Katherine
Un cabello rubio ceniza que encontré pegado en una chaqueta de Henry seguía entre mis dedos, una hebra de traición que brillaba bajo la luz de las velas como una serpiente de plata. Lo observé durante lo que parecieron siglos, sintiendo cómo la calidez que alguna vez habitó en mi pecho se cristalizaba en un hielo negro y afilado. Henry creía que sus mentiras eran muros, pero para una Dracul, las mentiras son de cristal: transparentes, frágiles y cortantes.
Sentí una necesidad imperiosa de quemar el aire que me rodeaba, de hablar con alguien que no me mirara con la lástima o la inocencia de mis hijos. Alguien que entendiera el lenguaje de la oscuridad.
Tomé mi celular con una mano temblorosa de pura rabia contenida. Marqué el número de Max. No buscaba consuelo, buscaba una vía de escape, una forma de recordarme que, fuera de estas paredes donde mi esposo me desdibujaba con sus engaños, yo seguía siendo la dueña del destino de muchos.
—¿Katherine?
La voz de Max sonó profunda, cargada de esa ironía que siempre parecía saber más de lo que decía.
—Qué sorpresa que seas tú quien rompa el silencio esta vez.
—Necesito salir de aquí, Max.
Dije, y mi voz sonó como el crujir de una lápida moviéndose.
—Hunedoara se siente pequeña hoy. El aire en esta mansión está... viciado.
—Te escuchas tensa, Kath.
Noté el matiz de triunfo en su tono, pero no me importó. En ese momento, él era el único que no me pedía ser "la madre perfecta" o "la esposa comprensiva".
—Quería saber si mañana podemos vernos. Claro, si tú quieres.
Cerré los ojos, apretando el cabello rubio entre mis dedos hasta que se rompió.
—Claro, ¿por qué no?
Respondí, dejando que un suspiro de amargura escapara.
—Necesito relajar la mente. Necesito recordar quién soy cuando no estoy intentando salvar un matrimonio que huele a secretos.
—Bien, entonces mañana paso por ti en la tarde.
Sentenció él, con una seguridad que me resultó extrañamente reconfortante.
—Prepárate, Katherine. Te llevaré a un lugar donde el tiempo no importa.
—Claro, aquí te espero.
Finalicé, colgando la llamada antes de que pudiera arrepentirme.
Guardé el celular y me dirigí a nuestra habitación. Cada paso por el pasillo se sentía como una procesión hacia mi propio entierro. Al entrar, el aroma a lavanda y cuero —el olor de Henry— me golpeó, pero ahora estaba contaminado. Entré en el cuarto y no encendí las luces. No quería ver las fotos en las paredes, no quería ver los recuerdos de treinta y cinco años que ahora se sentían como una farsa bien ensayada.
Me senté en el diván de terciopelo frente a la ventana, la misma donde lo había esperado tantas noches. Crucé las piernas con elegancia, dejando que mi vestido de seda se derramara sobre el suelo como un charco de sombra.
El silencio de la mansión era absoluto, interrumpido solo por el latido lejano de los corazones de mis hijos en sus respectivas alas del castillo. Pero mi atención estaba fija en el camino de entrada. Esperaba a Henry. Esperaba ver las luces de su carro rasgar la oscuridad, esperaba verlo entrar con esa sonrisa de "todo está bien".
—Ven a casa, Harry.
Susurré para las sombras, mientras mis ojos se volvían de un rojo encendido, iluminando la habitación con un fulgor sangriento.
—Ven y miénteme una vez más. Cuéntame sobre tus flores, sobre tus músicos y tus "detalles".
Me quedé allí, inmóvil como una gárgola, dejando que la furia se asentara en mis huesos. Mañana vería a Max, mañana saldría de este mausoleo de traiciones, pero esta noche... esta noche me quedaría aquí, en la penumbra, esperando a que el hombre que juró amarme hasta el fin de los tiempos cruzara la puerta con el alma manchada, sin saber que su reina ya no lo estaba esperando con los brazos abiertos, sino con el juicio final preparado.
*
El reloj de pared marcaba las horas con un golpeteo rítmico que parecía martillear mis sienes. El silencio de la alcoba era tan denso que podía escuchar el sutil siseo de las velas consumiéndose en el pasillo. Me quedé allí, en la penumbra, sintiendo cómo el frío de mi propia piel se mimetizaba con el ambiente. Ya no era solo una cuestión de celos; era la humillación de la traición lo que me estaba transformando.
Harry aún no llegaba. Cada minuto de su ausencia era una prueba más de su infamia. Me levanté del diván y caminé hacia su ataúd. Pasé la mano por la almohada, esa que pronto recibiría su cabeza llena de secretos. La suavidad de la tela me resultó repulsiva. En un movimiento lento, casi ritual, abrí el cajón de su mesa de noche. No buscaba pruebas físicas; buscaba la energía, el rastro de su culpa.
Encontré un pequeño reloj de bolsillo, un regalo que le hice hace una década. Al tocarlo, una visión borrosa de él riendo, ocultando su teléfono, me golpeó como un latigazo. Mi mandíbula se tensó.
—Treinta y cinco años reducidos a esto.
Susurré, dejando el reloj en su sitio.