Katherine
La luz de la mañana entró por los vitrales de la mansión con una claridad que me resultaba casi insultante. Mi mente no había dejado de dar vueltas a la cita de esta noche con Max, pero la vida familiar —esa maquinaria imparable que yo misma había creado— no me dio tregua.
Al bajar las escaleras, el sonido de múltiples conversaciones cruzadas me detuvo. En la sala principal, bajo el gran candelabro de cristal, estaban todos. No solo Destiny; estaban Edward, Darcy, Matthew y Luke. Mis cinco hijos, mi orgullo, el corazón de mi existencia, reunidos sin previo aviso.
—¡Hijos! ¡Qué alegría verlos!
Exclamé, dejando que el calor de la madre que soy ahora ganara la batalla contra la guerrera sombría que Max quería despertar. Corrí hacia ellos y los envolví en un abrazo colectivo. Olían a hogar, a juventud y, en el caso de Edward y Darcy, a la sofisticación de sus propias vidas independientes.
—Queríamos verlos, mamá. Los extrañamos mucho.
Dijo Darcy, apoyando su cabeza en mi hombro.
—Y nosotros a ustedes, mis bebés.
Respondí con una ternura que me apretaba el pecho.
—¡Mamaaaa!
Protestaron los cinco al unísono, desde el mayor hasta el más pequeño, soltando esa queja clásica de los hijos cuando se sienten "demasiado grandes".
—¿Qué?
Les devolví el gesto, mirándolos con fingida seriedad.
—Sé que ya son grandes, que algunos ya son padres y que tienen sus propias vidas, pero aunque tengan un siglo, siempre serán mis bebés.
Ellos sonrieron, rendidos ante la ley de hierro de una madre.
—Sí, mamá.
Respondieron resignados, pero felices.
Me separé de ellos y, tratando de mantener el ritmo de la casa, les pedí ayuda para organizar algunas cosas de la biblioteca y los suministros que habían llegado esta mañana. Mientras todos se movían con esa gracia sobrenatural propia de nuestro linaje, noté un silencio que me caló los huesos. El lugar de Henry estaba vacío.
Henry siempre estaba allí para recibirlos. Siempre era el primero en hacer una broma o en buscar una guitarra. Me acerqué a Destiny, que estaba apilando unos grimorios antiguos cerca de la chimenea.
—Des... ¿tu papá dónde está?
Le pregunté, bajando la voz.
—La verdad, no tengo idea, mamá.
Me respondió con una mueca de confusión.
—Ayer, después de que tú regresaste de tus recados y te encerraste un rato, él recibió una llamada. Parecía... diferente. En cuanto colgó, tomó su chaqueta, no dijo ni una palabra y se fue.
—¿Te dejó sola?
Pregunté, mi corazón muerto dando un vuelco de ansiedad. Harry nunca dejaba la mansión sin avisarme, y mucho menos dejaba a nuestra hija menor sin supervisión si sabía que yo estaba indispuesta.
—Sí. Media hora después llegaron mis hermanos, así que no estuve sola mucho tiempo.
Añadió ella, tratando de restarle importancia.
Un nudo se instaló en mi estómago. Henry desaparecido tras una llamada misteriosa, Max acechando en las sombras y una cita pendiente en el mirador. El aire empezaba a sentirse eléctrico, como antes de una gran tempestad.
—Qué raro que se haya ido así. Bueno, cuando venga le preguntaré qué pasó.
Mentí, fingiendo una calma que no tenía.
—Luke.
Llamé a mi hijo, que estaba distraído mirando por la ventana.
—¿Qué tal si vamos ahora a mirar los anillos? Necesitamos encontrar esa joya perfecta para Delfi.
—Sí, me parece bien.
Asintió él, recuperando el brillo en sus ojos.
Salimos todos de la casa. La presencia de mis hijos me daba una falsa sensación de seguridad. Nos montamos en la camioneta blindada de Edward; el motor rugió con un poder sordo mientras nos alejábamos de la mansión. Yo iba en el asiento del copiloto, perdida en el paisaje de pinos y castillos que desfilaba por la ventana.
—Oye, ma...
La voz de Matthew, desde el asiento de atrás, rompió el silencio.
—¿Sí, cariño?
Me giré para mirarlo.
—¿Qué le pasa a mi papá?
Preguntó directamente. Matthew siempre ha sido el más perceptivo de mis tres hijos; tiene un instinto para detectar el miedo en los demás.
—¿Qué le pasa? ¿Por qué lo dices?
Traté de sonar casual.
—Porque cuando lo llamé hace un rato para decirle que estábamos llegando a la mansión, se oía muy nervioso. Casi... asustado. No quiso decirme dónde estaba.
Insistió Matthew, cruzándose de brazos. Me quedé en silencio, mirando mis manos.
—No sabría decirte, hijo.
Respondí, apretando el bolso.
—Pero eso es exactamente lo que averiguaré.