Han pasado años y la bruma de Hunedoara, ya no oculta guerras, sino una dinastía que ha sabido redefinir la eternidad. A la sombra del imponente Castillo de Corvin, la mansión de los Socarras Dracul se alza como un bastión de lujo y vida. Ya no reina el silencio; ahora, los pasillos de piedra resuenan con el eco de las risas de los nuevos hijos y los acordes de guitarras que desafían la tradición.
La Señora Socarras camina por sus dominios con una elegancia renovada por su quinto embarazo. A su lado, Henry, que ha abrazado la inmortalidad con la soltura de un rey, sigue siendo el único capaz de calmar sus instintos con solo una mirada. Juntos, han convertido su matrimonio en una leyenda de Hunedoara.
Edward y Darcy, las estrellas del clan, ya no son niños. Edward lidera su propio hogar junto a Pilar y su pequeño bebé, mientras que Darcy, radiante y protectora junto a James, espera el nacimiento que unirá aún más a las ramas de la familia.
Matthew, con la audacia de los Dracul, y el pequeño Luke, el alma traviesa de la casa, son la prueba viviente de que el amor de sus padres no conoce límites.
Con las tías, los tíos y los primos, Hunedoara es ahora un hervidero de talento, poder y lealtad inquebrantable.
La vida es perfecta. Es una mezcla de cenas bajo la luz de la luna, entrenamientos de combate en los patios de piedra y la música que Edward y Darcy regalan a la ciudad. La familia ha encontrado su lugar en el mundo, respetados por los humanos y temidos por cualquier otro inmortal.
Pero mientras Henry y Katherine brindan en su terraza por los siglos que vendrán, el viento de los Cárpatos trae un aroma distinto. Dos sombras se mueven con una elegancia que solo el odio puro puede otorgar. Se detienen frente a las puertas de la ciudad, mirando hacia la mansión iluminada.
—Míralos... tan felices en su nido de seda.
Dice ella, con una voz que suena a secreto guardado por siglos.
—Creen que el tiempo borró nuestras huellas.
—Que disfruten su brindis.
Responde su aliado, ajustándose una capa que parece hecha de oscuridad.
—Porque mañana, el vino de los Socarras sabrá a ceniza.