Clan Dracul: Guerra de Vampiros - Libro 3

Capítulo 11

Henry

La cabaña en la que me he refugiado con Tatiana huele a encierro y a un jazmín sintético que me revuelve el estómago. No es el aroma a libros antiguos, sándalo y lluvia fresca de la mansión. No es el olor de Katherine. Me encuentro sentado frente a un ventanal empañado, observando cómo la neblina se traga los árboles, sintiéndome como un espectro que ha olvidado cómo cruzar al otro lado.

Mi vida sin ella ya no es vida; es una inercia dolorosa. Cada vez que cierro los ojos, veo el destello de furia negra en sus pupilas y escucho el crujir de los cristales del palacio. Sé que cometí el error más grande del mundo, una falta que no tiene nombre en el lenguaje de los hombres ni de los inmortales. Pero mi arrepentimiento es una marea negra que me asfixia, más grande que el error mismo, más pesado que la eternidad que ahora me toca enfrentar solo.

Esta mañana, el cartero dejó un sobre largo y frío sobre la mesa de la entrada. Al ver el sello del bufete de abogados de la familia Dracul, sentí que mi corazón —ese músculo traidor que todavía late por ella— se detenía.

Con manos temblorosas, abrí el sobre. Allí estaba: la carta del trámite del divorcio.

El documento detallaba la disolución de treinta y seis años en párrafos numerados, como si nuestro amor, nuestras noches de confidencias, el nacimiento de nuestros cinco hijos y la construcción de un imperio pudieran reducirse a términos legales y cláusulas de rescisión.

—No me quiero separar...

Susurré, y mi voz se quebró en la habitación vacía.

—No puedo perderte, Katherine.

—¿Henry? ¿Qué tienes ahí?

La voz de Tatiana llegó desde la cocina, cargada de una dulzura fingida que ahora me producía escalofríos.

Entró en la sala, tocándose su vientre con ese gesto triunfal que antes me daba esperanza y ahora me llenaba de una duda corrosiva. Se acercó y vio los papeles sobre mis rodillas. Sus ojos brillaron con una chispa de victoria que intentó ocultar rápidamente tras una máscara de compasión.

—Oh, Henry... es lo mejor. Así podremos empezar de cero. Por nuestro hijo.

Dijo, intentando poner una mano sobre mi hombro.

Me aparté de su toque como si su piel quemara.

—No hay un "nosotros", Tatiana. He destruido mi hogar. Mis hijos no me hablan. Mis nietos van a crecer pensando que su abuelo es un monstruo.

—Tienes un nuevo hijo en camino.

Siseó ella, y por un segundo, la máscara de Tatiana se agrietó, dejando ver la frialdad de la mujer que realmente es.

—Deberías estar agradecido de que yo esté aquí para recogerte del suelo.

Me levanté y caminé hacia el pequeño bar de la cabaña. Serví un trago de sangre, pero esto no lograba quemar el nudo que tenía en la garganta. Miré el piano que había en un rincón, un instrumento desafinado que no me atrevía a tocar. Sin Katherine, la música ha muerto en mí. No hay melodía en la traición, solo una disonancia insoportable.

Sé que ella no puede leerme el pensamiento, y doy gracias a los ancestros por eso, porque si pudiera ver el abismo de autodesprecio en el que nado, me despreciaría aún más. He sido un tonto. Un peón en un juego que apenas empiezo a vislumbrar.

Me senté de nuevo, con los papeles del trámite del divorcio en una mano y el vaso en la otra. El arrepentimiento es un castigo eterno, y yo apenas estoy en el primer día de mi condena. Si tan solo pudiera volver atrás, si tan solo pudiera borrar esa noche con Tatiana... pero el tiempo para los vampiros es una línea recta que no perdona. He perdido a la mujer que amo más que a mi propia vida, y lo peor de todo es que yo mismo puse la daga en su mano para que me cortara el cuello.

* * * * * *

Katherine

La lluvia golpeaba los cristales de la biblioteca con una insistencia casi personal, como si el cielo de esta ciudad intentara lavar la deshonra que aún flotaba en el aire de la mansión. Yo estaba sentada en el gran sillón de cuero, con una manta de piel sobre mis piernas para ocultar ese pequeño bulto en mi vientre que solo mi familia conocía.

El silencio de la casa fue interrumpido por el sonido de una de las gárgolas de la entrada avisando de una llegada. No era una visita. Era un mensajero humano, un pobre hombre tembloroso que no sabía que estaba entregando un pedazo de veneno envuelto en papel.

—Sra. Dracul...

Susurró Edward, entrando en la biblioteca. Ya no me llamaba "Sra. Socarras". Él mismo se había encargado de que todo el personal borrara ese apellido de su vocabulario.

—¿Que tendrá este sobre?

Edward me tendió un sobre de papel crema, ese papel que Henry siempre compraba en una pequeña tienda de Florencia. El aroma a sándalo y a su perfume personal me golpeó la cara antes de que mis dedos tocaran el sobre. Sentí una náusea violenta, no por el embarazo, sino por el descaro.

Abrí el sobre con una uña afilada, sintiendo cómo el papel crujía bajo mi desprecio. La caligrafía de Henry, esa que alguna vez me pareció poesía, ahora se retorcía ante mis ojos como gusanos en la tierra.

"Katherine, vida mía...




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