Katherine
El peso del secreto que acababa de enterrar en mi pecho se sentía como una losa de granito mientras subía los escalones hacia mi habitación. La mirada de Henry, tan cargada de luz y honestidad, me perseguía. Me sentía una extraña en mi propio hogar, como si la sombra de Max se hubiera pegado a mi piel y estuviera manchando las paredes de seda de la mansión.
Justo cuando cerré la puerta de mi alcoba, buscando un refugio en la penumbra, mi celular comenzó a vibrar. El nombre en la pantalla me hizo soltar un suspiro de alivio: es Luke, mi pequeño niño... bueno, no tan pequeño ahora que los años han corrido, aunque para mí siempre será el niño travieso que correteaba por los jardines.
—Hola, hijo.
Dije, tratando de que mi voz sonara lo más firme y maternal posible, ocultando el temblor que Max había dejado en mis cuerdas vocales.
—Hola mamá, ¿cómo estás?
Su voz llegó con una frecuencia extraña. Lo conozco demasiado bien; sus cuerdas vocales vibraban con una ansiedad que no podía ocultar.
—Bien...
Hice una pausa, frunciendo el ceño.
—Amor, ¿estás bien? Te oyes nervioso.
Se hizo un silencio al otro lado de la línea, solo interrumpido por su respiración profunda.
—Lo siento, mamá. Pero lo que voy a hacer en estos días me pone... muy nervioso.
Confesó, y pude imaginarlo rascándose la nuca, un gesto que heredó de Henry.
—¿Qué vas a hacer?
Pregunté, endureciendo un poco el tono.
—No vas a hacer nada malo, ¿o sí? Los Dracul tenemos una definición de "malo" muy amplia, pero no quiero sorpresas legales.
—Tranquila, no haré nada malo.
Suspiró, y luego su voz bajó a un susurro lleno de emoción.
—Le pediré matrimonio a Delfi.
Una sonrisa genuina, la primera desde que entré al supermercado, iluminó mi rostro. Delfi era una chica excepcional, y ver a mi hijo menor dando ese paso me llena de una nostalgia agridulce.
—¡Ay! ¡Ya era hora!
Reímos juntos, y por un momento, la oscuridad de Max se disipó.
—Me haces la madre más feliz del mundo.
—Necesito de tu ayuda.
Añadió él, recuperando un poco la confianza.
—¿Ayuda de qué, cariño?
—¿Me ayudas a comprar el anillo? Quiero algo que esté a su altura, algo eterno, pero no sé por dónde empezar.
—Claro que sí, cielo. Te espero hoy en la casa para comprarlo, ¿te parece? Buscaremos en las joyerías más exclusivas, o quizás en el tesoro familiar si quieres algo con historia.
—Allá estaré. Te quiero, ma.
—Y yo a ti, amor.
Colgué el teléfono y me dejé caer en la cama, mirando el techo tallado. Qué contraste tan violento. Por un lado, la pureza del amor de mi hijo, planeando un futuro; por el otro, el fango de mi pasado acechando en las esquinas.
No habían pasado ni diez minutos cuando el teléfono volvió a sonar. Esta vez, el número era desconocido. Una premonición gélida me recorrió la espalda. Sabía quién era antes de contestar. ¿De dónde diablos había sacado mi número? Max siempre fue un experto en rastrear lo que quería, un cazador silencioso que nunca perdía el rastro.
Dudé. Miré la puerta de la habitación, asegurándome de que Henry no estuviera cerca, y finalmente deslicé el dedo por la pantalla.
—Max, sé que eres tú.
Dije, con la voz seca.
—Katherine...
Ese tono aterciopelado y peligroso me envolvió de nuevo.
—Qué voz tan tensa. ¿Acaso interrumpo la armonía de tu hogar?
—¿Cómo tienes mi número, Max?
—Tengo mis métodos, Kath. El mundo ha cambiado, pero la información sigue siendo la moneda de cambio más valiosa.
Hizo una pausa corta.
—Escucha, ¿qué te parece si mañana salimos un rato?
—Max...
Intenté negarme, con el nombre de Henry quemándome la lengua.
—Por favor.
Suplicó, y aunque era una súplica, tenía el filo de una orden.
—Es solo para recuperar el tiempo perdido. Una copa de sangre, un paseo por las ruinas, lo que quieras. Necesitamos hablar de lo que viene, y no querrás que esa conversación ocurra frente a tu... perfecta familia.
El chantaje sutil estaba ahí. Si no aceptaba, él vendría aquí. Y si venía aquí, el castillo de naipes que era mi paz actual se derrumbaría.
—Está bien.
Cedí, cerrando los ojos con fuerza.
—Perfecto. ¿Dónde nos vemos?
—Mañana a las siete de la noche, en el mirador del viejo monasterio. No llegues tarde y llámame antes para confirmar.
—Así será, hermosa.