Edward
El aire en la gran sala de la mansión nunca había estado tan cargado de una solemnidad tan cortante. Las chimeneas de piedra tallada rugían con un fuego azulado, proyectando sombras largas sobre el tapiz de los ancestros. Éramos muchos, pero el silencio era absoluto, roto solo por el crujido de la madera y el goteo de la lluvia contra los vitrales.
Mi madre, presidía el salón desde el gran sillón de terciopelo negro. Se veía majestuosa, recuperada de la crisis, con una frialdad en la mirada que me recordaba a las antiguas leyendas de nuestra estirpe. A su lado, mis tías formaban una muralla de seda y poder. Pero el centro de gravedad éramos nosotros: los cinco hijos.
Yo, Edward, me mantenía de pie junto a mi esposa, sintiendo su mano firme sobre mi brazo. A mi lado estaba mi melliza, Darcy, cuyos ojos aún brillaban con una mezcla de dolor y furia contenida, acompañada de su esposo. Matthew permanecía con los brazos cruzados, una montaña de músculo y lealtad, con su mujer al lado. Luke, el cuarto, mantenía una expresión sombría, y la pequeña Destiny, nuestra luz, se sentaba a los pies de mamá, buscando en su conexión mística una respuesta que la lógica no podía dar.
Pero lo más doloroso era ver a los pequeños: mis hijos, los de Darcy y los de Matthew. Los nietos de mi padre, los mismos que él solía cargar en sus hombros mientras les cantaba canciones que ahora me parecen ceniza.
Mi madre tomó aire y su voz resonó, gélida y clara. Nos contó la verdad completa. No solo la infidelidad, sino quién era la mujer: Tatiana. Una vampira que representaba todo lo que el clan Dracul había intentado erradicar. Y lo más difícil de digerir: el hijo que ella esperaba de nuestro padre.
—Esa mujer no es una desconocida.
Dijo mamá, y vi cómo sus nudillos se blanqueaban.
—Es una serpiente que ha esperado en las sombras para asfixiar lo que construimos. Y ahora, su padre ha elegido darle un lugar en su vida a esa... criatura.
El impacto en la sala fue físico. Matthew soltó un gruñido bajo, y vi a Darcy apretar los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas.
—¿Un hijo con ella?
La voz de Matthew era pura estática
—¿Mientras nosotros estamos aquí, cuidando a mamá y protegiendo al bebé que viene en camino? ¿Él va a darle nuestro apellido a un bastardo nacido del engaño?
—Ese niño no es nuestra sangre.
Sentenció Darcy, levantándose con una elegancia letal.
—Si nuestro padre cree que puede reemplazar 36 años de historia y a cinco hijos legítimos con un error de cama, está más perdido de lo que pensábamos.
Miré a mis hijos, que jugaban en un rincón ajenos a la magnitud de la traición de su abuelo. Sentí una náusea profunda. Mi padre les había robado el derecho de admirarlo.
—Escuchen bien.
Dije, dando un paso hacia el centro del círculo, atrayendo la mirada de mis hermanos.
—Nuestra madre nos ha dado la noticia más hermosa en medio del infierno. Ese bebé que ella lleva en el vientre es el único hermano que reconoceremos. El único que protegeremos. Lo que sea que nazca de esa mujer... no existe para nosotros.
—Ni para nuestras parejas, ni para nuestros hijos.
Añadió Luke, hablando por primera vez con una determinación que me sorprendió.
—Papá ha muerto para este clan. Si alguna vez intenta cruzar ese umbral, no encontrará a su familia. Encontrará a los guerreros que él mismo ayudó a criar, listos para defender a mamá.
Destiny se puso en pie, mirando a mamá con una ternura infinita.
—Mi poder me dice que habrá guerra, hermanos. Pero no es una guerra de espadas, sino de voluntades. Y nosotros somos cinco contra dos sombras. Mamá, no temas. Tus hijos son tu ejército, y tus nietos serán el futuro que él nunca podrá tocar.
Las parejas de mis hermanos asintieron, mostrando un frente unido. En el mundo de los vampiros, la lealtad es la moneda más cara, y mi padre acababa de declararse en bancarrota.
—Hijos.
La voz de mamá volvió a suavizarse, pero no perdió su fuerza.
—Gracias. Lo que venga será difícil. Él intentará volver, pedirá ver a sus nietos, rogará por el perdón cuando la novedad de esa mujer se convierta en amargura. Pero para entonces, nosotros seremos una fortaleza impenetrable.
Nos acercamos todos a ella, formando un círculo cerrado. Mis hijos y sobrinos se acercaron también, sintiendo la gravedad del momento. No hubo lágrimas esta vez, solo una resolución de acero. Mi padre se había ido con una mujer que "sabía satisfacerlo", pero se había olvidado de que lo que realmente satisface a un hombre es el respeto de sus hijos y el amor de una reina. Y ahora, no tenía ninguna de las dos.
*
Me apoyé contra el marco de la puerta, observando la escena con el corazón hecho un nudo. A mi lado, mi esposa Pilar —la viva imagen de su madre, Eleanor— me apretaba la mano con fuerza. Ella siempre ha tenido esa sensibilidad de las "cupido", y podía sentir el rastro de la tristeza infantil flotando en el aire como polvo dorado.
—Ed, no van a dejar de preguntar.