Clan Dracul: Guerra de Vampiros - Libro 3

Capítulo 16

Henry

El mundo pareció detenerse en el instante en que el grito de Katherine se extinguió. No fue un desmayo elegante, de esos que se ven en las novelas humanas; fue un colapso absoluto, como si los cimientos de su alma hubieran sido dinamitados desde dentro. Vi cómo sus ojos miel se ponían en blanco y sus rodillas cedían, golpeando el suelo con un sonido seco que me dolió más que cualquier herida de plata.

—¡MAMÁ!

Rugieron mis hijos al unísono, pero yo fui más rápido.

Antes de que su cabeza tocara el frío mármol, mis brazos ya estaban alrededor de ella. La estreché contra mi pecho, sintiendo su cuerpo lánguido y frío, una muñeca de porcelana rota en medio de una guerra que yo no supe evitar. El poder que emanaba de ella segundos antes, esa onda expansiva de dolor puro, se había disipado, dejando tras de sí un silencio sepulcral y el olor a ozono de la tormenta.

—¡Mamá! ¡Despierta!

Darcy se arrojó a nuestro lado, sollozando, mientras Edward y Matthew se quedaban paralizados.

—Llévenla a su ataúd.

Ordenó Barbara, entrando en la habitación con el rostro desencajado por la tragedia.

—Henry, suéltala, necesitamos revisarla. El choque emocional ha bloqueado sus poderes.

—No.

Mi voz sonó como un gruñido profundo, una advertencia que hizo que incluso las sombras de los rincones retrocedieran.

Cargué a Katherine en mis brazos, acomodando su cabeza en mi hombro. Después de tres años de desierto, volver a tenerla así, aunque fuera en medio de este desastre, era una tortura agridulce. Sus hermanas intentaron acercarse, pero mi mirada las detuvo en seco.

—No me voy a separar de ella.

Sentencié, caminando hacia sus aposentos con una determinación de hierro.

—Ni un paso. Ni un segundo. Ella despertará y yo estaré aquí para sostener lo que queda de nosotros.

La acosté en su ataúd, me senté a su lado, tomando su mano pálida entre las mías. Estaba helada, más de lo que ya era.

Mis hijos se quedaron en el umbral de la puerta, observándonos. Vi en sus rostros una mezcla de alivio por vernos juntos y de terror absoluto por lo que vendría después.

—Vayan a descansar.

Les dije, sin apartar la vista del rostro sereno y atormentado de Katherine.

—Edward y Darcy, organicen a los guardias. Matthew, ayuda a Luke a recuperarse del trance. Destiny... quédate cerca, tu magia será la primera en sentir si Max intenta comunicarse.

—Pero papá...

Comenzó Edward.

—Vayan.

Repetí, y esta vez mi voz no aceptó réplicas.

Se retiraron en silencio, cerrando las pesadas puertas de madera. Me quedé solo con ella, con el sonido de la lluvia golpeando los vitrales y el tic-tac de un reloj que parecía contar los segundos de vida que le quedaban a mi hijo Christian en manos de ese imbécil.

Me incliné sobre ella, rozando su frente con mis labios. Katherine respiraba con dificultad, atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar porque la realidad era mucho peor.

—Perdóname, Kathe.

Susurré contra su piel.

—Perdóname por haberme ido, por haber dejado que ese parásito ocupara mi lugar. Pero juro por la sangre que corre en nuestras venas que no te dejaré caer de nuevo. Voy a encontrar a nuestro hijo, y cuando lo haga, Max y Tatiana desearán no haber nacido nunca.

* * * * * *

Katherine

La oscuridad no era un vacío; era una marea de brea que me asfixiaba. En mis sueños, Christian corría por un campo de flores que se convertían en ceniza bajo sus pies, gritando mi nombre mientras una sombra con el rostro de Max lo envolvía. Intenté alcanzarlo, pero mis manos eran de humo.

Desperté con un espasmo, el aire entrando en mis pulmones como si fueran fragmentos de vidrio. Mis ojos se abrieron de golpe y lo primero que registraron fue el techo de seda de mi alcoba, pero el peso que sentía en mi pecho no era el de las mantas. Era una presencia. Una energía eléctrica, cargada de lluvia y una furia antigua que conocía demasiado bien.

Giré la cabeza lentamente, con el cuello rígido. Allí, sentado en un sillón al lado de mi ataúd, bañado por la luz mortecina de la luna que se filtraba por los ventanales rotos, estaba Henry.

El silencio en la habitación era tan denso que podía escuchar el crujido de su chaqueta de cuero mientras respiraba. Me quedé paralizada. Mi mente, aún nublada por el desmayo, intento procesar la imagen: el hombre al que expulsé de mi vida, el que me traicionó con Taylor, estaba aquí, custodiando mi descanso como si los últimos tres años de odio no hubieran existido.

—Henry...

Mi voz fue un graznido seco. Intenté incorporarme, pero el mareo me obligó a retroceder contra las almohadas.

Él no se movió. No intentó tocarme, pero sus ojos verdes, encendidos por una luz salvaje, se clavaron en los míos. No había ternura en su mirada, solo una determinación sombría que me heló la sangre.




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