Clan Dracul: Guerra de Vampiros - Libro 3

Capítulo 13

Destiny

Ha pasado exactamente un mes desde que el mundo que conocíamos se partió en dos. Treinta días desde que el silencio en la mansión dejó de ser pacífico para convertirse en un sepulcro. Mi papá, ya no es más que un eco que mis hermanos intentan borrar de los pasillos, y mi madre... mi madre es una herida abierta que camina con la elegancia de una mártir.

Es obvio para cualquiera que tenga ojos, y más para mí que veo lo que otros ignoran: ella lo ama. Lo ama con una locura que trasciende el divorcio, la traición y el tiempo. Veo su aura cada noche cuando cree que nadie la observa; es un gris azulado, una neblina de melancolía que se aferra a su piel como un sudario. Se sienta en la biblioteca, acariciando el borde de los libros que él solía leer, y aunque su rostro es de mármol, su alma está gritando el nombre de Henry en una frecuencia que solo el dolor puede sintonizar.

Pero lo que más me inquieta no es la tristeza de mi madre. Es lo que ha llegado para alimentarse de ella.

Desde que las firmas se secaron en el papel del divorcio, el supuesto "mejor amigo" de mi madre, Max, se ha vuelto una presencia constante, casi asfixiante. Está más cerca de ella que nunca, deslizándose por la mansión con la familiaridad de un dueño y la suavidad de una serpiente sobre terciopelo.

Quieren que les diga la verdad: no me cae para nada bien. Hay algo en la vibración de su voz que suena a cristal roto, algo en su mirada plateada que no refleja la luz, sino que la devora.

Hoy lo observé desde el rellano de la escalera mientras "consolaba" a mi madre en el salón.

—Katherine, debes dejar de mirar hacia atrás.

Le decía él, con esa mano apoyada en su hombro de forma tan posesiva que me daban ganas de arrancársela.

—El pasado es un ancla. Yo estoy aquí para ser tu vela, para llevarte a un nuevo reino donde no existan las mentiras.

Mi madre asintió débilmente, buscando en él un apoyo que no debería necesitar. Pero yo vi lo que ella no pudo ver. Vi cómo, por un breve segundo, los dedos de Max se cerraron sobre su hombro con una fuerza innecesaria, una pequeña muestra de control oculta tras una caricia.

Sé que Max está escondiendo algo. Lo sé porque las sombras de la mansión se apartan cuando él pasa, como si le tuvieran miedo. Lo sé porque mis cartas del tarot siempre muestran El Diablo y La Luna cuando pregunto por sus intenciones: una mezcla de ataduras materiales y engaños profundos.

Él se ha ganado a Edward, a Matthew y a Luke con ese falso heroísmo del monasterio. Los tiene convencidos de que es el salvador del linaje Dracul. Pero yo soy la mística de esta familia, la que escucha los susurros de los ancestros, y ellos me dicen que el aire alrededor de Max huele a azufre y a planes antiguos.

Él cree que soy solo una niña distraída con visiones, una "pequeña mística" a la que puede ignorar. Pero se equivoca.

—Te estoy observando, Max.

Susurré desde la oscuridad, apretando mi amuleto de obsidiana entre los dedos.

—Sé que no estás aquí por amistad, ni por amor. Estás aquí por el trono, para quedarte con todo.

He empezado a notar patrones. Max desaparece a altas horas de la madrugada, regresando justo antes del alba con el rastro de un frío que no pertenece a nuestros bosques. He visto hilos negros, casi invisibles, que conectan sus palabras con la voluntad de mis hermanos, nublándoles el juicio, haciéndoles creer que mi papá es el único demonio en esta historia.

Voy a descubrir qué escondes, Max. Aunque tenga que bajar a los infiernos de la memoria de los clanes para encontrar tu verdadero nombre. Porque mientras mi madre llora por un amor perdido, tú estás construyendo una jaula de oro a su alrededor.

Y yo no voy a permitir que mi madre se convierta en el trofeo de un impostor. La cacería ha comenzado, y esta vez, el depredador no es el que tiene los colmillos más largos, sino la que puede ver en la oscuridad total.

* * * * * *

Henry

El silencio en la cabaña de la montaña no era paz; era un vacío ensordecedor que me devoraba las entrañas. Mi vida se volvió oscura, una noche perpetua sin estrellas, desde aquel instante en que la pluma rayó el papel del divorcio y me separé de Katherine. No sé qué haré sin ella. Cada rincón de esta casa, cada sombra que se proyecta en las paredes de madera, parece burlarse de mi soledad, recordándome que el trono que compartí con ella ahora es solo un asiento frío en un exilio que yo mismo provoqué.

Pero el silencio duró poco. Tatiana estaba allí, moviéndose por mi sala con una familiaridad que me provocaba náuseas. Su presencia era un recordatorio constante de mi error, una cadena de oro y sangre que me mantenía anclado a una realidad que detestaba. Me tiene cansado con lo del bebé; cada palabra sobre cunas, linajes y futuros compartidos se clavaba en mis oídos como agujas de plata.

—¡Henry! ¿Me estás prestando atención?

El chillido de Tatiana rasgó el aire, agudo y demandante.

Cerré los ojos con fuerza, tratando de retener la imagen del rostro de Katherine en mi mente antes de que se disolviera.

—¿Qué dices?

Solté, emergiendo de las profundidades de mis pensamientos. Sacudí la cabeza, tratando de enfocar la vista en la mujer que tenía enfrente.




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