Valerius
El viento helado de la noche londinense soplaba con fuerza, haciendo crujir las ramas secas en los alrededores de la enorme residencia de los Dracul. Desde la loma opuesta, oculto entre la densidad de la niebla y la sombra de los robles añejos, observaba con unos binoculares de visión nocturna los ventanales iluminados de la casa.
Podía ver a la hija pequeña de Katherine cerca del gran salón, riendo mientras juega, completamente ajena a la sentencia de muerte que gravitaba sobre sus cabezas. La arrogancia de los vampiros siempre residía en su falsa sensación de invencibilidad. Ese clan creyó haber despejado el área; creía que este rincón de Inglaterra era un santuario infranqueable. Qué equivocados estaban.
Extraje de mi abrigo un pequeño frasco metálico con la solución de acónito y veneno de serpiente concentrado, y una ballesta compacta con un virote diseñado para no dejar rastros mágicos ni térmicos. No iba a matar a nadie todavía. Un cadáver dentro de la propiedad encendería todas las alarmas.
Lo que necesitaba era sembrar la semilla del terror sutil.
Ajusté la mira y apunté directamente hacia el ventanal del despacho privado de Katherine en el segundo piso, el lugar donde sabía que solía retirarse a escribir y pensar a solas. Presioné el gatillo.
El silbido del virote atravesó la noche sin hacer el menor ruido. El proyectil no rompió el cristal principal, sino que se clavó con fuerza milimétrica en el marco de madera exterior, dejando adherida una pequeña nota envuelta en una cinta de cuero negro teñida con cenizas de matalobos.
Sonreí en medio de la penumbra, ajustando nuevamente mi abrigo. La nota no llevaba firma, solo una frase antigua en latín que mi linaje solía usar antes de las masacres: «La sangre derramada siempre reclama su precio».
—Descubre el mensaje, maldita vampira... —murmuré para la nada, dando media vuelta para desaparecer en la niebla nocturna.
Katherine
La madrugada avanzaba en un silencio aplastante. Incapaz de conciliar el sueño por una extraña pesadez que me oprimía el pecho, me levanté del ataúd sin hacer ruido para no despertar a Henry. Me puse una bata de seda negra y me dirigí a mi despacho al final del pasillo.
Al entrar, un escalofrío anormal recorrió mi columna vertebral. El aire dentro de la habitación se sentía denso, impregnado de un rastro sutil pero inconfundible de hierba quemada y metal oxidado.
Caminé lentamente hacia la ventana. Al aproximarme al cristal, mi vista detectó de inmediato la anomalía en el marco exterior de la ventana.
Alcé la mano con cautela, abrí el ventanal y desenganché el virote con la nota. En cuanto mis dedos rozaron la cinta de cuero, una punzada de ardor feroz me atravesó la piel, haciéndome soltar un siseo involuntario de dolor. Matalobos. Ceniza pura.
Desenrollé el papel con las yemas heladas y leí el mensaje en latín: «Sanguis fusus semper pretium suum reposcit».
Mi corazón muerto pareció dar un vuelco. Aquello no era la travesura de un mortal ni la coincidencia de un vagabundo. Esto es de alguien que conoce nuestra naturaleza.
Escuché los pasos pesados y apresurados de Henry acercándose por el pasillo. La sola energía de mi angustia lo había despertado.
—¿Katherine? —preguntó Henry, apareciendo en el umbral con el ceño fruncido y los ojos encendidos en una furia contenida al sentir el rastro del veneno en la ventana—. ¿Qué ocurre?
Por un segundo, mi primer instinto fue mostrarle la nota, entregarle el virote y dejar que levantara las defensas de la casa con gran violencia. Pero antes voy a descubrir quién lo mandó.
Oculté la nota rápidamente en el bolsillo de mi bata antes de que Henry se acercara a la ventana.
—Nada, mi amor —dije, forzando una sonrisa serena y envolviendo mis brazos alrededor de su cuello para distraerlo del olor a matalobos—. Solo el viento que golpeó una rama contra el marco. Me sobresaltó.
Henry inspeccionó el cristal con la mirada estrechada, olfateando el aire con sospecha, pero la cercanía de mi cuerpo y el tono pausado de mi voz terminaron por calmar su guardia.
—Vuelve a descansar —murmuró, besándome la frente con ternura—. Mañana inspeccionaré los alrededores de nuevo.
—Sí, vamos —asentí.
Mientras caminaba de regreso a la habitación al lado de mi esposo, mi mano apretaba el papel escondido en mi bolsillo. Tenía miedo, un miedo real por mis hijos y por la estabilidad que tanto nos había costado construir.
*
Pasé la mañana en un estado de tensión insoportable. Aunque intenté disimular frente a Henry y los chicos, el peso de la nota escondida en el fondo de mi cajón quemaba como carbón encendido. Por mi cabeza pasó la idea de que un cazador anduviera rodeando la propiedad, observando a mis hijos, me revolvía el estómago.
A mediodía, incapaz de seguir atrapada entre las paredes de la residencia, invadida por la paranoia, le dije a Henry que saldría a comprar unas carpetas y material para las clases del instituto. Necesitaba aire. Necesitaba respuestas. O, al menos, la ilusión de seguridad que la presencia de Valerius me proporcionaba de manera inexplicable.
Lo cité en un parque discreto, alejado del bullicio del centro, donde los robles antiguos proyectaban sombras densas sobre los senderos de piedra.
Cuando llegué, él ya estaba allí. De pie junto a la barandilla de un pequeño puente de hierro, vistiendo un abrigo largo de paño oscuro que realzaba su porte elegante y poderoso. Al escuchar mis pasos sobre la grava mojada, se giró despacio. Sus ojos azabache brillaron con esa mezcla habitual de misterio y calidez que lograba desarmar mis defensas.
—Katherine... —murmuró, acortando la distancia entre nosotros para tomar mi mano helada entre las suyas—. Te ves pálida. ¿Ocurre algo malo? Tu mensaje sonaba urgente.
El contacto de sus dedos cálidos hizo que me estremeciera. Intenté, una vez más de forma impulsiva, colar un fragmento de mi mente en la suya para buscar intenciones, pero tropecé de nuevo con esa barrera impenetrable, dura y silenciosa. La breve duda volvió a asaltarme, pero el pánico acumulado desde la madrugada la aplastó por completo.