Ciudad de Neon y Cristal.

Capítulo 1: Skador-67

Ardim Salusah,
Subsector Armeah,
Calle Skador-67,

Lo primero que Brayan sintió fue el frío de una superficie que no recordaba haber tocado. No abrió los ojos de inmediato; mantuvo la mejilla apoyada contra algo duro, liso y húmedo mientras intentaba ordenar lo último que conservaba de Lima: el recuerdo de la avenida Abancay detenida bajo aquella luminosidad verde azulada, cientos de personas con los celulares levantados ante algo incomprensible, una muchacha grabándose para redes sociales, las bocinas, la línea blanca atravesando la pantalla de su teléfono y aquella sensación imposible de que el pavimento había dejado de existir debajo de sus zapatillas. Después vino la caída —la que su memoria se negaba a convertir en imagen completa— había visto descender aquello sobre la avenida, se vio a sí mismo tratando de correr torpemente, intentando gritar; vio luces alargándose alrededor de su cuerpo, y durante unos segundos no supo dónde estaba el arriba o el abajo, cuándo el sentido de lo próximo y lo lejano se le desdoblaron bajo el peso de esa cosa. Ahora tenía el brazo izquierdo doblado bajo el pecho, la mochila seguía colgada de un hombro y algo vibraba a intervalos regulares muy cerca de su cabeza: el sonido se parecía al de un transformador eléctrico, aunque demasiado grave para proceder de uno, y cada pulsación recorría el suelo hasta alcanzarle los dientes.

Se levantó, una luz violeta parpadeaba a pocos centímetros de su rostro

—¡Pero que..! — Exclamó, sacudiéndose la cabeza, y sintiendo un vértigo extraño, como si le hubieran removido algo en su interior. La sensación era semejante, a estar con resaca, solo que la diferencia, era que cada sonido le causaba un dolor tremendo.

La luz qué tanto le molestaba, pertenecía a una franja incrustada en el suelo; corría bajo una superficie negra semejante al vidrio que desaparecía debajo de una estructura metálica y volvía a surgir varios metros más adelante, formando caracteres que Brayan no podía leer. Permaneció sentado unos segundos con una mano apoyada detrás del cuerpo, esperando que regresara el mareo; tenía las rodillas sucias, le dolía el hombro derecho y sentía la garganta reseca, pero nada parecía roto. Se palpó el pecho, el abdomen y las piernas; después movió los dedos, comprobó que podía doblar los tobillos y soltó el aire que había estado reteniendo sin advertirlo. El teléfono continuaba dentro de su mano derecha.

Eso lo tranquilizó más de lo razonable.

—Ya Brayan... ya, tranquilo ... Ya paso... Ya paso,—murmuró, mientras examinaba el aparato.

La pantalla de su celular tenía una grieta nueva en la esquina superior, una línea fina que descendía unos centímetros sobre el vidrio; aun así, respondió cuando presionó el botón lateral. Aún tenía batería. La hora seguía apareciendo. No tenía señal.

Brayan miró alrededor.

La calle, no tenía nada de la Lima que conocía.

Durante los primeros segundos trató de explicárse a si mismo, que quizá estaba en algún sector de Lima que desconocía; quizá estaba en algún centro industrial, una zona privada, una estación subterránea, un lugar al que había llegado después de perder el conocimiento y del que todavía no reconocía la arquitectura. La explicación resistió menos de medio minuto, hasta que observó un nombre que se le hizo extraño. Skador-67 —aunque él todavía ignoraba aquel nombre—, este último, discurría entre edificios tan altos que sus partes superiores quedaban ocultas detrás de puentes, conductos y plataformas suspendidas; las fachadas estaban cubiertas por paneles que cambiaban de color según pasaban los peatones, grandes anuncios tridimensionales flotaban sin soporte visible sobre la vía y una maraña de pasarelas cruzaba a diferentes alturas, algunas destinadas a personas, otras a vehículos que se movían sin tocar el suelo. No había una línea clara donde terminara una construcción y empezara otra: columnas gruesas desaparecían dentro de torres vecinas, viviendas pequeñas parecían pegadas a estructuras mucho mayores y, bajo ellas, tiendas estrechas ocupaban espacios que Brayan habría confundido con cuartos de máquinas de no ser por la gente entrando y saliendo.

Se puso de pie.

Una mujer pasó frente a él.

Brayan la siguió con la mirada, un tanto extrañado, pensando que faltaba mucho para Halloween.

Pues la mujer tenía el lado izquierdo del rostro cubierto por una lámina translúcida bajo la cual se movían pequeños mecanismos; donde debía encontrarse la oreja llevaba una pieza negra rodeada por luces amarillas, y desde la nuca descendía un conducto flexible que entraba por debajo de su chaqueta. Caminó junto a Brayan sin prestarle atención. Detrás de ella avanzaba un hombre de más de dos metros cuya pierna derecha producía un sonido seco cada vez que tocaba el suelo; no era una prótesis escondida bajo la ropa, sino una estructura de metal desnudo articulada desde la cadera, construida con placas, pistones diminutos y cables que se contraían como tendones.

Brayan, por su lado, se quedó mirándolo más tiempo de lo debido.

El hombre se volvió.

Tenía cuatro pequeñas lentes negras alrededor del ojo derecho.

Y él, por su parte, apartó la mirada.

—Ya... —susurró para sí—. Ya.... Mejor no mires

Aquel segundo «ya» no significaba nada; le había salido porque necesitaba pronunciar alguna palabra conocida, aunque sea en voz baja para ver si almenos despertaba de aquel sueño.

Sacó su celular otra vez y abrió los contactos. Observo la parte de las barras de las señal, pero no encontró ninguna cobertura. Intentó una llamada de emergencia; pero el aparato tardó varios segundos antes de mostrar que no encontraba una red compatible. Activó la búsqueda inalámbrica y observó aparecer decenas de señales cuyos nombres estaban compuestos por caracteres que el sistema no podía interpretar: cuadros vacíos, símbolos deformados, cadenas que parecían números mezclados con signos matemáticos. Algunas redes desaparecían antes de que pudiera tocarlas; otras provocaban que el teléfono se calentara durante un instante.




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