Katherine
El silencio de la alcoba, ese que antes era nuestro refugio, se había convertido en un campo de batalla invisible. Me encontraba reclinada en el diván, con la mirada perdida en el baile de las sombras sobre el techo, hasta que el crujido de la puerta rompió la estática del aire. Sentí su presencia antes de escucharlo; su aroma, ahora mezclado con una nota extraña y discordante, invadió mi espacio.
Sintiendo que alguien entraba al cuarto, medio volteé la cabeza, apenas lo justo para confirmar lo que mis sentidos ya sabían. Era él.
—Llegas como tarde.
Dije, manteniendo los ojos cerrados, tratando de que mi voz no traicionara el volcán que rugía en mis venas.
—Pensé que estabas...
Empezó a decir, con ese tono vacilante que tanto empezaba a odiar.
—No, no lo estoy.
Lo interrumpí de golpe. Abrí los ojos y me incorporé con una lentitud que denotaba mi rango. Mi seriedad era un muro de hielo entre nosotros. Henry se detuvo a medio camino entre la puerta y los ataúdes. Dejó su chaqueta sobre una silla, intentando actuar con una normalidad que resultaba insultante.
—¿Estás molesta por algo?
Preguntó, soltando las palabras como si fueran plumas, como si el hecho de que su esposa lo esperara en la penumbra fuera un simple capricho de medianoche. Me levanté del diván. Mis movimientos eran fluidos, felinos, cargados de una tensión que hacía que las velas de la habitación oscilaran.
—Te he esperado por más de siete horas, Henry. Siete horas en las que el reloj parecía burlarse de mi paciencia mientras tú simplemente no aparecías.
Lo miré fijamente, clavando mis pupilas en las suyas, buscando ese rastro de verdad que solía encontrar con facilidad.
—¿Dónde estabas? Y antes de que abras la boca, ahórrate la humillación: no me digas que estabas con los preparativos del aniversario. Esa excusa no me la voy a creer, ya no. Dime la verdad.
Henry apretó los labios, y por un segundo vi un destello de duda en su mirada, una grieta en su armadura de mentiras. Pero luego, su rostro se endureció.
—Aunque no me creas, tenía una reunión de trabajo.
Cambió de escusa, y su voz sonó metálica, vacía.
—¿Con quién?
Di un paso hacia él, invadiendo su espacio personal, obligándolo a sentir el frío que emanaba de mi piel.
—Con alguien que no conoces.
Respondió él, esquivando mi escrutinio.
—Quiero saber su nombre.
Exigí. Mis uñas se enterraron en las palmas de mis manos. El aire en la habitación comenzó a vibrar con mi poder contenido.
—Si es alguien tan importante para tu "trabajo", no debería haber problema en nombrarlo, ¿verdad?
Lo que sucedió después fue como si el cielo se partiera en dos sobre nuestras cabezas. Henry, el hombre que siempre me había hablado con adoración, el hombre que bajaba el tono de voz solo para susurrarme promesas, estalló.
—¡Si quieres saber si te engaño, pues no! ¡No te engaño!
Grita.
El volumen de su voz retumbó en las paredes de piedra de la mansión. Me quedé helada, el susto me recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica. No fue solo el grito; fue la violencia en su mirada, el rechazo crudo que emanaba de él. Vi cómo se daba la vuelta bruscamente, dirigiéndose a la puerta con una urgencia que me hirió más que cualquier golpe.
—¿A dónde vas?
Alcancé a decir. Mi voz, antes firme y autoritaria, se redujo a un hilo de voz, a un susurro quebrado por la incredulidad.
—¡A otro lugar donde nadie me reclame nada!
Sentenció sin mirarme.
Salió del cuarto azotando la puerta con tal fuerza que los cuadros en las paredes temblaron. El estruendo del portazo fue el punto final de una conversación que nos dejó a ambos sangrando en la oscuridad.
Me quedé sola en medio de la habitación, con el eco de su grito perforándome los oídos. Me llevé una mano al pecho, sintiendo un vacío que ni toda la sangre del mundo podría llenar. No sé qué le pasa. Está muy raro, como si una sombra se hubiera apoderado de su alma y hubiera borrado al Henry que yo conocía.
Él nunca me había hablado así. Nunca. Ni siquiera en nuestros peores momentos, cuando el mundo se caía a pedazos, me había faltado al respeto de esa manera. Me duele... me duele que lo haga, porque ese grito fue la confirmación de que hay algo mucho más oscuro que el trabajo alejándolo de mí.
* * * * * *
Henry
El frío de la noche golpeó mi rostro en cuanto crucé el umbral de la mansión, pero no era nada comparado con el frío que sentía en el pecho. Mis manos temblaban, no de miedo, sino por la descarga de adrenalina y la rabia contenida. Al subirme al carro, el silencio del habitáculo me envolvió como una mortaja. Apoyé la frente contra el volante y cerré los ojos, escuchando el eco de mi propio grito rebotando en mi cabeza.
Creo que me pasé.