La niebla de Londres no era como la de Hunedoara. En el castillo de Drácula, en las montañas, la bruma olía a piedra helada, a pinos ancestrales y al eco de una eternidad resguardada bajo el manto del Conde. En Londres, en cambio, la niebla era pesada, húmeda y traicionera; una cortina cenicienta que se pegaba a la piel y ahogaba las luces de la ciudad, ofreciendo el escondite perfecto para quienes sabían moverse en la penumbra.
Katherine permanecía junto al ventanal del nuevo hogar familiar, observando las calles adoquinadas. A pesar de la calidez del abrazo de Henry y del murmullo lejano de sus hijos menores en las habitaciones superiores, una inquietud sutil le oprimía el pecho. Su condición de impura siempre había sido un recordatorio constante de su fragilidad frente a la inmortalidad de sus hermanas purasangre. Pero en Hunedoara, bajo la sombra protectora de su padre, esa vulnerabilidad parecía distante. Allí, el nombre Drácula era una muralla infranqueable.
Londres, sin embargo, prometía un nuevo comienzo, un aire distinto lejos del encierro milenario. O eso querían creer.
A varias calles de distancia, envuelto en la oscuridad de una callejuela apartada, un hombre observaba la silueta del ventanal. En sus ojos no había temor ni reverencia ante la estirpe más temida de la noche; solo un odio antiguo, metódico y pacientemente cultivado. Cada familiar caído, cada gota de sangre de su linaje derramada por los vampiros, clamaba por un saldo que estaba dispuesto a cobrar.
Sabía que atacar de frente al clan Drácula significaba la muerte. Pero conocía el punto débil de la estructura. Sabía quién llevaba la grieta en la armadura.
Apretó los puños mientras ajustaba su abrigo, dibujando una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos. Su plan no requería espadas ni estacas de plata en el primer movimiento. Requiriendo algo más letal: tiempo, paciencia y el arte de la seducción.
Infiltrarse en la vida de Katherine, ganarse su confianza, estudiar sus temores y quebrantar su voluntad desde adentro. Haría que cayera en la trampa no por la fuerza, sino por la ilusión. Y cuando estuviera lo suficientemente cerca, usará la misma daga de la traición para arrastrarla al abismo y ver caer, una a una, las piezas de la dinastía Drácula.
La noche londinense guardó silencio. La cacería acaba de comenzar.