Clan Dracul: Guerra de Vampiros - Libro 3

Capítulo 18

Destiny

La atmósfera en el gran salón de la mansión era una cuerda de violín tensada hasta el punto de ruptura. Mi madre, estaba de pie junto a la chimenea, con el rostro pálido y los ojos inyectados en una determinación sombría, rodeada por mis tías. Mis hermanos y yo revisábamos nuestras armas en un silencio sepulcral, esperando la señal de mi padre.

De pronto, el aire cambió. El aroma a bosque y tormenta anunció su llegada antes de que las pesadas puertas de roble se abrieran de par en par. Pero no entró el guerrero solitario que esperábamos.

Mi papá cruzó el umbral cargando a un niño pequeño. Al entrar, todos nos quedamos paralizados, con las dagas a medio afilar y los hechizos congelados en los labios, mirando al pequeño que mi padre sostenía contra su pecho con una protección casi feroz.

—¿Quién es él, papá?

Preguntó Luke, rompiendo el silencio con una voz cargada de una sospecha instintiva.

—Él es Drake, mi hijo.

Respondió mi papá. Su voz fue baja, pero audible en cada rincón del salón, resonando como una sentencia.

Vi a mi madre tensarse. El nombre de ese niño era el eco de la traición, el recordatorio viviente de los tres años que los separaron. Sin embargo, algo cambió en su mirada cuando vio la fragilidad del pequeño Drake. Con una elegancia soberana, mi mamá se acercó a ellos. Sus ojos miel, antes fríos como el hielo, se suavizaron con una chispa de esa piedad que solo una madre posee.

—¿Puedo?

Le preguntó a papá, extendiendo los brazos. Mi padre asintió, entregándole al niño con una confianza que nos dejó a todos sin aliento.

—Hola, pequeño.

Dijo mamá mientras lo cargaba, acomodándolo en su cadera como si lo hubiera hecho toda la vida.

—Así que tú eres Drake.

—Sí.

Respondió el niño, encogiéndose un poco, abrumado por la magnificencia de mi madre y la altura de los techos.

—¿Tú quién eres?

—Yo soy Katherine.

Respondió ella con una sonrisa triste pero dulce.

—La mamá de tus medios hermanos.

Drake abrió mucho los ojos, su timidez luchando contra una curiosidad repentina.

—¿Tengo hermanitos?

—Así es, cariño.

Mamá hizo una pausa, señalándonos a cada uno de nosotros mientras permanecíamos como estatuas de un pasado que él no conocía.

—Los chicos que ves ahí son mis hijos. Él es Edward... ella es Darcy... Matthew... Luke... Destiny...

Se detuvo un segundo, y el aire pareció escaparse de la habitación.

—Y Christian, que no está aquí.

Concluyó, y su voz se quebró al final.

—Tranquila, mamá.

Intervino Darcy, acercándose para poner una mano en su hombro.

—Vamos a encontrar a mi hermano.

Drake, con la inocencia que solo un niño ajeno a la guerra puede tener, ladeó la cabeza.

—¿Por qué no está?

Papá dio un paso al frente, colocándose al lado de mi mamá. En ese momento, vi la imagen de lo que alguna vez fuimos: una unidad, un frente común. Mi padre miró a mamá a los ojos antes de responderle al pequeño.

—Una persona muy mala se lo llevó.

Respondió papá con una firmeza que hizo vibrar las ventanas.

—Pero lo vamos a encontrar. Te lo prometo.

En este salón, la llegada de Drake no trajo más división, sino una extraña claridad. Él se ha convertido en el puente que los obligaba a mirarse de frente. Mamá bajó a Drake al suelo y lo entregó al cuidado de mi tía Danielle, que se lo llevó hacia la cocina para darle de comer.

Cuando el niño salió del salón, el silencio regresó, pero esta vez era distinto mis padres se quedaron solos en el centro del salón, envueltos en la luz de los candelabros.

—No es su culpa, Katherine.

Dijo papá, rompiendo el silencio.

—Él es solo una víctima más de los juegos de Tatiana y Max.

—Lo sé.

Respondió ella, endureciendo su expresión.

—Y por eso mismo, esta noche termina todo. Si Max cree que puede usar a los hijos de este linaje para sus planes, le enseñaremos por qué el apellido Dracul todavía se escribe con sangre.

* * * * * *

Katherine

El salón de la mansión, que alguna vez fue un símbolo de mi poder absoluto, se sentía ahora como una jaula de cristal. Ver a Drake allí, sentado en una de mis sillas con un trozo de pastel que Danielle le ha dado, era una visión surrealista. No le veo rasgos de Henry, pero si veo que en su mirada hay una sombra de soledad que me recordaba constantemente a la mujer que me lo había arrebatado todo. Sin embargo, no podía odiarlo. No a él.

Me alejé del grupo, caminando de un lado a otro. Sentía cada fibra de mi cuerpo tensa, como una cuerda a punto de romperse.




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