Katherine
El frío de la piedra centenaria de Hunedoara parece haber absorbido toda la historia de mi linaje, pero hoy, el aire se siente diferente. Los años no han pasado en vano, aunque para nosotros el tiempo sea un concepto tan maleable como la cera. Han pasado treinta y cinco años desde aquella luna de miel en Austria que selló nuestro destino, y veinte desde que la última pieza de nuestro rompecabezas familiar llegó al mundo.
Me levanto del ataúd con la elegancia que solo los siglos te otorgan. El terciopelo rojo del interior está ligeramente gastado, un testigo mudo de décadas de sueños compartidos. Me estiro, sintiendo cada fibra de mi ser vibrar con el poder de la sangre.
—Treinta y cinco años... —susurro para mí misma, llegando al tocador.
La vida ha dado vueltas vertiginosas. Soy abuela, una palabra que todavía me suena a música extraña pero hermosa. Casi todos mis hijos han continuado el ciclo: Edward y Darcy ya crían a sus propios herederos con la sabiduría que les dimos. Solo mi pequeña Destiny, la menor, permanece soltera, siendo el rayo de luz (o de sombra) más puro de esta mansión. Y por si fuera poco, la familia creció por otro lado: ahora tengo un nuevo hermano, Samuel, aunque todos lo llamamos Samo. Es el nuevo pilar de mi padre, el gran Conde Drácula, el embarazo de mi madre fue toda una sorpresa para todos.
Tras pasar por el baño y realizar mi rutina de belleza —que para una vampira consiste en mantener la palidez perfecta y la mirada afilada—, me cambio y bajo las escaleras de mármol hacia la sala principal.
—Hola, hija.
Le digo a Destiny, que está recostada en un diván leyendo un libro de hechizos antiguos. Le doy un beso en la frente, sintiendo su piel fresca.
—Hola, mamá.
Sonríe ella, con esos ojos que heredó de la mezcla perfecta entre Henry y yo.
—¿Dónde está tu padre?
Pregunto, aunque mi olfato ya me está dando la respuesta.
—En la cocina, está haciendo el desayuno. Dice que hoy es un día especial.
Responde ella sin apartar la vista de su lectura.
Me dirijo a la cocina, siguiendo el aroma a especias oscuras y algo que chisporrotea en el fuego. Ahí está él. Treinta y cinco años después y mi corazón muerto sigue dando un vuelco cada vez que lo veo de espaldas, con esa soltura que solo él posee.
—Hola, amor.
Le digo, rodeando su cintura con mis brazos y dejando un beso en su espalda.
—Hola, hermosa.
Se gira y me envuelve en un abrazo que me hace sentir en casa.
—¿Cómo amaneces?
—Muy bien, y más ahora que te veo.
Respondo. Si mis mejillas pudieran llenarse de sangre por voluntad propia, estaría roja como un tomate. Henry tiene ese efecto, es como un vino que mejora con cada década.
—Excelente ahora que te veo yo a ti.
Me dice con esa voz ronca que me fascina.
—Estoy preparando lo que te gusta: alitas de murciélago fritas, cola de ratón crujiente y sangre fresca RH O-
—Mmm... que rico.
Abro la nevera buscando un snack rápido. Saco una bolsa de sangre animal, mis colmillos emergen por instinto y perforo el plástico, bebiendo el líquido vital. Es espeso y dulce. Sin embargo, noto que la despensa está en las últimas.
—Amor, ya hay que hacer mercado. La nevera está vacía.
Le digo, señalando los estantes casi desiertos.
—Iré al supermercado después de comer.
Comento. Asiente él mientras sirve los platos.
El desayuno transcurre entre risas y anécdotas. Destiny nos cuenta sus progresos con en la escuela, y Henry me toma la mano por debajo de la mesa, recordándome con un apretón que, a pesar de los años, nuestra conexión es inquebrantable. Al terminar, subo a cambiarme. Me quito la ropa cómoda de casa y elijo un conjunto de cuero negro y seda que grita "Poder". Estoy lista para salir.
Me despido de Harry y Destiny con un beso rápido, subo a mi auto —un deportivo negro mate que ruge como una bestia en las calles de Hunedoara— y me dirijo al supermercado especial para vampiros. Es un lugar oculto a plena vista de los mortales, donde solo los de nuestra clase nos abastecemos.
Al entrar, reviso mi lista mental mientras empujo el carrito:
Voy recorriendo los pasillos, sumida en mis pensamientos sobre qué cenaremos cuando llegue a la sección de repostería oscura. Estoy buscando el pus de sangre de mejor calidad cuando, de repente, el aire a mi alrededor se vuelve pesado. Una vibración familiar recorre mi columna vertebral, una sensación que no sentía desde hace más de un siglo.