Max
El aire en la planta principal de la cabaña estaba cargado con el olor del whisky caro y el perfume floral de Tatiana, una mezcla que en este momento me resultaba nauseabunda. Afuera, el bosque de pinos se doblaba bajo el látigo del viento, pero dentro, el silencio solo era interrumpido por el crujido de la leña en la chimenea y los sollozos rítmicos que subían desde el sótano.
Tatiana caminaba de un lado a otro, sus tacones golpeando el suelo de madera como disparos. Se detuvo frente al gran ventanal, mirando hacia la oscuridad, buscando quizás el rastro de la tormenta o el de los enemigos que sabía que vendrían.
—Ya es hora de que hagamos la segunda parte del plan.
Dijo ella, girándose hacia mí con una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos.
—Henry y Katherine ya deben estar revolcándose en su propia desesperación. Es el momento de enviarles el primer "recuerdo" del niño para que sepan que no estamos jugando.
Me serví una copa de cristal, observando el líquido ámbar con una calma que contrastaba con su agitación. La traición es un plato que prefiero servir frío, pero Tatiana siempre ha preferido el fuego.
—Sí, pero ahora te toca a ti.
La miré fijamente por encima del borde de mi copa.
—Yo solo no me voy a ensuciar las manos, Tatiana. He hecho mi parte: saqué al niño de la mansión bajo las narices de sus hermanos. El resto del castigo físico... te pertenece.
Tatiana soltó una risa seca, llena de un resentimiento que había cultivado durante años de vivir a la sombra del recuerdo de Katherine.
—Ahhh, está bien, yo lo hago.
Respondió con un tono caprichoso, como si estuviera aceptando una tarea doméstica trivial.
—Me debe tantas, que cobrarle a través de su cachorro será un placer que no pienso delegar.
En ese preciso instante, un grito agudo y desgarrador perforó la madera del suelo, subiendo desde las profundidades de la casa.
—¡Quiero a mi mamiiiiii!
Lloraba el pequeño Christian.
El sonido era puro dolor, una súplica que habría ablandado el corazón de cualquier mortal, pero que en esta habitación solo servía para encender la mecha de la locura. Tatiana dejó su copa sobre la mesa con un golpe seco y se dirigió hacia la puerta del sótano con una velocidad depredadora.
Bajé detrás de ella, observando desde las sombras de la escalera. Christian estaba allí, encogido, con sus rizos oscuros pegados a la frente por el sudor y las lágrimas. Sus ojos verdes, tan idénticos a los de su papá que resultaba insultante, estaban fijos en la puerta.
—¡CÁLLATE, MALDITO MOCOSO!
Rugió Taylor.
No hubo advertencia. Su mano cruzó el aire y el impacto resonó en las paredes de piedra del sótano. El golpe lanzó la cabeza del niño hacia un lado, cortando su grito de golpe. Christian se quedó en silencio por un segundo, temblando, antes de estallar en un llanto aún más profundo, uno que nacía del alma.
Tatiana no se detuvo. Lo miró con un asco infinito, disfrutando del rastro rojo que su mano había dejado en la mejilla del niño.
—Tu madre no te oye.
Siseó ella, inclinándose hasta que su aliento rozó el oído de Christian.
—Y para cuando te encuentre, desearás que nunca lo hubiera hecho.
* * * * * *
Henry
El aire en la habitación de Katherine todavía vibraba con el eco de su dolor. Verla así, desmoronada y con las manos apretando su pecho como si intentara detener una hemorragia invisible, me estaba consumiendo. Cada vez que ella sentía un golpe en la distancia, yo sentía una puñalada en mi orgullo. No podía permitir que se arriesgara en este estado; su desesperación la hacía poderosa, pero también vulnerable, y Max es un experto en alimentarse de la debilidad ajena.
—No quiero que te pase nada, yo voy por él.
Le dije, sosteniendo su mirada con una intensidad que detuvo el tiempo.
Nos miramos a los ojos durante lo que pareció una eternidad. En ese silencio, tres años de muros, mentiras y distancia se derrumbaron. A pesar del caos, a pesar de Tatiana y de la traición de Max, el amor que sentíamos el uno por el otro brillaba con una luz tan pura que dolía. Era un hilo rojo que ninguna sombra podía cortar. Le di un último apretón en la mano, una promesa silenciosa de que volvería con nuestro hijo, y salí de la mansión directo hacia el único lugar donde podía encontrar el rastro final: mi propia casa.
Corrí a través del bosque, una mancha borrosa entre los pinos empapados. Al entrar en mi casa, esperaba encontrar el vacío o, quizás, a una Taylor preparada para la guerra. Pero lo que vi al cruzar el umbral me dejó petrificado.
En medio de la estancia, sentado en el suelo con un juguete roto, estaba el otro niño. El que lleva mi apellido, pero no mi esencia.
—¿Drake?
Solté, sorprendido. El pequeño levantó la vista, sus ojos grises parpadeando con una mezcla de miedo y alivio.
—Hola, papi.