Katherine
Yo estaba frente al garaje, envuelta en las sombras, sintiendo cómo el frío del concreto subía por mis pies ahora descalzos. Mis manos, aún manchadas con la esencia de aquellos que se cruzaron en mi camino. Tenía a Henry acorralado entre sus autos de lujo, esos juguetes que ahora parecían ataúdes de metal. Estaba lista para desgarrar su garganta, para terminar con el hombre que había convertido mi eternidad en una broma de mal gusto.
Pero justo cuando iba a saltar sobre él, el aire cambió. Un olor a jazmín podrido y a magia antigua inundó el espacio. Las puertas pesadas del garaje se abrieron con un estruendo metálico, revelando una silueta que detuvo mi corazón muerto.
—Vaya, Katherine... siempre tan dramática.
La voz era una caricia de veneno.
Tatiana.
No era un fantasma. No era una alucinación. Estaba aquí, con la piel pálida de un depredador y ojos que brillaban con la malicia de quien ha esperado siglos por este momento. Henry, al verla, soltó un sollozo que me dio asco.
—¿Tatiana?
Balbuceó él.
—Hola, Henry.
Ella caminó hacia nosotros, ignorándome por completo, como si yo fuera un mueble más en este escenario de tragedia. Se acercó a él y, con un movimiento brusco, empujó mi hombro para quedar frente a su "amante".
—A mi casa no vas a entrar.
Siseé, y mis colmillos se extendieron tanto que hirieron mi labio inferior. Mis poderes rugían en mis oídos, pidiendo su cabeza.
—Oh, Katherine, querida. Esta ya no es tu casa. Es solo el lugar donde guardas tus fracasos.
Ella sonrió de forma cínica y sacó un sobre de manila de su bolso de diseñador. Se lo extendió a Henry.
—Vengo a decirte algo importante. Algo que ni siquiera el gran linaje de los Dracul podrá borrar.
Henry, con manos temblorosas, abrió el sobre. Sacó un papel, un examen médico con sellos de una clínica para vampiros. Sus ojos se abrieron como platos, y el papel estuvo a punto de resbalar de sus dedos.
—Esto... esto debe ser una broma.
Susurró él, mirando a Tatiana con terror.
—No lo es.
Respondió ella, tocándose el vientre con una satisfacción diabólica.
—Seremos padres, Henry. Voy a darte el hijo que siempre quisiste, uno que no tenga la sangre helada de esa mujer.
—¿Padres?
La palabra salió de mi boca con una dificultad agónica.
Sentí como si un rayo me hubiera atravesado el pecho. Treinta y seis años. 5 hijos. Una vida de mentiras. Y ahora, el golpe final: Henry iba a tener un hijo con la mujer que me cayó mal desde el principio. Mis lágrimas, calientes y amargas, empezaron a rodar por mis mejillas, manchando mi vestido de seda. La humillación pública en el palacio no fue nada comparado con esto. Esto era la erradicación total de lo que alguna vez fuimos.
—¡Katherine, yo...!
Henry intentó acercarse a mí, con el rostro bañado en llanto.
—¡QUIERO QUE TE VAYAS YA!
Mi grito provocó un trueno que hizo vibrar los cimientos de la mansión. El suelo del garaje se agrietó bajo mis pies.
—¡Vete de mi casa, de mi vista y de mi vida! No quiero volverte a ver, ni a ti, ni a esa... esa cosa que llevas dentro.
Dicho esto, no esperé a ver su reacción. Corrí a velocidad vampira, cruzando los pasillos que olían a traición, hasta encerrarme en nuestra habitación. El santuario que compartimos durante décadas ahora se sentía como una tumba.
Me metí en el ataúd, sollozando con una fuerza que sacudía mis pulmones. Mi vista se centró en el clóset de Henry, entreabierto, dejando ver sus trajes perfectamente planificados, su perfume impregnado en las telas. Caminé hacia él, sintiendo que cada prenda era un puñal.
La puerta de la alcoba se abrió con un gemido de madera. Henry estaba allí, de pie, destrozado, con la mirada de un perro apaleado.
—Katherine...
Intentó pronunciar mi nombre.
—Katherine nada.
Lo interrumpí, mi voz volviéndose una cuchilla de hielo.
—Lárgate de mi casa y llévate todas tus cosas. No quiero que quede ni un solo átomo de tu presencia aquí.
Utilicé mi telequinesis con una furia desatada. Las puertas del clóset estallaron, y toda su ropa, sus zapatos, sus libros de partituras y sus recuerdos volaron por los aires. Los lancé contra él, golpeando su pecho, su cara, llenando la habitación de un caos de telas y cuero.
—¡Vete y no vuelvas más!
Grité, expulsándolo de la habitación con una onda de choque invisible.
Cerré la puerta con tal fuerza que el marco se partió. Salí de allí, huyendo del rastro de su olor, y me refugié en el cuarto de Destiny. Ella no estaba, probablemente buscando consuelo con sus hermanos o está con sus amigos, pero su alcoba era el único lugar que aún se sentía puro.
Me acosté en un sofá amplio, encogiéndome en posición fetal. En medio de la oscuridad, llevé una mano a mi propio vientre. Un secreto que guardaba bajo siete llaves, una esperanza que planeaba darle como regalo de aniversario.