Katherine
El frío de Londres no se comparaba con el de las montañas de Hunedoara. En el castillo de Drácula, el frío olía a piedra milenaria, a pinos ancestrales y al eco de una eternidad resguardada bajo la sombra de mi padre. Era un frío limpio, monumental. El de Londres, en cambio, se me pegaba a la piel como una sábana mojada; traía un hedor rancio a hollín, a humo industrial y al pulso latente de millones de mortales que caminaban sobre las calles adoquinadas, ajenos a las bestias que compartían su noche.
Me acerqué al ventanal del recibidor y apoyé la frente contra el cristal helado. Mi reflejo me devolvió la imagen de siempre: la chaqueta de cuero negro, los labios pintados de un rojo oscuro como sangre estancada y esa mirada felina que a veces me resultaba ajena. Pero dentro de mí, en lo más profundo de mis entrañas inmortales, algo arañaba. Ser la única hija mujer impura en una estirpe de purasangres era una maldición silenciosa. Mis hermanas llevaban el poder absoluto en las venas sin esfuerzo; yo, en cambio, sentía cada grieta de mi naturaleza, cada pequeña vulnerabilidad que me recordaba que la eternidad puede quebrarse si no se tiene cuidado.
—Estás muy lejos de aquí, mi amor —la voz de Henry brotó desde la penumbra del pasillo, grave, áspera y pausada.
Sentí sus pasos amortiguados por la alfombra antes de que sus brazos me rodearan por la cintura. Su pecho, firme y frío, se pegó a mi espalda. Inclinó la cabeza y sus colmillos rozaron apenas el pulso de mi cuello, un gesto de posesión y caricia que me hizo erizar la piel.
—Solo pensaba —murmuré, girándome entre sus brazos para acomodarle el cuello de la camisa—. Dejar el refugio de Hunedoara y a mi padre fue un paso enorme. Necesitábamos cambiar de aire, ver otro panorama, pero esta ciudad se siente demasiado hambrienta.
—Londres es enorme, Katherine —respondió Henry, clavando en mí esos ojos maduros que habían visto caer imperios—. Nos da el anonimato que necesitábamos tras tantas guerras. Mientras estemos juntos, nada de lo que aceche en las sombras podrá tocarnos.
Un murmullo de pasos ligeros rompió la atmósfera densa. Kiara, nuestra pequeña de ocho años, bajó las escaleras a toda prisa, con su rebelde cabellera agitándose alrededor de su rostro y los ojos idénticos a los de su padre brillando con vitalidad. Detrás de ella venía Drake, caminando con esa elegancia serena y observadora que siempre me hacía olvidar que no llevaba mi sangre; es tan mío como los demás.
—¡Mami! —exclamó Kiara, deteniéndose en el último escalón y mirándome de arriba abajo con una sonrisa inocente—. Estás hermosa.
—Gracias, mi vida —sonreí, agachándome para presionar mis labios helados contra su mejilla suave antes de incorporarme y darle un beso corto a Henry en la boca—. Voy a salir con tus tías a hacer unas compras. Cazarán sin mí esta noche.
—¿A dónde vas tan arreglada, ma? —preguntó Drake, apoyando el hombro contra el marco de la puerta con la tranquilidad que lo caracterizaba.
—Asuntos de las hermanas Dracul, mi niño —le guiñé un ojo—. Cuida a tu hermana y no dejes que tu padre se sumerja demasiado en sus pensamientos.
Me despedí de ellos, tomé las llaves y salí a la noche londinense. El motor del auto rugió al encenderlo, rompiendo el silencio de la calle. Conducir por el asfalto mojado me servía para despejar la mente. Al llegar a la residencia de Perrie, toqué el timbre del portón y estacioné. Mi sobrina Emily me abrió la puerta con una sonrisa radiante. Tras saludar brevemente y recoger a Perrie, partimos al centro comercial para reunirnos con Danielle, Eleanor y Bárbara.
El centro comercial mortal era un espectáculo grotesco si se miraba con nuestros ojos: luces parpadeantes, ruidos estridentes y mortales caminando en masa, ajenos al hecho de que cinco depredadoras caminaban entre ellos. Pasamos de tienda en tienda, entre bolsas de ropa y la complicidad habitual de nuestra estirpe. Sin embargo, hacia el final de la tarde, mientras cruzábamos un pasillo desierto cerca de la salida, la atmósfera cambió drásticamente.
El aire a mi alrededor se volvió pesado. Un tufillo a metal helado y peligro inminente me erizó los vellos del cuello. La sed de algo oscuro me heló la sangre.
—Chicas... —dije en un murmullo cortante, deteniéndome en seco.
—¿Qué ocurre, Katherine? —preguntó Danielle, girándose al instante con los ojos entornados.
—Alguien nos está siguiendo —dije en voz baja, sin mover la cabeza.
Bárbara dio un paso hacia un lado, proyectando una sombra imponente, e inspeccionó el lugar con la frialdad de quien ha matado a cientos.
—¿Estás segura? No percibo ningún latido sospechoso.
—Sí... —exhalé una bocanada de aire frío, forzando una sonrisa amarga mientras me pasaba una mano por la nuca—. O tal vez la humedad de esta ciudad me está volviendo paranoica. Debe ser la falta de costumbre de estar lejos del castillo.
Continuamos el camino hacia el estacionamiento, pero la sensación no desapareció. Sentía una mirada clavada en la nuca. No era la mirada de un mortal curioso ni la de un vampiro hambriento. Era una mirada llena de odio, calculadora y paciente. La mirada de alguien que no busca alimentarse, sino exterminar.
XX
Ajusté la solapa de mi abrigo dentro de la sombra densa que proyectaba el pilar de concreto. Mis pulmones inhalaron el aire pesado del estacionamiento, captando el rastro dulce y podrido que dejaba la sangre de los vampiros al pasar.
Allí iba Katherine Dracul. La grieta en la muralla de la dinastía más sanguinaria que jamás pisó la tierra.
La vi reír con sus hermanas purasangre, vi cómo tocaba la chaqueta de cuero y cómo caminaba con la arrogancia de quien se cree inmune a la muerte. Cree que mudarse a Londres, lejos de las estacas y la piedra dura de Hunedoara, le daría paz. Cree que el apellido de su padre es un escudo eterno.