Edward
Tres años. Mil noventa y cinco noches han transcurrido desde que el apellido Socarras fue arrancado de los muros de nuestra mansión y sustituido por la sombra persistente de Max. El tiempo, que para nosotros los inmortales suele ser un suspiro, esta vez ha pesado como el plomo.
Mi madre, ha rehecho su vida. O al menos eso es lo que el mundo ve cuando ella camina del brazo de Max por los salones del Consejo de los clanes. Él es ahora el consorte, el protector, el hombre que aprovechó cada grieta del corazón roto de mi madre para cimentar su propio imperio. Mis hermanos y yo... no estamos contentos. Aunque fingimos una tregua armada por respeto a ella, el aire en la mansión sigue oliendo a azufre y a secretos mal enterrados. Darcy y Destiny apenas pisan la propiedad; prefieren el exilio que respirar el mismo oxígeno que el de Max.
Pero lo que mantiene la tensión en un punto de ebullición es el pequeño Christian.
Mi hermano menor, el bebé que nació bajo el reinado de Max, es una burla viviente para el impostor. Christian tiene tres años y es, en cada fibra de su ser, una copia exacta de mi padre. Tiene sus rizos rebeldes, sus ojos verdes que parecen contener bosques antiguos y esa sonrisa ladeada que desarma a cualquiera. Cada vez que Max mira al niño, sus pupilas plateadas se contraen con un odio que apenas puede disimular. Christian es el recordatorio diario de que, aunque Max esté en el ataúd con mi madre, mi padre sigue siendo el dueño de su sangre.
* * * * * *
Henry
La vida no ha vuelto a ser la misma. El color se drenó del mundo el día que firmé aquel papel, y desde entonces, habito en una escala de grises. He intentado rehacer mi vida, pero es una farsa trágica. Estoy atrapado con la persona que menos quiero en este universo.
Vivimos en una cabaña lujosa, pero para mí no es más que una celda de oro. Tatiana se pasea con la arrogancia de quien se cree victoriosa, recordándome a cada segundo que ella fue quien "se quedó". El bebé nació, un niño al que ella mima con una devoción que me resulta asfixiante. Lo llamamos Drake, pero cuando lo miro, no siento el tirón de la sangre. No siento ese hilo invisible que une a un padre con su descendencia.
Drake no se parece en nada a mí.
No tiene mis rasgos, ni mi aura, ni ese fuego característico de mi familia. Tiene una piel inusualmente pálida, casi translúcida, y unos ojos de un color grisáceo que me resultan inquietantes. Cada vez que lo cargo, una duda corrosiva me quema las entrañas: ¿Es este hijo realmente mío?
Hoy, mientras Tatiana descansa y yo observaba al niño jugar con unas piezas de obsidiana en el suelo, me quedé petrificado. Drake hizo un gesto con la mano, una forma de inclinar la cabeza mientras sonreía con una suficiencia que no pertenece a un niño de su edad.
—Esa mirada...
Susurré, sintiendo un escalofrío que me recorrió la columna vertebral.
Le veo un parecido asombroso a alguien que conozco, alguien que ha estado en mis pesadillas recientemente, alguien cuyo rastro he estado oliendo en los límites de mi bosque. Pero mi mente, nublada por la depresión y el desprecio hacia Tatiana, no logra ponerle un nombre a ese rostro. Es una cara que he visto en los pasillos de la diplomacia vampírica, o quizás en el reflejo de una traición que todavía no termino de comprender.
Ese niño tiene la mirada de un depredador que sabe ocultarse tras una máscara de inocencia. Tiene la mirada de... Max.
La sospecha me golpeó como un impacto físico. ¿Si Tatiana y Max estaban vinculados desde antes?... ¿Si este niño es la prueba de una conspiración que empezó mucho antes de que yo cometiera mi error?... Entonces, todo lo que perdí —Katherine, mis hijos, mi hogar— no fue un accidente. Fue una ejecución planificada.
Apreté los puños hasta que mis uñas perforaron mis palmas. Miré hacia las montañas, hacia la mansión donde mi verdadero hijo, Christian, seguramente estaría corriendo con el rostro que yo le di —hace mucho se que tengo otro hijo, yo lo sé todo—. El tiempo de lamentarse ha terminado, ahora empieza la verdadera guerra.
* * * * * *
Destiny
Tres años. Tres años sintiendo que el aire de mi propia casa está envenenado. La mansión, que antes era un templo de fuerza y linaje, ahora parece el mausoleo de la dignidad de mi madre. Max ha tejido una red tan fina que incluso mis visiones se enredan en ella, mostrándome solo fragmentos de una verdad que se me escapa entre los dedos.
Estábamos reunidos en el invernadero de cristal, el único rincón donde el aroma de las orquídeas negras logra disimular el rastro de azufre que Max deja a su paso.
—Chicos, ya no soporto más.
Solté, apretando los puños hasta que mis nudillos se pusieron blancos.
—Ese tipo no me cae nada bien. No es solo intuición, es un rechazo físico. Mi magia grita cada vez que entra en una habitación.
—Ni a nosotros, Des.
Respondió Darcy, afilando una de sus dagas de plata con una parsimonia letal.
—El ambiente en las cenas es insoportable. Verlo sentarse donde debería estar papá... es un insulto que se renueva cada noche.
Me pasé una mano por el cabello, frustrada. Durante todo este tiempo he tratado de averiguar qué esconde, pero no he podido. Sabe disimular muy bien lo que realmente es. Sus escudos mentales son murallas de granito; no hay grietas, no hay fugas de pensamiento. Es un profesional del engaño.