Clan Dracul: amor prohibido - Libro 1

Capítulo 2

Paul

Aprovechando que mis sobrinas estaban distraídas por el impacto de la misión y la lectura de las carpetas, me escabullí discretamente. Mi destino era el despacho de Drácula, el único lugar en el castillo donde podía tener un momento de privacidad garantizada. Cerré la puerta con el seguro, un simple gesto de metal, pero necesario para evitar interrupciones. Saqué mi celular del bolsillo del saco y abrí la aplicación para hacer una videollamada por WhatsApp a mis protegidos en Londres.

La pantalla se encendió, y los cinco chicos aparecieron de inmediato, sus rostros juveniles llenos de una mezcla de aburrimiento y curiosidad.

—Hola, Paul —me saludaron alegremente, sus voces resonando en el silencio del despacho.

—Hola, chicos —respondí, con un suspiro apenas audible. Sabía que la noticia que iba a darles no les iba a gustar, no por el hecho de tener escoltas, sino por quiénes eran.

—Les quiero comunicar que en dos días tendrán a sus guardaespaldas —anuncié—. Estarán con ustedes día y noche, protegiéndolos, como les dije antes de venir a Rumania.

—¿Y quiénes son? —Preguntó Nicolás, con esa curiosidad aguda que siempre me hacía sonreír.

Me enderecé, sintiendo una punzada de orgullo y una de ansiedad.

—Son cinco hermosas chicas que saben mucho sobre seguridad. Son más que capaces. No dejarán que nada malo les pase —les dije con convicción—. Son mis sobrinas.

Un silencio se apoderó de la videollamada. Zack fue el primero en romperlo. Su tono de voz era de sorpresa teñida de desconfianza.

—¿Estás hablando en serio?

—Siempre hablo en serio, y lo saben muy bien —respondí, manteniendo mi expresión seria, sin permitir que la duda se colara.

—¿Por qué tienen que ser mujeres? Ellas son débiles —insistió Zack, su tono despectivo me irritó. A pesar de su juventud, ya tenía la arrogancia de muchos hombres de su edad.

—No subestimemos a las mujeres —intervino Lalo, el único que parecía tener algo de sensatez en el grupo—. Ellas pueden ser más fuertes que nosotros los hombres.

—Lo dudo —espetó Henry, entre dientes, su rostro un reflejo de escepticismo petulante. Él, más que ninguno, odiaba que le dijeran qué hacer.

—Ellas son más fuertes de lo que piensan, créanme —les aseguré, levantando una ceja—. Al conocerlas, sé que cambiarán de opinión.

—Veremos qué tal son —continuó Henry con su arrogancia intacta—. Si no cumplen nuestras expectativas, las despides.

—Como digan. Nos vemos en dos días. Y cuidado con el desorden —les advertí, ya conociendo sus travesuras.

—No te preocupes, Paul. Nosotros somos unos ángeles —dijo Luis, con una risa que contagió a los demás, incluyendo a Henry y Zack.

—Los conozco —repliqué, mi tono volviéndose más severo—. Sé cómo son, así que, si me entero de que han hecho alguna travesura, estarán en serios problemas.

—Relájate, Paul. No haremos nada —intervino Nicolás, con una tranquilidad que sonaba más creíble.

—Más les vale que no —insistí, dándoles una última mirada seria. —Los dejo, que tengo que organizar todo para pasado mañana. Nos vemos.

—Adiós, Paul —se despidieron los cinco, y la videollamada se cortó.

Me quedé en silencio en el despacho de Drácula, la imagen de mis sobrinas y la de los chicos alternándose en mi mente. Pensé en el desafío que les esperaba a las cinco Dracul. Sería una batalla de voluntades: el fuego de Katherine, la disciplina de Bárbara, la seducción de Eleanor, la energía de Perrie, y la cautela de Danielle, contra la arrogancia y el riesgo que representaban esos cinco mortales.

Sé que no será fácil, pero confío en ellas. Al fin y al cabo, eran hijas de mi hermano, el vampiro más poderoso de todos los tiempos. Tenían la fuerza, solo necesitaban aprender a controlarla en un entorno... doméstico.

* * * * * *

Eleanor

Han sido los dos días más aburridos de la historia, una especie de encierro impuesto por mi padre para evitar que alguna de nosotras, o más bien Katherine, intentara escapar antes de la partida. Ella ha sido la única impaciente. Su pasión por cazar mortales, sus "juguetes personales", es más fuerte que cualquier orden que mi padre pueda impartir.

Antes de partir a Londres, sentía una punzada de ansiedad que solo podía calmar si hablaba con ella. Tenía que tranquilizarla.

Me levanté de mi ataúd, me puse mis pantuflas de terciopelo bordadas y me dirigí a su alcoba. La puerta estaba cerrada, pero mi sentido de parabatai me decía que estaba ahí, luchando contra sus propios demonios. Toqué tres veces, y al instante, Katherine abrió.

Vestía un hermoso vestido negro, corto y ajustado, que resaltaba su figura escultural. Lucía su estilo rockero incluso dentro de las murallas. Me miró con una extraña calma, como si estuviera conteniendo un torrente de emociones.

—¿Qué se te ofrece, hermana? —Preguntó.

—Me gustaría hablar contigo, ¿puedo? —Le sonreí, usando mi Encanto para transmitirle paz, señalando el interior de la habitación.



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En el texto hay: vampiros

Editado: 27.11.2025

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