, y alzó la cabeza—. No es una metáfora.

El hombre levantó la vista del atril y actuó como si estuviera viendo a los congregados. Sus ojos entreabiertos parecieron recorrer la sala, y se produjeron murmullos de expectación entre el público.

—Porque efectivamente, como ya les han informado, el prototipo existe y es viable.

De nuevo murmullos, en un tono más elevado.

—Si hace poco conseguimos el importante avance de erradicar la sordera mediante la concentración y reproducción de ondas sonoras en el espacio cerebral correspondiente al lóbulo temporal, ahora hemos conseguido hacer lo propio con las partículas visuales, esto es, con los fotones de luz.

Los murmullos ahora fueron todo un clamor.

—No quiero aburrirles con los detalles técnicos, los cuales pueden encontrar en la página web de nuestra Asociación. Tan solo quiero decirles que este discurso que estoy leyendo no está escrito en Braille como solía ser habitual, sino con tinta plana simplemente; el tipo de tinta que puede leer todo el mundo.

Murmullos de sorpresa en tono elevado entre el público, mezclados con admiración y una pizca de incredulidad. El orador hubo de subir la voz para seguir hablando.

»¡Y todo esto ha sido gracias a Liz Pacwa! —exclamó— ¡Por su amor a la vida...! Sin ella, nada de esto hubiera sido posible.

Fuertes aplausos y vítores, con el público vuelto hacia la mujer en cuestión. Una vez se hubieran aplacado, vino la sorpresa final:

—Y ahora, me gustaría que ella dijera algunas palabras.

La madre se ruborizó, y comenzó a decir que no, incluso moviendo las manos y los brazos, pues no quería en absoluto restar protagonismo a su hijo.

Y al final se salió con la suya, pues no se consiguió que saliera al estrado. Sin embargo, una azafata le acercó un micrófono y, después de muchos ruegos, su marido consiguió que dijera algo.

—Está bien —se aclaró la garganta—. A diferencia de Dan, a mí no se me dan bien los discursos. Agradezco sus agradecimientos, valga la redundancia, y quisiera agradecer, yo también, a todos los que han apoyado a la Asociación, probablemente sin saberlo. No quiero olvidarme del doctor Peter Halley, del padre David y de Hortensia García, quienes ya han fallecido. Los tres fueron una ayuda muy necesaria para mí en momentos muy duros —una lágrima salió de nuevo de sus ojos brillantes—. Doy infinitas gracias a Dios, a quién tanto rogué, por haber puesto en mi camino a esas personas tan maravillosas. Estoy segura de que Él habrá premiado, y con creces, su gran generosidad.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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