Katherine
Su mirada es profunda, helada, como si nunca hubiese tenido sentimientos. Verlo después de tres años es una tortura, y más sabiendo que tiene a sus hijos frente a él, totalmente ajeno a su paternidad. Me limito a ver lo mucho que ha cambiado; la inmortalidad le sienta muy bien, añadiendo una dureza peligrosa a su belleza.
—Buenas tardes, Henry —dije con mucha sequedad—. Voy a pasar. —Él levantó una ceja, desafiante.
—No —me dijo serio y seco—. No eres bienvenida en mi casa.
—Ahora también es la casa de mis hermanas, por lo tanto, tengo todo el derecho de pasar —realmente me estaba enfureciendo. Mis ojos se pusieron negros por la rabia—. Si no me… —Fui interrumpida por alguien que se puso atrás de él. Mis ojos se cambiaron rápidamente a su color natural.
—Henry, ¿Qui… —no terminó de decir—. ¡Katherine! —Luis sonrió ampliamente al verme, empujó a Henry sin dificultad—. Ha pasado tanto tiempo. —Se nota su felicidad. Ese chico sí que me cae bien.
—Hola, Luis —hicimos el saludo vampiral—. ¿Cómo estás? —Sonreí.
—Muy bien, pero no tanto como tú —me miró de pies a cabeza—. ¡Estás hermosa!
—Gracias —sonreímos. Iba a decirle otra cosa, pero fui interrumpida por mi pequeña Darcy.
—Mami —me jaló la mano para que le prestara atención, así que me agaché a su altura para ver bien a mis dos niños—. ¿Quiénes son esos señores? —dijo bajito, para que ellos no escucharan, pero fue imposible porque lo hicieron. Luis río, ajeno a la tensión que se cocinaba.
—Él es Louis —lo señalé—. Es tu tío, es el esposo de mi hermana Eleanor —los niños asintieron con una sonrisa—. Y él —señalé a Henry mirándolo fríamente—, es Henry, un simple conocido.
La mirada de Henry se puso más intensa, como si le hubiera clavado una estaca invisible. Se alejó de allí, hecho furia, subiendo las escaleras. Para lo que me interesa.
—Hola, pequeños —Luis les habló con dulzura. Ellos sonrieron tímidamente—. Son muy lindos.
—Gracias —dije por ellos.
—Vengan, pasen, no se queden allí. —Nos ayudó a entrar las maletas, dejándolas en la entrada—. Todos están en la sala. —Fuimos hasta allí.
Entramos a la sala. Yo tenía en brazos a Edward.
—Miren la sorpresa que les tengo —dijo Luis. Todos me quedaron mirando en shock: mis hermanas y sus esposos (ahora vampiros).
—¿Es que no piensan saludarme? —pregunté con una sonrisa.
—¡Hermana! —dijeron al unísono. Me abrazaron, ya no me parece tan raro abrazar, ya que eso lo hago todo el tiempo con mis pequeños vampiros.
Un chillido nos hizo separar.
—¡Me aplastan! —dijo Edward con su dulce voz, captando la atención en él y en Darcy.
—¿Son tus hijos? —afirmó Perrie con una gran sonrisa.
—Así es —dejé a Ed en el piso—. Él es Edward y ella es Darcy —dije orgullosa. Ellos se aferraron a mis piernas, bastante tímidos—. Disculpen, ellos se ponen así cuando ven a mucho adulto y ningún niño.
—No se preocupen, niños —Danielle les empezó a hablar—. Aquí no estarán solos. —La miraron confundidos—. ¿Quieren conocer a sus primos? —dijo dulcemente, haciendo que ellos asintieran felices—. Acompáñenme. —Ellos tomaron su mano para luego irse con ella.
—Tenemos que hablar —dijo Bárbara, algo seria.
—Lo sé —suspiré—. Tus pensamientos me lo dicen todo.
—Entonces, tomemos asiento. —Eso hicimos, nos sentamos en los sofás. Hablamos de todo lo sucedido sin omitir detalles: mi disgusto con mi padre, el embarazo, el parto.
Al terminar de hablar, Henry se acerca a nosotros, su rabia contenida. Mi mirada era fría con él.
—Katherine, vamos a hablar —dijo él firmemente. Ahora soy yo la que lo mira con la ceja levantada. No quería discutir, así que me levanto y lo sigo hasta su alcoba sin decir palabra alguna.
—Toma asiento —me dice este, cerrando la puerta con un golpe seco.
—Así estoy bien —dije fría—. ¿Qué quieres?
—¿Ellos son mis hijos? —Se quedó callado, esperando.
—¡Sabes! Ellos no tienen padre, solo son mis hijos —dije después de un largo silencio.
—Aunque digas eso, son mis hijos, tengo derecho —¡Qué descaro!
—Eres muy descarado —apreté la mandíbula—. Quiero que me digas una cosa: ¿Por qué tan interesado? ¿Por qué mejor dejas de preguntar por mis hijos y le prestas atención a la zorra de Aranza? —escupo puro desprecio.
—¡A ella la respetas! —gritó leve, agarrándome fuertemente del brazo. Su fuerza de vampiro me supera—. Ella, sin duda alguna, es mejor que tú. —Aranza le ha dañado la mente. Solté un chillido por el agarre—. Nunca me ha mentido.
—Suéltame, que me lastimas —en estos momentos es más fuerte que yo.
—Escúchame muy bien —sus ojos cambiaron a color negro, la señal de su furia total—. Le vuelves a faltar el respeto a Aranza, y se me va a olvidar que eres una vampira. Te clavaría una estaca de plata en el corazón. —Me tiró al piso, soltándome de golpe, haciendo que me golpeara la cabeza.