Katherine
Para evitar dejar sospechosos o rastros de mi pequeño banquete, decido usar mis poderes. Con una satisfacción oscura, creo una bola de fuego con mis manos y quemo los cuerpos que quedan, reduciéndolos a cenizas. Luego, con una bola de agua, apago lo que queda de las llamas. Un trabajo limpio, rápido y eficiente.
—No fue correcto lo que hicimos —dice Danielle, nerviosa, observando las cenizas humeantes—. Si nuestro padre se entera, nos castigará por siglos.
Pongo los ojos en blanco. Si padre supiera todo lo que hago, me castigaría por toda la eternidad. Un par de mortales no eran nada.
—Lo teníamos que hacer, ¿acaso querías morir de hambre? —La miro con desafío.
—Pues no, pe... —Intenta decir, pero la interrumpo.
—¡Pero nada! Son los mortales o nosotras. —Miro a las demás, que asienten en silencio. Sabían que, aunque mi método fuera impulsivo, la lógica de la supervivencia era irrefutable. —Ahora, regresemos a la casa. Tenemos que empezar a cuidar a esos niñitos —hablo con sarcasmo, sintiendo el peso de la misión de nuevo.
En ese instante, veo que el rostro de Perrie se transforma. Sus ojos, normalmente llenos de brillo pícaro, se abren de golpe, fijos en algo que solo ella puede ver. Ha tenido una visión.
—Perrie, ¿Qué pasa? —pregunta Eleanor, mirándola con atención.
Trato de leer los pensamientos de Perrie y no veo nada. El bloqueo es total. Se me olvida que mi familia, por regla de mi padre, usa lentes de contacto transparentes para evitar que les lea la mente.
—Tenemos problemas —Perrie habla finalmente. Su rostro se endurece con una seriedad que no le conocía. Esto no me gusta nada.
—¿Qué tipo de problemas? —Pregunto, con desesperación. Necesito saber lo que está viendo.
—Tuve una visión que nos puede meter en serios problemas. Hay una fiesta en la mansión —suelta de golpe.
—¡Por Drácula! —Grito furiosa. La rabia me recorre. Esos niñatos. Estoy segura de que hicieron eso para sacarnos de esa casa. Mi emparejamiento con el arrogante de Henry no era casualidad.
—Si mi tío Paul se entera, nos matará, literalmente —habla Bárbara, y la preocupación en su rostro hace que nos preocupemos aún más.
—Vámonos ya para allá —ordeno, tomando el liderazgo. La cacería ha terminado, el caos acaba de comenzar. Es hora de detener el incendio.
*
La música se escuchaba cada vez más fuerte a medida que mis hermanas y yo nos acercábamos a la mansión. Era un estruendo vulgar.
—Van a destruir la casa. Nos están metiendo en serios problemas —afirma Perrie, con la voz llena de preocupación.
—Esos malcriados me la van a pagar. Se han metido con las equivocadas —digo, mis colmillos salen sin pedir permiso. La sangre mortal que acababa de beber solo alimentaba mi rabia.
—Van a cavar su propia tumba —añado, sintiendo la adrenalina correr por mis venas. Eleanor me toma del brazo, tratando de detenerme.
—Hermana, ¿Qué piensas hacer? —Pregunta Danielle, el miedo en sus ojos.
—Ya verán —respondo, con una sonrisa maliciosa.
Nos acercamos a la mansión, que ahora parece un burdel. Hay mortales borrachos, e incluso algunos tienen relaciones sexuales a la vista de todos. El desorden y la falta de respeto me enfurecen aún más.
Mi mirada se detiene en el DJ, alzado en una tarima improvisada. Una idea cruza por mi mente. Si no hay música, no hay fiesta.
Mis hermanas me siguen, y me acerco al DJ con la intención de tomar el control.
—Muévete —ordené sin expresión alguna.
—No sé quién eres y no me voy a mover —responde con un tono de arrogancia típica de mortal ebrio.
—Que te muevas o te vas a arrepentir —digo, acercándome aún más. Mis ojos se vuelven negros, y el miedo se apodera de él. El DJ palidece, tartamudea y se va apresuradamente, dejándome el control de la consola.
—¿Qué vas a hacer? —Pregunta Perrie, intrigada.
—Voy a arruinarles la fiesta a los niñitos —contesto con una risa burlona.
—Tengo algo mucho mejor para arruinarles la fiesta —interviene Bárbara con una sonrisa. Su oportunismo siempre era impresionante.
—¿Qué cosa? —pregunto con intriga.
—Esto —responde, sacando una pistola pequeña, negra y elegante de su espalda.
—¿De dónde sacaste eso? —Pregunta Eleanor, con sorpresa.
—Lo encontré en el cuarto del tío Paul después que se fue. No pregunten qué hacía allí —dice rápido antes de que le preguntemos.
Agarro la pistola, la reviso, y una sonrisa maliciosa se dibuja en mi rostro. El peso del metal en mi mano se siente satisfactorio.
—Katherine, ¿Qué piensas hacer con eso? —Pregunta Danielle, con los labios torcidos.
—Esos chicos no saben con quién se han metido. Me la van a pagar —digo con los dientes apretados.
Doy un paso adelante, y le doy la orden a Bárbara de que pare la música. El estruendo se detiene bruscamente. Todos se quejan, confusos por el silencio repentino. Alzo la pistola y disparo dos veces hacia el techo.