Clan Dracul: Guerra de Vampiros - Libro 3

Capítulo 19

Henry

El patio de la mansión era un océano de sombras y acero. Cientos de vampiros del clan esperan en formación, sus ojos brillando en la oscuridad como brasas vivas. El aire vibraba con el batir de las alas y el murmullo de las espadas siendo desenvainadas. Era la visión de un ejército que no buscaba la victoria, sino la aniquilación total de quien se atrevió a tocar a su estirpe.

Me acerqué a Drake, que estaba parado junto a uno de los pilares de mármol, mirando con ojos desorbitados la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Su pequeña figura parecía tan frágil en medio de tanta muerte inminente.

—Ven aquí, pequeño.

Dije, extendiendo mis brazos.

Iba a cargar a Drake para llevarlo volando, ya que él todavía no sabe cómo hacerlo. Quería mantenerlo pegado a mi pecho, protegerlo con mi propio cuerpo durante el trayecto hacia Transilvania.

Sin embargo, antes de que mis manos pudieran tocarlo, una ráfaga de viento me pasó por un lado. Katherine se me adelantó. Con una agilidad que solo la furia maternal puede otorgar, ella cargó al niño con una delicadeza sorprendente.

—Yo lo llevo.

Sentenció ella, mirándome con un fuego en los ojos que no admitía discusión.

Drake la miró asustado por un segundo, pero al sentir la calidez del poder de Katherine, se aferró a su cuello. Ella acomoda su capa y se lo lleva volando hacia los límites del bosque, elevándose sobre las copas de los pinos con una gracia letal.

Yo no perdí el tiempo. Estiro la capa, sintiendo cómo la fuerza reclamaba el cielo. Salté al vacío y emprendí vuelo. Detrás de nosotros, como una nube de tormenta, el clan entero alzó el vuelo, oscureciendo la luna naranja.

El trayecto hacia el parque abandonado de Transilvania fue un viaje a través de las pesadillas. Katherine volaba a la cabeza, con Drake protegido entre sus brazos. Verla así, llevando al hijo de la mujer que intentó destruirnos, me hizo comprender que la justicia de Katherine era tan grande como su venganza. No iba a permitir que Drake sufriera por los pecados de Tatiana, pero tampoco iba a dejar que ella se saliera con la suya.

—¡Falta poco!

Rugió Edward desde mi flanco derecho, señalando hacia las ruinas de lo que alguna vez fue el corazón del ocio vampiro.

A lo lejos, las siluetas oxidadas de la noria y las montañas rusas empezaron a emerger de la niebla como esqueletos de gigantes. El parque abandonado estaba sumido en un silencio antinatural, un vacío que incluso los animales del bosque evitaban. No había luces, no había música; solo el crujido del metal viejo bajo el viento.

Katherine empezó a descender, girando en espiral hacia la plaza central del parque. Yo aterricé justo a su lado, con las garras listas y los sentidos alerta. En cuanto sus pies tocaron el suelo, ella bajó a Drake y lo colocó detrás de ella, protegida por su capa.

—¡TATIANA! ¡MAX!

El grito de Katherine resonó por todo el parque, haciendo que las estructuras de metal vibraran.

—¡ESTAMOS AQUÍ! ¡TRAIGAN A MI HIJO O CONVERTIRÉ ESTE LUGAR EN SU PIRA FUNERARIA!

De entre las sombras de un carrusel derruido, dos figuras empezaron a caminar lentamente. Max, con su elegancia traidora, y Tatiana, sosteniendo una cadena que se perdía en la oscuridad. El corazón me dio un vuelco cuando, tras ellos, vi aparecer a una pequeña figura que apenas podía caminar: era Christian.

* * * * * *

Katherine

—Vaya, vaya, conque aquí tenemos a todo el clan Dracul.

Dijo riéndose, una carcajada que resonó hueca entre las estructuras derruidas.

—Quiero a mi hijo, Tatiana.

Sentencié. Sentí cómo la humanidad que me quedaba se evaporaba, y mis ojos cambiaron a un color negro absoluto, profundo como el abismo.

—No, no, no, querida, todavía no.

Pausó, disfrutando de mi agonía.

—Primero tendrás que luchar por tu mocoso.

Hizo una señal con la mano. De la oscuridad del viejo carrusel apareció Max. El estómago se me revolvió y sentí que el corazón se me detenía: traía a Christian. Mi pequeño tenía la boca tapada con una venda y su cuerpo y cara estaban cubiertos de golpes y moretones. Parecía tan frágil, tan roto.

—¡CHRISTIAN!

Grité con el alma desgarrada.

El niño, al ver que yo estaba allí, se desesperó. Intentó forcejear, sus manitos temblaban y en sus ojitos verdes se veía un sufrimiento que ningún niño debería conocer. Estaba mal, realmente mal.

—Maldita, ¿qué le has hecho a mi hijo?

Dije furiosa, sintiendo el calor del fuego empezando a lamer mis palmas.

—Yo no le he hecho nada.

Dijo sarcástica. Sus ojos recorrieron a nuestro grupo con desprecio hasta que se detuvieron en Drake, que estaba junto a Henry.

—¿Qué hace mi hijo aquí?

Miró a Henry con odio.

—Hace parte de nuestro clan.

Respondió Henry con una firmeza que hizo eco en el parque.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.