Clan Dracul: Guerra de Vampiros - Libro 3

Capítulo 4

Katherine

El mirador del viejo monasterio se envuelve en una neblina que parecía brotar de las mismas piedras sagradas. Max estaba allí, apoyado contra una barandilla de hierro forjado, luciendo un abrigo largo que ondeaba con el viento gélido de la montaña.

—Esa mirada...

Susurró, con una sonrisa que no era más que un tajo de arrogancia en su rostro.

—Hacía más de un siglo que no veía ese fuego en tus pupilas, Katherine. La sangre humana te sienta bien; te devuelve esa vitalidad salvaje que el matrimonio te había arrebatado.

Caminé hacia él, dejando que el sonido de mis tacones resonara contra el suelo de piedra como una sentencia. El sabor metálico de mi caza nocturna aún impregnaba mis sentidos, dándome una gran confianza.

—No te confundas, Max.

Dije, deteniéndome a un metro de él.

—Que haya decidido saciar mi sed como lo hice no significa que haya vuelto a ser tuya. Mi familia sigue siendo mi prioridad.

—¿Tu prioridad?

Soltó una carcajada seca, acercándose lo suficiente para que pudiera oler su arrogancia.

—Katherine, tu esposo te miente. Lo sientes en el aire, lo hueles en su piel. El mundo que construiste con él es un castillo de naipes sobre un volcán. Yo, en cambio, soy la roca.

Max extendió su mano, invitándome a caminar con él hacia las ruinas del claustro. Dudé un segundo. Mi lealtad a Henry era una cicatriz profunda, un vínculo que incluso el dolor de su silencio no lograba romper. No iba a serle infiel; mi cuerpo y mi alma seguían atados al hombre que me dio una razón para no ser solo un monstruo. Pero la curiosidad y la rabia eran un motor poderoso.

Necesitaba aliados. Necesitaba saber qué sabía Max.

—Dices que él me miente.

Dije, aceptando caminar a su lado, pero manteniendo una distancia prudencial.

—¿Qué es lo que sabes tú que yo no sepa?

—Sé que hay fuerzas moviéndose en Hunedoara que ni siquiera tú, con todo tu linaje, puedes controlar.

Respondió él, bajando la voz.

—Sé que el pasado ha vuelto, no solo yo, sino sombras que creías desvanecidas.

Accedí a seguirle el juego. Empezamos a hablar de los viejos tiempos, de las estrategias de guerra y de cómo el mundo moderno nos obligaba a escondernos. Max era brillante, un manipulador nato que sabía exactamente qué fibras tocar para hacerme sentir poderosa de nuevo. Me hablaba de recuperar el prestigio del clan Dracul, de dejar de escondernos bajo la fachada de una familia "normal".

—Imagina, Kath... no más secretos, no más fingir que somos humanos.

Me dijo, deteniéndose frente a un arco gótico en ruinas.

—Solo tú y yo, liderando la noche como antes.

—Tengo un esposo, Max.

Repetí con firmeza, aunque por dentro la duda sobre el paradero de Henry ayer me quemaba.

—Lo sé. Y por eso me gustas tanto. Tu lealtad es tu mayor virtud... y será tu mayor caída.

Me miró con una intensidad que casi parecía afecto, pero era algo mucho más oscuro.

—Pero mientras él resuelve sus "asuntos", ¿por qué no nos divertimos un poco? Acompáñame esta noche a una reunión privada. Hay gente que quiere conocer a la verdadera Reina de los Cárpatos, el apodo que nunca olvidaremos.

Sin percatarme del abismo que se abría bajo mis pies, asentí. Creía que estaba usando a Max para obtener información, que estaba manteniendo el control de la situación. Me sentía astuta, moviendo mis piezas en un tablero que él mismo había puesto frente a mí.

Lo que no sabía era que, mientras yo accedía a entrar en su mundo de nuevo, el tablero ya estaba trucado. No me daba cuenta de que cada paso que daba con él, cada sonrisa cómplice y cada secreto compartido, eran exactamente lo que él necesitaba para alimentar la hoguera que quemaría mi hogar.

—Estaré allí.

Sentencié.

—Pero recuerda, Max: si intentas cruzar la línea, te arrancaré el corazón antes de que puedas pestañear.

—No esperaba menos de ti, hermosa.

Sonrió él, haciendo una reverencia.

—Nos vemos al anochecer.

Me alejé de las ruinas sintiendo una extraña adrenalina. Me convencí a mí misma de que esto no era una traición, sino una investigación. Pero mientras conducía de regreso, el silencio de la carretera me devolvió la realidad: le estaba ocultando a Henry mi encuentro con Max, tal como él me ocultaba su encuentro con... quien quiera fuera.

La desconfianza ya no era una chispa; era un incendio forestal. Y yo, sin saberlo, acababa de darle a Max el fósforo final para que el mundo de mi familia saltara por los aires.

*

El frío del mirador aún persistía en mi piel cuando detuve el carro frente a la imponente entrada de la mansión. El encuentro con Max había dejado un rastro de adrenalina y sospecha que no lograba sacudirme de encima. Me miré un segundo en el retrovisor, acomodándome el cabello y asegurándome de que mis ojos hubieran recuperado su matiz ámbar natural, ocultando cualquier vestigio del rojo depredador que había lucido durante la caza nocturna. Había accedido a seguirle el juego a mi antiguo aliado, convencida de que yo era la que movía los hilos, sin sospechar que el suelo bajo mis pies ya se estaba agrietando.




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