Katherine
Dentro de mis aposentos, el aire estaba cargado de esencia de rosas negras y sándalo. Me miré al espejo, sintiendo una felicidad que quemaba más que la luz del sol. Después de siglos de guerras, de tres años de soledad y de una traición que casi nos destruye, finalmente iba a sellar mi destino con Henry para toda la eternidad.
Mis hermanas, mis hijas y mi madre eran un torbellino de actividad a mi alrededor. Primero me puse mi lencería de encaje oscuro y la bata de seda mientras Barbara, con su precisión milimétrica, empezaba a maquillarme. Resaltó mis ojos con sombras de humo y labios de un carmesí profundo. Luego, mi madre tomó el peine y, con una suavidad que me recordó mi infancia en los castillos antiguos, arregló mi cabello en un recogido majestuoso.
Una vez terminada, Darcy me ayudó con el vestido. Como manda nuestra tradición, el blanco de la pureza se fundía con el negro de nuestra naturaleza nocturna en un diseño de encaje y azabache. Destiny colocó sobre mi cabeza una tiara de diamantes negros que brillaba como estrellas moribundas, y Danielle me pasó mis zapatos de tacón infinito.
Al salir del cuarto, mi padre, el Conde Drácula, me esperaba. Su capa ondeaba ligeramente con una brisa inexistente.
—Estás hermosa, hija.
Dijo con una voz que raramente mostraba tanta ternura.
—Gracias, papá.
Nos abrazamos brevemente antes de subir a la limusina blindada que nos llevaría a la iglesia vampirica.
Al llegar, los nervios de Henry se sienten en el aire, una vibración eléctrica que solo él y yo compartimos. Me bajé del brazo de mi padre y la marcha nupcial, tocada por un órgano de tubos antiguos, comenzó a resonar. Chris y Drake, nuestros pequeños caballeros de honor, caminaron por el pasillo central muy sonrientes, seguidos por mis damas: mis hijas, mis hermanas y Gabriela, mi cuñada. Al otro lado, los padrinos de Henry —Luis, Nicolas, Lalo y Zack— junto a nuestros hijos mayores, esperaban con porte marcial.
Caminé hacia Henry, y al llegar a su lado, lo vi: estaba embobado, como si fuera la primera vez que me veía en mil años. Mi padre le entregó mi mano con una advertencia final.
—Henry, esta es la última vez. Katherine es un tesoro muy preciado, no la lastimes.
Dijo con severidad.
—A ella la amo más que a mi propia vida.
Respondió Henry sin parpadear.
—No me decepciones, muchacho.
—No lo haré.
Nos posicionamos frente al Sumo Sacerdote de la Oscuridad. El clérigo, vestido con túnicas de terciopelo morado, alzó sus manos garras sobre nosotros.
—Queridos hijos de la noche.
Comenzó el cura con una voz cavernosa.
—Estamos aquí reunidos para encadenar nuevamente estas dos almas bajo la ley del Velo Eterno. Henry Socarras Santamaría, ¿aceptas como compañera de linaje a Katherine Dracul, para protegerla bajo tu sombra, honrar su poder en la abundancia de la caza y la escasez del invierno, en la vitalidad y en el letargo de los siglos, hasta que el sol devore la tierra?
—Acepto.
Dijo Henry. Chris se acercó con el anillo y Henry lo deslizó en mi dedo.
—Katherine Dracul Moore, ¿aceptas como señor de tu eternidad a Henry Socarras, para fortalecer su paso, respetar su fuego, en la salud de la sangre y en la enfermedad del alma, por los siglos de los siglos?
—Acepto.
Susurré. Drake se acercó con mi anillo y lo coloqué en el dedo de Henry.
—Por el pacto de los antiguos y el decreto de la Luna Roja.
Sentenció el cura.
—Lo que la sangre ha unido, que ningún mortal lo separe. ¡Bebe de su vida como ella bebe de la tuya! Puedes besar a tu esposa.
Nos acercamos lentamente. El beso no fue solo una unión de labios, fue el choque de dos galaxias oscuras regresando a su centro. Los aplausos estallaron, mis hermanas lloraban lágrimas de plata y nuestros siete hijos —incluyendo a Drake, nuestro pequeño milagro adoptado— celebraban el regreso del equilibrio.
Ahora sí, nuestro linaje estaba completo. La eternidad ya no era un peso, sino el regalo más hermoso que la noche nos podía ofrecer.
* * * * * *
Henry
Las puertas de la Catedral de Obsidiana se abrieron de par en par, y una lluvia de pétalos de rosas negras, encantados para brillar con una luz espectral, cayó sobre nosotros mientras bajábamos la escalinata. Katherine caminaba a mi lado, con su vestido blanco y negro ondeando como una bandera de victoria. El peso de su mano en mi brazo era la única ancla que necesitaba en este mundo de sombras.
Nos dirigimos al Gran Salón de los Espejos del castillo de Drácula, donde el banquete ya estaba dispuesto. No era una cena común; era un despliegue de opulencia que solo una familia con milenios de historia podía organizar.
La mesa principal era un tablón de caoba milenaria. En el centro, una fuente de sangre que fluía incesante. Había fuentes con corazones de ciervo bañados en oro comestible, copas de cristal de Bohemia llenas del "Reserva del Fundador" (una sangre tan antigua que brillaba con un tono rubí profundo) y dulces exóticos a bases de sangre que solo se hace nuestras tierras.