Clan Dracul: Caza Vampiros - Libro 5

Capítulo 2

Valerius

La lluvia de Londres caía como agujas heladas contra los vidrios del sótano. La cera negra de las velas goteaba sobre la madera gastada del escritorio, iluminando el pergamino donde trazaba con precisión quirúrgica el mapa de la rutina de Katherine Dracul.

Ella creía que este juego lo domina su arrogancia de bestia inmortal. Cree que el ligero coqueteo en la cafetería había sido solo el capricho de una noche aburrida. Qué ingenua.

Pasé la punta de mi daga por el rostro impreso de Henry en el tablero. Ese antiguo aristócrata, ese rey de sombras que juró protegerla, no sospecha que el enemigo no viene marchando con un ejército de cazadores por el frente de su casa. Vendría deslizándose por la grieta de la vanidad y el aburrimiento de su esposa impura.

—Mañana por la tarde... —susurré para la penumbra del recinto—. Un encuentro "casual" en la galería de antigüedades del distrito nocturno.

Sé que Katherine busca objetos del viejo continente para decorar su residencia, añorando en secreto el peso histórico de su tierra. Yo estaría allí. No como el hombre que la atropelló, sino como el conocedor refinado, el mortal intrépido que no teme rozar la piel de un monstruo. La envolvería en palabras con el tono adecuado: un veneno lento, sutil, que iría aflojando sus defensas hasta que la sola idea de mi presencia le resultara una adicción necesaria en la monotonía de su eternidad.

El odio hacia su linaje no se había enfriado ni un solo grado en mi pecho. Cada latido de mi corazón humano recordaba a los míos masacrados, sus cuerpos reducidos a cenizas por el capricho de los Dracul. Cada sonrisa galante que le dediqué a Katherine me repugnaba las entrañas, pero la promesa de ver a toda esa estirpe arrodillada, sangrando y destruida desde adentro, hace que valga la pena cada segundo de este teatro nefasto.

Katherine

El ambiente dentro de la casa se siente anormalmente tranquilo. Los chicos están ocupados en sus propios asuntos; la risa distante de Kiara resuena en los pisos superiores mientras Drake la entretiene, y Henry ha salido a inspeccionar unas propiedades en las afueras con Cristian y Edward.

Aproveché la soledad para salir a caminar por una de las avenidas más antiguas de la ciudad, donde las tiendas de antigüedades exhibían reliquias traídas de todos los rincones de Europa. Necesito algo que rompa la frialdad industrial de esta ciudad, algo que huela a la piedra añeja y al lujo oscuro de nuestro verdadero hogar.

Me detengo frente al ventanal de una galería iluminada con faroles de gas. Entre espejos de marco de plata oscurecida y dagas ornamentales, una figura familiar recortada contra la penumbra del fondo llamó de inmediato mi atención.

Valerius.

Viste una gabardina negra de corte impecable. Sostiene entre sus manos un relicario de bronce del siglo XVIII, examinándolo, quien comprende el valor de la antigüedad.

Antes de que pudiera decidir si dar media vuelta o entrar, él giró lentamente la cabeza. Sus ojos azabache, profundos como un pozo sin fondo, se clavaron directamente en los míos a través del cristal. No hubo sorpresa en su rostro; solo una sonrisa pausada, enigmática y cargada de un magnetismo oscuro que me erizó la piel instantáneamente.

—El destino en esta ciudad tiene un sentido del humor bastante sombrío, Katherine —dijo con esa voz grave y aterciopelada cuando crucé la puerta, haciendo sonar la pequeña campana de bronce.

—O tal vez me estás siguiendo, Valerius Vance —respondí, caminando hacia él a paso lento, dejando que el taconeo de mis botas resonara en el suelo de madera.

Él no retrocedió ni un solo milímetro cuando me detuve a pocos centímetros de su cuerpo. Al contrario, se inclinó sutilmente hacia mí, permitiendo que el calor de su respiración rozara la comisura de mis labios.

—Si estuviera siguiéndote... ¿Te molestaría? —murmuró con una audacia helada que desafiaba cualquier instinto de preservación mortal.

Sostuve su mirada. En el aire entre los dos no había la fragilidad típica de un encuentro casual; había una corriente subterránea de peligro, una tensión oscura que alimentaba a la bestia dentro de mí.

Sostenerle la mirada a Valerius a tan pocos centímetros es un juego peligroso, pero es un juego que yo estaba acostumbrada a ganar. Sonreí de lado, dejando que la chispa de la arrogancia Dracul iluminara mi rostro, y decidí usar una de mis armas más sutiles.

Uno de los dones que poseo desde que me convirtieron en lo que soy es la capacidad de colarme en los pensamientos ajenos, de escuchar los susurros escondidos de la mente mortal. Enfoqué mi energía en él, buscando esa rendija invisible para entrar en su cabeza y desarmar esa calma exasperante. Quería escuchar sus intenciones reales, el miedo secreto que todo humano guarda cuando tiene a una depredadora enfrente.

Pero no encontré nada.

Choque contra un muro absoluto, un silencio denso y estático, como si intentara sintonizar una frecuencia en medio de la nada.

Pestañeé sutilmente, desconcertada. La última vez que me había enfrentado a algo así fue cuando me enteré de la traición de mi Logan, mi ex, el cual maté en el enfrentamiento con los Brasov. ¿Por qué no puedo entrar en su mente? ¿Qué clase de mortal tiene una barrera tan infranqueable?

Valerius pareció notar el ligero cambio en el tono de mis ojos. Sin perder la compostura, dio un paso más hacia mí, acortando el último aliento de distancia que nos separaba. Sus ojos oscuros brillaron bajo la luz tenue de los faroles de la galería.

—Te quedaste callada, Katherine —murmuró con esa voz grave, pausada, que parecía vibrar directamente en mis huesos—. Pareces buscar algo en mí... algo que no logras encontrar.

—A veces me gusta observar el fondo de las personas antes de decidir si valen la pena —respondí, disimulando el desconcierto y manteniendo la postura orgullosa de mi apellido—. Y tú eres difícil de descifrar, Valerius. Eso no suele pasarme.




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