Clan Dracul: Guerra de Vampiros - Libro 3

Capítulo 8

Katherine

Ha pasado una semana desde que el silencio se instaló como un invitado permanente en nuestra mesa. Hoy, finalmente, es el día. Mi aniversario con Henry. Treinta y seis años de una eternidad que, hasta hace poco, me parecía inquebrantable. A pesar de la tormenta que ruge en mi interior, le tengo preparado un regalo especial; una pieza de mi historia que planeo entregarle frente a todos. Pero, sobre todo, ardo en deseos de saber qué tiene él para mí. ¿Será una joya, una canción... o será la verdad la que finalmente decore nuestro salón?

Me levanté del ataúd sintiendo el peso de la corona invisible que llevo. Henry no estaba en su ataúd; el sitio estaba frío, lo que indicaba que se había marchado antes de que la primera luz grisácea tocara los Cárpatos. Me puse una bata de seda negra y me dirigí a la cocina, el corazón de la mansión, esperando encontrar el silencio habitual de las mañanas.

Sin embargo, al entrar, me detuve en seco.

—¡Hijos! Qué gusto verlos.

Exclamé, dejando que una sonrisa genuina, la primera en días, iluminara mi rostro. Los saludé uno por uno, sintiendo la fuerza y la vitalidad que emanan de ellos.

—¿Qué hacen todos aquí tan temprano?

—Te queremos ayudar con todo para tu aniversario, mamá.

Dijo Edward, mientras organizaba unas carpetas con proveedores de banquete sobre la isla de granito.

—Ay, niños, no se molesten. Puedo encargarme de los detalles finales.

Respondí, aunque la calidez de su gesto me conmovía.

—Mamá, son muchas cosas las que tienes que hacer hoy y no vamos a dejar que te agotes.

Intervino Matthew con esa voz firme que tanto me recuerda a mi padre.

—Así que te vamos a ayudar, ¿sí? No aceptamos un no por respuesta.

—Está bien.

Dije, rindiéndome con un suspiro dramático y divertido a la vez.

Darcy, la más observadora de mis hijas, se acercó a mí con una chispa de picardía en los ojos.

—Mamá, mis tías están por llegar. Te van a llevar a comprar un vestido superlindo, uno que deje sin aliento a papá. Quieren que lo seduzcas como la primera vez.

—¡Darcy!

Sentí el calor subir a mis mejillas, invadida por una timidez que no pensé que tenía.

—Así mismo lo dijo mi tía Barbara, mami. Utilicé exactamente sus mismas palabras.

Añadió ella encogiéndose de hombros. No pude evitarlo; solté una carcajada limpia. En medio de tanto caos secreto, mis hijos son mi única ancla a la cordura.

*

Pasada una hora, el timbre de la mansión resonó con un repique familiar y enérgico. Al abrir la puerta, me encontré con el torbellino de energía que son mis hermanas.

—¡Hola, chicas!

Las recibí con los brazos abiertos. Después de meternos con mortales, ya sabemos lo que es abrazar.

—Hola, sister.

Dijo Barbara, entrando con el aire de una modelo de pasarela.

—¿Cómo estás, hermanita?

Preguntó Perrie, dándome un abrazo que olía a flores caras.

—Aquí bien, preparando todo para esta noche.

Les dije, tratando de ocultar el cansancio de mi alma.

—La celebración será en el Palacio de Mogosoaia, en el pabellón de cristal junto al lago. Quiero que la luz de la luna se refleje en el agua mientras brindamos.

—¿Y Henry? ¿No te está ayudando con los traslados?

Preguntó Danielle, mirando a su alrededor con curiosidad.

—No... no lo he visto desde anoche.

Respondí, y mi voz flaqueó un poco.

—¿O sea que ni siquiera te ha felicitado aún?

Eleanor dio un paso al frente, entrecerrando los ojos.

Negué con la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta. Miré a mis hermanas y, por un segundo, el aire se volvió denso. En sus caras, en la forma en que intercambiaron miradas rápidas y casi imperceptibles, vi que algo me están ocultando. Había una sombra de lástima mezclada con rabia en sus ojos que me hizo estremecer. Pero decidí no prestarle atención; hoy no. Hoy necesitaba ser la Katherine invencible.

—¿Nos vamos?

Pregunté, cambiando de tema.

Ellas asintieron de inmediato, aunque el silencio que siguió fue tenso. Me monté en el carro de Perrie, un deportivo que rugió al salir de la propiedad, y pusimos rumbo al centro comercial más exclusivo de la ciudad. Mientras el paisaje pasaba de largo, yo solo podía pensar en el vestido que elegiría. Será un vestido de guerra, de seda y poder, porque esta noche, en el pabellón de cristal, el destino de nuestra familia se decidiría para siempre bajo la mirada de todos los clanes amigos de Rumanía.

*

En la noche, el Pabellón de Cristal del Palacio de Mogosoaia se alzaba sobre el lago como una joya tallada por los dioses. La estructura, de un estilo neorumano exquisito, estaba iluminada por miles de velas flotantes que hacían que el cristal brillara con un fulgor espectral. El aroma de las orquídeas negras y los lirios de luna inundaba el aire, mezclándose con el perfume costoso de los líderes de los clanes más poderosos que ya se encontraban allí, esperando la gran entrada de la pareja dorada.




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