LIMA, PERÚ,
AVENIDA ABANCAY,
10 de la Mañana
Amanecía.
La luz del sol sobresalia en la ciudad de Lima, con esa extraña mezcla de cosas nuevas y caminos distintos; el sol de verano hacía que cualquiera buscara un poco de sombra para ocultarse en ella.
A esa hora de la mañana, la avenida Abancay conservaba su particular mezcla de prisa y resignación, aquella sustancia que parecía haber sobrevivido a todas las épocas de la ciudad: buses pegados unos contra otros bajo con semáforos inteligentes dando orden a los peatones; vendedores ocupando sus mismos metros de vereda con precisión adquirida durante años; empleados públicos cruzando entre grupos de estudiantes; repartidores sorteando peatones con motocicletas silenciosas; pantallas publicitarias adheridas a fachadas antiguas, algunas tan nuevas que parecían haber sido incrustadas a la fuerza sobre edificios que llevaban más de un siglo contemplando el tránsito. Brayan Arismendiz Mendoza caminaba entre todo aquello sin llamar demasiado la atención, con el teléfono sostenido en una mano y la mochila colgada sobre un hombro; miraba la pantalla cada pocos pasos que daba, porque había empezado una conversación que no era importante y, precisamente por eso, exigía más respuestas de las que habría querido darle. No tenía prisa suficiente para correr ni tiempo suficiente para detenerse; aquella franja incómoda de la mañana le convenía, porque podía avanzar observando escaparates, personas, placas antiguas, cables, anuncios y rostros sin que nadie esperara demasiado de él. Brayan nunca había sido el tioo que entra a una habitación como si le perteneciera; tampoco tenía interés en aprender: escuchaba antes de hablar, respondía cuando encontraba algo que valiera la pena responder, soportaba con una paciencia casi sospechosa a quienes confundían reserva con timidez o tranquilidad con incapacidad para defenderse. Sus amigos habían elaborado distintas teorías al respecto, casi todas destinadas a fastidiarlo: que si era demasiado sano, que si nunca la ponía, que si no tomaba lo suficiente, que si jamás participaba en alguna joda con los chicos de la clase, que si parecía incapaz de hacer una estupidez memorable, hacer reír a los compañeros del colegio.
Él, por su parte, se encogía de hombros., y decía:
"Ah, pues prefiero ser un sanito que un enfermito" — y levantaba las cejas con ese gesto que molestaba más a quien esperaba verlo ofendido, o picón en todo caso.
Lo curioso era que lo decía en serio.
Y esque en Lima, y de hecho en toda Latinoamérica, siempre había un grupito de personas que necesitaban ser vistas haciendo Bullying verbal, para comprobar que existían, y más aún, para llamar la atencion; pero Brayan no era asi. Podía pasar una tarde entera escuchando una conversación sin disputar el centro de ella; podía dejar que alguien exagerara una historia sin interrumpir para demostrar que conocía mejor los hechos; podía incluso retirarse de una discusión cuando comprendía que el otro no quería entender nada. Algunos confundían aquello con mansedumbre hasta que descubrían, generalmente demasiado tarde, que una cosa era no buscar problemas y otra muy distinta dejarse arrastrar por ellos. En aquel momento, sin embargo, ninguna de esas virtudes tenía importancia: Brayan estaba tratando de decidir si responder con un «ya» a un mensaje que probablemente merecía algo más elaborado. A unos pocos metros de distancia, una muchacha había extendido el estabilizador de su celular de mano frente a su rostro y hablaba hacia la cámara de su teléfono con la naturalidad de quienes pueden convertir cualquier espera, cualquier calle y cualquier minuto inútil en contenido.
—Hola gente, estoy aquí en Abancay y miren cómo está esto a esta hora —comentó mientras giraba el aparato para mostrar la avenida; retrocedió un paso, evitó a un hombre que cargaba una caja, volvió a encuadrarse—. Si llego tarde otra vez, no fue mi culpa. Queda registrado, los quiero.
Brayan la escuchó sin tomarle mucha importancia; el, por su parte, había leído tres veces el mismo mensaje, había escrito una respuesta, la había borrado y estaba empezando otra cuando la muchacha dejó de hablar. No fue un silencio grande; apenas una interrupción. Algo cambió.
La joven mantuvo el teléfono levantado, pero sus ojos ya no miraban la pantalla.
—Oye... Pero que es ...—murmuró la chica, cuyo nombre desconocía.
Brayan avanzó dos pasos, la miró primero a ella. observando
—¿Qué es eso? — inquirió la chica, a todas luces extrañada.
Brayan, por su parte, levantó apenas la vista, más por la modificación del tono que por las palabras. Delante de él, estaba una mujer que se había detenido junto al borde de la vereda y sostenía una bolsa de compras contra el pecho; un repartidor había bajado un pie de su vehículo sin apagarlo; dos muchachos que caminaban en dirección contraria y miraban por encima de los edificios. Ninguno parecía alarmado todavía, pero algo les había llamado a todo su atención.
Después otras personas comenzaron a detenerse.
La alteración se extendió por la avenida, con la rapidez extraña de las cosas que nadie comprende pero todos detectan al mismo tiempo: algunos frenaron porque quienes caminaban delante habían dejado de avanzar; otros siguieron las miradas ajenas; un conductor tocó la bocina durante varios segundos y terminó asomando la cabeza por la ventanilla; un policía levantó la mano para ordenar que despejaran el paso y acabó mirando exactamente hacia donde miraban los demás.
Brayan, por su parte, guardó el mensaje sin enviarlo.
Alzó la cabeza.
Entre los edificios, sobre la masa gris blanquecina que acostumbraba cubrir Lima durante buena parte del año, había aparecido una luminosidad. No parecía proceder del sol. Tampoco tenía la forma de una nube. Al principio era apenas una franja verde azulada suspendida detrás del techo de nubes; una claridad difusa, semejante al reflejo de una lámpara enorme sobre una superficie que no podía verse desde el suelo. Brayan pensó en alguna clase de fenómeno atmosférico antes de preguntarse por qué aquel razonamiento le resultaba insuficiente: había visto halos solares, cielos teñidos por contaminación, refracciones, esas fotografías de auroras que la gente compartía cada vez que aparecía la posibilidad absurda de observarlas en latitudes donde no correspondían. Pero aquello no se comportaba como ninguna de esas cosas. La franja no se desplazaba con las nubes.