Clan Dracul: Guerra de Vampiros - Libro 3

Capítulo 12

Henry

Una semana. Siete días que se sintieron como siete siglos de agonía lenta. El tiempo para un vampiro suele ser un río manso, una corriente que fluye sin prisa porque sabemos que tenemos todo el tiempo del mundo. Pero esta semana, el tiempo fue una guadaña oxidada que me cortó la piel centímetro a centímetro.

Me encontraba en la sala de la cabaña, rodeado de un silencio que pesaba más que las montañas de Hunedoara. No había música. El piano permanecía cerrado, cubierto por una fina capa de polvo que parecía ceniza de mis propios sueños. Mis sentidos, agudizados por mi naturaleza depredadora, captaban cada crujido de la madera, cada latido lejano en el bosque, pero lo que más me dolía era lo que no escuchaba: el latido rítmico y elegante del corazón de Katherine, ese sonido que fue mi brújula durante treinta y seis años.

Me puse en pie, moviéndome con la gracia letal que solo un inmortal posee. Mis músculos estaban tensos, mi mandíbula apretada hasta el punto de casi fracturar mis propios colmillos. Por fuera, seguía siendo Henry Socarras, el hombre que podía someter a ejércitos con una mirada; por dentro, era un edificio en llamas cuyo techo estaba a punto de colapsar.

De pronto, un sonido metálico y mundano desgarró la atmósfera.

Din. Don.

El timbre. No era un sonido de bienvenida, era el tañido de una campana de funeral.

Caminé hacia la puerta principal. Cada paso resonaba en el suelo de mármol como un disparo. Mis ojos, inyectados en una penumbra dorada por la falta de alimentación y el exceso de pena, se fijaron en la madera tallada antes de abrirla.

Al abrir, me encontré con un hombre menudo, vestido con un traje gris impecable. El abogado de la familia Dracul. Me maldije internamente. Deseé, por un segundo, perder el control, mostrarle mi verdadera naturaleza y hacerlo huir por las colinas, pero Katherine merecía más que un acto de barbarie. Merecía mi firma.

—Buenas tardes, señor Socarras.

Saludó el hombre, manteniendo una distancia prudencial. Sus ojos delataban que sabía exactamente frente a qué tipo de criatura estaba.

—Buenas.

Respondí. Mi voz salió como un gruñido profundo, una vibración que hizo que el abogado diera un paso imperceptible hacia atrás.

—Vengo de parte de mi clienta, la señora Katherine Dracul.

Dijo, recuperando la compostura profesional.

—Ella ha sido muy clara.

—Dígame.

Insté, apoyando una mano en el marco de la puerta. La madera crujió bajo la presión de mi fuerza sobrenatural.

El abogado sacó un sobre de cuero negro. Lo abrió con una parsimonia que me resultaba insultante y extrajo un fajo de papeles con sellos notariales.

—Tome.

Me extendió los documentos y un bolígrafo de plata.

—Mi clienta ya ha estampado su firma. El proceso ha sido ratificado por el consejo de los clanes. Solo falta su rúbrica para que el vínculo matrimonial quede disuelto de forma definitiva.

Miré los papeles. Allí, en la parte inferior, estaba la firma de Katherine. Era firme, elegante, sin un solo rastro de duda. Me dolió ver que su pulso no había temblado al borrarme de su vida.

—Señor Socarras, no me obligue a ser descortés. Si decide negarse o dilatar este proceso, mi clienta me ha instruido para llevar este asunto a los juzgados del Consejo Supremo. Y usted sabe que en ese tribunal, su historial reciente no le favorece.

Tomé el bolígrafo. Mis dedos, capaces de arrancar puertas de sus bisagras, se sentían débiles al sostener aquel pequeño objeto de plata. Bajé la mirada hacia el papel. Mis ojos empezaron a arder, no con el fuego de la sed, sino con la humedad del arrepentimiento más puro. Una lágrima solitaria, pesada y ardiente, cayó sobre el documento, justo al lado del nombre de la mujer que amo.

Con el alma hecha jirones, deslicé la punta del bolígrafo sobre la línea de puntos. Henry Socarras.

Cada letra se sintió como una puñalada en mi propio pecho. Al terminar, le entregué los papeles al abogado sin mirarlo a la cara. Mi orgullo de vampiro fuerte me obligaba a mantener la cabeza alta, pero mi corazón “humano” estaba suplicando por una muerte definitiva.

El abogado asintió, guardó los papeles con una eficiencia aterradora y se retiró hacia su vehículo. Esperé a que el sonido del motor se perdiera en la distancia. Solo entonces, cerré la puerta.

Me apoyé contra la madera, deslizándome hacia el suelo mientras el aire abandonaba mis pulmones. La fuerza que me definía se evaporó. Me llevé las manos a la cabeza y empecé a llorar. Era un lamento desgarrador que vibraba en las paredes, un aullido de dolor de una bestia que ha perdido su hogar, su propósito y su alma.

—Ahora sí...

Gemí entre sollozos, golpeando el suelo con el puño, dejando grietas en el mármol.

—Ahora sí te perdí para siempre, Katherine. Mi reina... mi vida... te he perdido.

* * * * * *

Katherine

El abogado entró en la biblioteca de la mansión con la parsimonia de quien porta un acta de defunción. El eco de sus pasos sobre el mármol me recordó al goteo de una clepsidra marcando el final de una era. Yo estaba de pie frente al ventanal, observando cómo la niebla de los Cárpatos se tragaba los jardines, con una mano descansando sobre mi vientre, protegiendo ese secreto que latía con una fuerza renovada.




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